Artículo y ensayo

La pantalla que no apaga la soledad

Entre el ruido de las redes y el silencio de la casa, la clase media argentina se encuentra más conectada que nunca, pero más sola que antes. Una mirada a cómo la tecnología reemplazó vínculos sin resolver la crisis de identidad.

La pantalla que no apaga la soledad

La pantalla que no apaga la soledad

En la mesa del comedor, que hace rato dejó de ser comedor para ser escritorio, oficina y sala de estar, una mujer de cuarenta y pico revisa el celular mientras el mate se enfría. No es que esté esperando un mensaje urgente. Es que el gesto de mirar la pantalla ya es automático, como respirar. Afuera, la calle está quieta, pero adentro el ruido es constante: notificaciones, grupos de WhatsApp, videos que se suceden sin que nadie los termine de ver. La clase media argentina se ha vuelto experta en navegar el caos digital, pero no sabe bien qué busca.

La soledad no es nueva en la Argentina. Lo nuevo es que ahora viene con wifi. Antes, estar solo era una cuestión de geografía o de horarios. Ahora es una condición existencial que se padece con el teléfono en la mano. Las redes sociales prometieron acercar distancias, pero terminaron haciendo otra cosa: convirtieron la intimidad en un escaparate y el diálogo en una carrera de likes. La familia, ese viejo refugio de la clase media, se desarma en silencios que nadie se atreve a llenar. Cada uno mira su propia pantalla, y el comedor se vuelve un lugar de encuentro virtual donde nadie se encuentra realmente.

El algoritmo que no conoce la dignidad

La tecnología, que algunos venden como herramienta de emancipación, se convirtió en un espejo deformante. La inteligencia artificial recomienda qué leer, qué comprar, qué pensar. Pero no sabe de la dignidad de un padre que se parte el lomo para pagar el colegio de los hijos. No entiende por qué alguien prefiere no comprar un electrodoméstico nuevo si el viejo todavía funciona. El algoritmo optimiza el consumo, pero no capta la moral de una clase media que crió a sus hijos con la idea del mérito y ahora ve que el mérito no alcanza ni para llenar el changuito del supermercado.

En las escuelas, el debate sobre la educación se reduce a estadísticas y rankings. Pero nadie habla de lo que significa sentarse a estudiar después de un día de trabajo que no termina nunca. La juventud, que creció con un celular en la mano, navega entre la ansiedad y la apatía. Sabe de memoria los memes del día, pero no encuentra relato que le dé sentido a levantarse a las siete de la mañana. La clase media, que siempre creyó en la educación como ascensor social, ve que el ascensor se traba en el primer piso.

La política que habla sola

Mientras tanto, la política sigue su curso. Los discursos se fabrican en estudios de televisión y se amplifican en las redes. Pero en los barrios, la gente ya no discute de partidos. Mira desde la vereda de enfrente. Sabe que la polarización es un juego de espejos donde todos pierden. La verdad, esa palabra que antes pesaba, ahora es un comodín que se usa para justificar cualquier cosa. En los grupos de WhatsApp, la manipulación se cuela con la misma naturalidad que una receta de torta. Y la memoria, que debería ser un ancla, se borra en el gesto de pasar la tarjeta o contar billetes.

La inflación no es solo un número que sale en los noticieros. Es la sensación de que el dinero se escurre entre los dedos. Es la cuenta que no cierra a fin de mes. Es la decisión de no ir al médico porque el copago subió otra vez. El Estado, que debería amortiguar el golpe, aparece como un fantasma: está en los discursos, pero no en la cocina de un monoambiente donde una madre calcula si le alcanza para comprar carne. La crisis no es un concepto abstracto. Es la heladera que se vacía y la dignidad que se mide en el pasillo de la ferretería, cuando uno mismo tiene que arreglar la canilla que pierde.

La identidad que se busca en escombros

En este escenario, la clase media argentina intenta reconstruir su identidad con los pedazos que quedan. El trabajo, que antes daba un lugar en el mundo, ahora es un precario malabarismo entre changas y monotributos. La familia, que era el núcleo de la moral, se reconfigura en formas que la generación anterior no imaginó. Y la soledad, esa compañera silenciosa, se vuelve el tema de conversación que nadie quiere tener.

No hay moraleja. No hay una solución mágica que baje de un algoritmo ni de un discurso político. La clase media argentina sigue buscando, como siempre, un lugar donde el pan valga lo que cuesta y donde la pantalla no sea la única ventana al mundo. Pero mientras tanto, en la mesa del comedor, el mate se enfría y el celular sigue sonando.

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