Artículo y ensayo

La identidad que se negocia en cuotas

Entre la inflación y las redes sociales que venden versiones editadas de uno mismo, la clase media argentina descubre que la identidad ya no se construye: se financia.

La identidad que se negocia en cuotas

La identidad que se negocia en cuotas

El otro día, en un café de Palermo, una chica de unos veintipico le mostraba a su amiga el último filtro de Instagram. No era un filtro cualquiera: le achinaba los ojos, le oscurecía la piel, le borraba las arrugas que todavía no tenía. La amiga asintió, seria, como si estuvieran discutiendo un tema de Estado. Después pidieron dos licuados de frutos rojos y la conversación derivó en cuánto salía alquilar un departamento de dos ambientes en Caballito. La identidad, en la Argentina de 2025, se negocia en cuotas.

No es novedad que la clase media vive en un estado de emergencia permanente. La inflación no es un dato del INDEC: es la sensación de que el dinero se derrite entre los dedos mientras uno decide si paga la tarjeta o compra la carne para el finde. Pero hay algo más sutil, más jodido. La crisis ya no es solo económica. Es una crisis de relato, de esas que te dejan sin palabras cuando tenés que explicar quién sos.

Las redes sociales prometieron conectarnos. Lo hicieron, pero a su modo: nos dieron un escaparate donde exhibir una vida que no existe. El problema no es la mentira, que está ahí desde que el mundo es mundo. El problema es que la mentira se ha vuelto el único producto accesible. La verdad, en cambio, sale cara. Sale tiempo, sale silencio, sale soledad. Y en una sociedad que premia el ruido, el silencio es un lujo que pocos pueden pagar.

El mérito como farsa

En la televisión, un político habla de mérito. Dice que el que quiere, puede. Que el esfuerzo personal es la llave. Pero en la puerta de la fábrica, un tipo de cuarenta años espera que le devuelvan el llamado. Estudió, se capacitó, hizo cursos. La empresa cerró. El mérito no alcanza cuando la economía es un truco de magia mal hecho. La clase media lo sabe, pero no lo dice. Porque decirlo sería admitir que el esfuerzo no garantiza nada. Y esa verdad es demasiado grande para procesarla en un tuit.

Los medios, mientras tanto, siguen armando el rompecabezas de la realidad con piezas que no encajan. La polarización política no es un accidente: es un negocio. Cuanto más nos odiamos, más rating. Cuanto más nos dividimos, más fácil es vendernos un producto, un candidato, una ilusión. La verdad quedó en el camino, pisoteada por una horda de influencers que nunca tuvieron que rendir cuentas. La verdad, en todo caso, es un bien escaso que se negocia en el mercado de las certezas instantáneas.

La memoria que se empeña

En la cena de fin de año, mi tío Juan dijo que antes la familia se juntaba a discutir. Ahora se juntan a mirar el teléfono. No era nostalgia barata. Era una constatación. La familia, ese refugio clásico de la clase media, se ha convertido en un espacio de silencio compartido. No porque no haya nada que decir, sino porque todo está dicho. Las diferencias políticas ya no se resuelven con un abrazo. Se postergan con un like. La memoria se gasta en cuotas: recordamos lo que nos conviene, olvidamos lo que duele, y el resto lo archivamos en la nube.

La educación, ese ascensor social que ya no anda, también sufre su propia crisis de identidad. Los pibes salen de la secundaria sin saber leer un texto complejo, pero manejan cinco aplicaciones de edición de video. ¿Es eso inteligencia? Tal vez. Pero no es la inteligencia que les va a servir para entender un contrato de alquiler o para detectar una noticia falsa. La formación quedó atrapada entre la exigencia del mercado y la urgencia del presente. Y el presente, en la Argentina, es un animal que devora todo lo que encuentra a su paso.

La dignidad como resistencia

Frente a todo esto, queda la dignidad. Esa palabra que los políticos usan en los discursos pero que la clase media ejerce en silencio. Cuando una madre elige pagar el colegio de su hijo antes que comprarse un par de zapatos. Cuando un padre trabaja doce horas y vuelve a su casa sin quejarse. Cuando alguien, en la cola del supermercado, escucha a otro quejarse del gobierno y no dice nada, pero sonríe apenas, porque sabe que la queja no alcanza. La dignidad es el último refugio de los que ya no tienen nada más que perder. Y en la Argentina de hoy, es un bien que se defiende a puro pulso.

La inteligencia artificial, mientras tanto, escribe notas como esta. O al menos lo intenta. Porque hay cosas que una máquina no puede replicar. El ruido de la calle. El olor del asado. La bronca contenida de un tipo que perdió el trabajo y no sabe cómo decírselo a su mujer. La tecnología avanza, sí. Pero la soledad también. Y no hay algoritmo que cure esa herida.

Al final, lo que queda es preguntarse quiénes somos. No en términos grandilocuentes, sino en esos pequeños gestos que definen una vida. La clase media argentina ya no se reconoce en el espejo. Pero tal vez nunca se reconoció. Tal vez el espejo siempre fue una ilusión. Lo importante, quizás, no es verse. Lo importante es seguir buscándose. Aunque la búsqueda, como todo en este país, se pague en cuotas.

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