Artículo y ensayo

El oficio de vivir al día

Entre la inflación que todo lo empuja y las pantallas que todo lo disuelven, la clase media argentina aprende a navegar un presente sin asideros. No se trata solo de llegar a fin de mes: se trata de sostener una identidad.

El oficio de vivir al día

El oficio de vivir al día

En la puerta del supermercado, una señora revisa el ticket con la paciencia de quien busca un error. No lo encuentra. Lo que ayer costaba doscientos hoy vale trescientos y ella lo sabe, pero igual lo mira, como si la cifra pudiera cambiar de puro milagro. Detrás, el pibe de la caja espera. Ya no pregunta si lleva bolsa. Sabe que la respuesta es siempre la misma: no, gracias, ya traigo. Es un ritual breve, casi mudo, que se repite en toda la ciudad.

La clase media argentina tiene un oficio nuevo: vivir al día. No es un eslogan ni una filosofía de tapa de revista. Es una práctica concreta, que se aprende en la fila del pan, en la charla con el plomero que cobra en dólares o en la pantalla del celular cuando llega el resumen de la tarjeta. Se aprende también en el silencio de la cena, cuando alguien pregunta cuánto sale este mes y nadie responde porque la cuenta ya está hecha.

Lo curioso es que, al mismo tiempo, la vida virtual se expande. Las redes sociales ofrecen un refugio de relatos donde todo parece más ordenado. Ahí la inflación no duele tanto, porque se la combate con memes. La polarización se vuelve un deporte de salón, y la política un espectáculo más, con sus héroes de quince minutos y sus villanos de temporada. El problema es que la verdad, esa que se cuela en los precios del almacén o en el boleto de colectivo, no se deja editar. Vuelve siempre, como un pariente pesado al que no podés dejar de invitar.

En ese desajuste entre lo que se ve y lo que se vive, la identidad se vuelve frágil. Uno era profesional, ahora hace changas. Era independiente, ahora vive con los viejos. Era optimista, ahora calcula. La moral también se resiente. El mérito ya no alcanza como explicación: hay quienes se esfuerzan y no llegan, y otros que llegan sin que se les note el esfuerzo. La dignidad, esa palabra que los políticos usan en los discursos, se mide en pequeños gestos: no pedir prestado, no hacer cola en el comedor, no mostrar que falta.

Los jóvenes, sobre todo, aprenden a desconfiar. Crecen viendo cómo el trabajo no garantiza nada y cómo el estudio, ese viejo ascensor social, ahora sube con menos frecuencia. La inteligencia artificial promete reemplazar oficios, pero nadie sabe bien cuáles. En las facultades se habla de futuro, pero el futuro se parece cada vez más a un plazo fijo que no rinde. La memoria, mientras tanto, se fragmenta. Lo que pasó hace un año parece de otra época. La inflación no solo come salarios: come la capacidad de recordar con precisión. Todo se mezcla, todo se acelera.

Sin embargo, no todo es ruina. La familia, ese lazo que la crisis pone a prueba, sigue siendo el último refugio. Se comparten gastos, se comparten techos, se comparten silencios. La soledad, tan anunciada, no termina de imponerse del todo. Tal vez porque en la Argentina de hoy, estar solo es un lujo que pocos pueden pagar. La crisis no une, pero obliga a mirar al de al lado. A veces, ese de al lado es el único que entiende por qué sonreír cuando el colectivo pasa de largo.

El Estado, por su parte, aparece y desaparece. Da lo básico, a veces. O no da nada. La discusión sobre su rol se vuelve abstracta cuando el problema es concreto: la escuela que no tiene gas, el hospital que no tiene turno, la calle que no se arregla. La gente se acostumbra a resolverse sola, a arreglárselas, a no esperar. El consumo se vuelve una forma de resistencia: comprar barato, comprar usado, comprar cuando hay oferta. Hasta la dignidad se negocia en cuotas.

En las conversaciones de café, el tema recurrente es la verdad. Quién dice la verdad, quién miente, quién se la cree. Los medios, las redes, los políticos, todos son sospechosos. La manipulación se volvió un lugar común, y el cinismo una defensa. Pero también hay una búsqueda, a veces torpe, a veces genuina, de algo que no sea ruido. Un dato concreto, una historia que cierre, una promesa que se cumpla.

La clase media argentina no es heroica. No tiene tiempo para serlo. Se levanta, resuelve, se acuesta, y al otro día vuelve a empezar. No hay épica en la rutina del que paga el alquiler con lo justo. Pero hay algo que vale la pena mirar: la capacidad de seguir, a pesar de todo. Sin grandes discursos. Sin culpas. Con la certeza de que el oficio de vivir al día no se elige, pero se aprende. Y aunque duela, se hace.

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