Artículo y ensayo

La grieta que no cierra

Entre la inflación y el ruido de las pantallas, la clase media argentina aprende a convivir con una polarización que ya no es política, sino existencial.

La grieta que no cierra

La grieta que no cierra

La última vez que fui a lo de un amigo, en un barrio que alguna vez fue de clase media, el dueño de casa me mostró una caja de zapatos llena de facturas. No las guardaba por orden, las guardaba por bronca. Cada una era un pequeño monumento a lo que no cierra. La luz, el agua, el colegio, la cuota del crédito. Me las mostraba como si fueran pruebas de un delito que nadie investiga.

En la mesa del living, dos celulares cargaban al mismo tiempo. Uno era para el trabajo, el otro para la vida. O al revés. Ya nadie sabe bien dónde termina una y empieza la otra. Las redes sociales se metieron ahí, en esa frontera desdibujada, y ahora la vida privada se negocia en público. Un like no alimenta, pero calma. Un comentario hiriente no mata, pero deja marca. La polarización ya no es una discusión de café, es un estado de ánimo.

La deuda como identidad

Argentina es un país donde la deuda se volvió un rasgo cultural. No me refiero solo a la del Estado, que es enorme y abstracta. Me refiero a la de cada uno. La cuota del televisor, el préstamo personal, el plan de ahorro. Todo se paga en plazos que nunca terminan. La clase media aprendió a vivir así, con el agua al cuello, pero con la cabeza fuera, mirando la pantalla. Porque la pantalla promete algo que la realidad no da: un respiro.

Ahí está el truco del consumo. No comprás un electrodoméstico, comprás la ilusión de que todo va a estar bien. Pero después llega la tarjeta y la ilusión se va con los intereses. La dignidad, entonces, se reacomoda. Ya no es tener la casa pagada, es poder mostrar que tenés la última heladera. El mérito, ese concepto que nos vendieron como la llave del éxito, quedó relegado a una anécdota. Esforzarse ya no alcanza. Hay que saber venderse, mostrarse, tener el relato justo.

La educación en la trinchera

Con la educación pasa algo raro. Los padres mandan a los hijos al colegio con la esperanza de siempre, pero saben que el ascensor social se rompió hace rato. Los chicos aprenden a convivir con la inteligencia artificial antes que con las tablas de multiplicar. Un nene de diez años le pide a Siri que le haga la tarea y después discute con el padre sobre si eso es trampa o eficiencia. El padre, que creció con enciclopedias y fotocopias, no sabe qué responder. La tecnología avanza más rápido que la moral.

En las aulas, la grieta no es política, es generacional. Los pibes viven en un mundo donde la verdad se mide en segundos de atención. Si un video no los engancha en los primeros tres segundos, no existe. Y después nos preguntamos por qué la memoria es frágil. Por qué el pasado se desdibuja. La historia argentina, con sus dictaduras, sus crisis y sus héroes rotos, compite con un baile de TikTok. Y pierde.

La soledad como paisaje

Hay algo que no se dice mucho sobre la clase media argentina: está sola. No sola en el sentido de aislada, sino sola en el sentido de que cada uno resuelve como puede. El Estado, que alguna vez fue una red de contención, ahora es un laberinto de trámites y promesas que nunca se cumplen. La familia, que antes era un refugio, ahora es un campo de tensiones. Los viejos quieren que los jóvenes piensen como ellos. Los jóvenes quieren que los viejos entiendan el mundo digital. Nadie cede.

Y en el medio, la inflación. Ese monstruo silencioso que no avisa, pero está. Te cambia los precios de un día para el otro, te obliga a hacer malabares con el sueldo, te recuerda que la estabilidad es un lujo. El otro día, en el supermercado, una señora discutía con el cajero porque el precio de la leche había subido dos veces en la misma semana. No era una discusión por la plata, era una discusión por la dignidad. Porque cuando no podés controlar ni el precio de la leche, perdés un poco de vos.

Las pantallas y la verdad

Los medios, esos viejos contadores de historias, también están en crisis. La verdad se fragmentó. Cada uno tiene su versión, su canal, su influencer de cabecera. La polarización política se alimenta de eso. No es que la gente no quiera saber la verdad, es que ya no sabe cuál es. En ese ruido, cualquiera puede construir un relato y venderlo como realidad. La manipulación es el pan de cada día.

Pero la gente no es tonta. Sabe que le mienten, pero elige creer. Porque creer es más fácil que dudar. Dudar cansa. La clase media argentina está tan agotada de sobrevivir que ya no tiene energía para preguntarse si lo que ve en la pantalla es cierto. Prefiere que le den una respuesta, aunque sea falsa. Al menos, esa respuesta le da un poco de paz. Una paz que la realidad no ofrece.

Sin embargo, en los bares, en las colas del banco, en las reuniones de padres, la gente sigue hablando. Sigue buscando un punto de encuentro. La grieta, esa palabra que tanto usamos, no es una línea recta. Es un laberinto. Y en algún lado, entre la deuda y la esperanza, entre la soledad y la pantalla, la clase media sigue buscando una salida. O al menos, un lugar donde sentarse a mirar el mapa.

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