Artículo y ensayo

La cancha inclinada

Entre la inflación que todo lo deforma y las redes que todo lo aplastan, la clase media argentina ya no busca el ascenso: solo pide no caerse del todo.

La cancha inclinada

La cancha inclinada

Hay una escena que se repite en cualquier bar de Buenos Aires, un mediodía cualquiera. Dos tipos de unos cuarenta años, camisa arremangada, discuten el precio del kilo de tomate como si fuera un asunto de Estado. Y lo es, aunque ellos no lo sepan. Porque atrás del tomate viene el alquiler, la cuota del colegio, el arreglo del auto. Viene la deuda en la tarjeta. Viene la pregunta que no se animan a hacer: ¿cuándo fue la última vez que llegaron justos?

La clase media argentina aprendió a vivir en el borde del pozo. No es un lamento nuevo pero se volvió más áspero. La inflación no es un número que sale en los diarios, es una certeza que se cuela en la mesa de todos los días. Y detrás de la inflación viene el ruido de las redes sociales, esa maquinita que convierte cualquier discusión en una batalla campal. Polarización, le llaman. Pero es más simple: ya no se habla, se ladra.

El mérito ya no alcanza

Crecieron con una promesa: si estudiás, trabajás, te portás bien, vas a estar mejor que tus viejos. Esa promesa se rompió hace rato. Hoy un pibe de veintitantos con título universitario reparte pedidos en Rappi. No por elección, por necesidad. La educación sigue siendo un valor, pero dejó de ser un pasaje seguro. El mérito, ese concepto que los discursos oficiales repiten hasta el hartazgo, se volvió un espejismo. Te dicen que si no llegás es porque no te esforzaste lo suficiente. Pero nadie te explica cómo hacer para esforzarte cuando el sueldo no alcanza ni para el bondi.

Y sin embargo la gente sigue laburando. Sigue mandando los pibes al colegio. Sigue pagando el crédito prendario. Hay una dignidad tozuda que no se rinde. Pero también hay una fatiga que se nota en el gesto del que pide fiado en el almacén, en el silencio del que no quiere decir cuánto gana.

La máquina de la verdad

La inteligencia artificial llegó hace rato pero recién ahora se siente. No es el futuro, es el presente. Los pibes usan ChatGPT para hacer la tarea, los grandes para redactar un mail. Las empresas la usan para justificar un despido. Y mientras tanto, la idea de verdad se vuelve líquida. ¿Qué es real? Lo que dice un video de TikTok. Lo que repite un influencer. Lo que confirma un algoritmo que ya sabe lo que querés escuchar. La manipulación dejó de ser un complot: es un negocio.

Los medios tradicionales, esos que alguna vez marcaron agenda, ahora corren atrás del clic. El relato se fragmentó. Cada uno tiene su canal, su burbuja, su versión de los hechos. Y en esa fragmentación, la política encontró un caldo de cultivo. Ya no se discuten ideas, se discuten identidades. Ser de un lado o del otro es una marca. Y como toda marca, se defiende con furia.

La soledad del que espera

En medio de todo esto, la familia sigue siendo el refugio. Pero también es un campo de tensión. Los padres no entienden por qué los hijos viven encerrados en una pantalla. Los hijos no entienden por qué los padres no entienden. La moral se renegocia en cada cena. El consumo, esa promesa de felicidad instantánea, se convirtió en un ansiolítico caro. Comprás algo y por un rato estás bien. Después volvés a mirar el estado de cuenta.

Hay una juventud que creció en crisis. Que no conoce la Argentina de la estabilidad. Que ve el futuro como un riesgo, no como una oportunidad. Y hay una generación más grande que carga con la memoria de lo que se perdió. Ambas se miran con desconfianza. Ambas tienen razón.

El Estado, ese gran ausente que todos invocan, aparece solo para pedir. Para cobrar impuestos. Para hacer anuncios que nunca se cumplen. La inseguridad no es solo salir a la calle y que te afanen el celular. Es saber que nada está garantizado. Que el trabajo de hoy puede no estar mañana. Que la plata no alcanza aunque trabajes catorce horas. Esa es la verdadera inseguridad: la que no aparece en las estadísticas.

Y sin embargo la gente sigue. Sigue pagando el alquiler, sigue yendo al supermercado, sigue mandando mensajes de WhatsApp a los que están lejos. Sigue buscando un poco de dignidad en un país que hace todo lo posible para que la pierdan. La cancha está inclinada, pero nadie se va. Tal vez porque no hay otro lado donde ir. O tal vez porque, a pesar de todo, todavía queda algo que vale la pena defender. No es grandilocuente. No es una promesa. Es apenas un gesto. Pero alcanza.

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