La juventud que no pide permiso para sobrevivir
En una esquina de Boedo, un pibe de unos veinte años vende chips de celular sobre la vereda. No pide permiso, no espera un plan del Estado. Tiene la cara seria, los dedos rápidos y una lógica que no entiende de discursos. Cuando un tipo se acerca y le pregunta si el chip libera el teléfono, el pibe lo mira con lástima y dice: "Todo se libera, maestro, menos la economía". La frase queda flotando como una sentencia.
Los jóvenes argentinos no son los mismos que hace diez años. No es que hayan cambiado las ganas o la rebeldía. Es que la crisis les mordió los talones y los obligó a moverse distinto. La clase media que los vio crecer se desdibujó en cuotas y tarjetas. El mérito dejó de ser un camino, se volvió un chiste que nadie se ríe. Ahora la identidad se mide en plataformas y la moral se negocia en cada like.
La deuda como pasaporte
Los números no mienten y duelen. Uno de cada tres jóvenes menores de treinta años está en el registro de deudores. No es que hayan comprado un auto o un viaje. Es el celular, las zapatillas, el plan de internet. El consumo no es un lujo, es una forma de no desaparecer. En un país donde el salario no alcanza, la tarjeta se vuelve un amuleto y la cuota una promesa de dignidad que a veces se rompe.
En las redes sociales, esa deuda se disfraza. Los filtros borran la angustia y muestran una vida hecha de fragmentos. Viajes que no existen, cenas que se pagaron en doce meses, sonrisas que ocultan la cuenta del supermercado. La verdad se desarma en historias que duran veinticuatro horas. La memoria es un bostezo. La soledad se consume en pantallas que nunca se apagan.
La política que no los nombra
Los discursos políticos hablan de futuro, de patria, de grandeza. Pero los jóvenes no aparecen en las promesas. Son un problema estadístico, un número en la tasa de desempleo o en la lista de pobres. La polarización los dejó afuera. No se sienten representados por los gritos de la grieta ni por los silencios de los que ya se fueron. Prefieren mirar desde afuera, construir redes propias, sobrevivir con lo que tienen.
Un chico de veintidós años, estudiante de ingeniería, me dijo el otro día: "No sé si voy a tener un título, pero sé cómo hacer que un celular dure tres años más". Esa es la educación real. No la que se da en las aulas vacías o en los planes que se caen. Es la que te enseña la calle, el barrio, la necesidad. La inteligencia artificial promete resolver todo, pero nadie le preguntó a un pibe de la matanza si un algoritmo le va a pagar el alquiler.
El trabajo que no espera
El empleo formal es un mito. Los jóvenes laburan en apps, en rappis, en changas, en lo que sea. No tienen obra social ni aguinaldo. La estabilidad es un recuerdo que les contaron los viejos. El trabajo se volvió un acto de fe. Te levantás, salís a la calle y ves qué sale. La cultura del esfuerzo se convirtió en una estafa. El que se rompe el lomo no siempre llega a fin de mes. El mérito es un invento de los que ya llegaron.
En las villas y en los barrios del conurbano, la juventud se mueve con otra lógica. No piden, toman. No discuten, hacen. La moral se escribe en gestos concretos: cuidar al hermano, bancar a la vieja, no caer en la policía. La identidad se construye en la resistencia, no en los relatos que bajan de la tele o de los discursos oficiales.
La manipulación que no funciona
Los medios y las redes intentan domesticarlos. Les meten miedo, les venden felicidad, les muestran vidas perfectas. Pero el pibe que labura en la esquina de Boedo ya no se la cree. Sabe que la verdad no está en el trending topic ni en el noticiero de las ocho. La verdad está en el bolsillo. En lo que sobra o falta. En el gesto de pasar la tarjeta sabiendo que el mes que viene va a doler.
La juventud argentina no pide permiso para sobrevivir. No espera que el Estado los salve ni que la política los entienda. Construyen desde el barro, desde la deuda, desde la pantalla que los une y los separa a la vez. La dignidad no se negocia, se defiende. Aunque duela. Aunque nadie les prometa nada.
