El grupo de WhatsApp del consorcio y la administración que se volvió un tribunal
Imaginemos una situación hipotética, de esas que se repiten en miles de edificios sin que nadie las anote. Son las once y cuarto de la noche. En el grupo de WhatsApp del consorcio alguien manda una foto del palier con una bolsa de basura mal atada. No hay texto. La foto habla sola, o eso cree el que la manda. En menos de un minuto aparecen los primeros emojis. Después, el portero responde que él no está de turno. Después, una vecina del cuarto pide que se deje de mandar fotos a esa hora. Después, alguien recuerda que el mes pasado la misma bolsa estuvo dos días en el mismo lugar. Y así, sin que nadie lo haya decidido, el palier se convierte en el centro de una causa judicial que no tiene juez, ni expediente, ni sentencia, pero que igual condena.
El grupo de WhatsApp del consorcio nació como un reemplazo del cuaderno de avisos. Era práctico: el ascensor roto, el corte de agua, la reunión de copropietarios. En poco tiempo, sin embargo, ese canal se fue cargando de otra cosa. No pasó de un día para el otro. Pasó como pasan las mudanzas de sentido: de a un mensaje, de a una respuesta que sobra, de a una ironía que cae mal.
La pregunta que vale la pena hacerse no es si los vecinos discuten demasiado. La pregunta es qué tipo de lazo se está construyendo cuando la convivencia se administra a fuerza de notificaciones. Porque el edificio, ese invento que mezcla propiedad privada y destino común, siempre necesitó alguna forma de trato cara a cara. El grupo lo reemplazó por una sucesión de mensajes que se leen a destiempo, sin tono, sin gesto, sin la posibilidad de ver que el otro también está cansado.
El mensaje que no se puede borrar
Hay algo en la lógica de la captura de pantalla que cambió las reglas del juego. Una discusión en el pasillo se olvida. Un mensaje en el grupo queda. Se puede reenviar, se puede citar, se puede recuperar meses después en medio de otra discusión. El vecino que manda una queja a las dos de la mañana no está hablando solo con los que están despiertos: está construyendo un archivo. Y en ese archivo, todos quedan retratados en su peor versión.
La moral del consorcio, esa vieja moral de escalera y saludo, encontró en el grupo un lugar donde exhibirse sin pudor. Se acusa al que hace ruido, al que no paga la expensa, al que deja la bicicleta en el pasillo. A veces con razón. A veces no. Pero el juicio se hace en público, sin defensa, y la pena es el silencio de los que no responden.
No es casual que muchos administradores hayan empezado a pedir que las quejas se manden por privado. Algunos directamente prohíben el grupo o lo dejan en modo solo administradores. La medida no resuelve el fondo. Solo desplaza la conversación a otro lugar, donde sigue pasando lo mismo pero sin testigos.
La expensa como boleta de calificación
Hay un detalle que suele pasar desapercibido. En la Argentina de la inflación, la expensa dejó de ser un número para volverse un tema de conversación permanente. El grupo del consorcio se llena de mensajes sobre aumentos, comparaciones con otros edificios, pedidos de detalle. Es lógico: cuando el costo de vivir sube todas las semanas, la administración se vuelve una cuestión de confianza. Pero esa confianza no se construye con mensajes cruzados. Se construye con transparencia, con rendición de cuentas, con la posibilidad de preguntar sin que la pregunta se lea como una acusación.
El problema es que el grupo no está diseñado para eso. Está diseñado para la urgencia. Y la urgencia, cuando se repite todos los días, deja de ser urgencia y se vuelve clima. Un clima de sospecha permanente, donde cada mensaje se lee como una indirecta y cada silencio como una confirmación.
En ese clima, la figura del administrador se vuelve la de un funcionario bajo sospecha. No importa cuántos balances presente. Siempre habrá alguien que recuerde aquella vez que no contestó. El grupo es una máquina de memoria selectiva, y esa memoria no siempre es justa.
Lo que el portero sabe y el grupo no pregunta
Hay un personaje que queda en el medio de todo esto y que rara vez tiene voz en el grupo: el encargado. Sabe quién vive con quién, quién recibe visitas a deshora, quién llora en el ascensor. Sabe cosas que no se cuentan. Pero en el grupo solo aparece cuando hay que resolver un problema práctico: la llave que no abre, el bombón de luz que se cortó, el paquete que llegó tarde. Su palabra tiene peso cuando se trata de un arreglo. Pierde peso cuando se trata de un conflicto entre vecinos.
El grupo del consorcio, en el fondo, es un espejo de algo más grande. Es la misma lógica que se repite en los grupos de padres del colegio, en los grupos de trabajo, en los grupos de amigos. La conversación se vuelve pública sin dejar de ser íntima, y esa mezcla tiene consecuencias. La intimidad se protege de otra manera. La conversación pública se defiende con argumentos. En el grupo, en cambio, todo se mezcla: la queja, el chisme, la información útil, la opinión al pasar.
Imaginemos que un día el grupo se queda en silencio. No porque se haya resuelto nada, sino porque alguien decidió que era mejor hablar en el pasillo. Quizás ese gesto, el de golpear la puerta del vecino y preguntar cómo está, sea la única forma de recuperar algo que el grupo nunca pudo dar: la certeza de que del otro lado hay alguien que también se equivoca.