Artículo y ensayo

El relato que no se paga con un sueldo

Entre la inflación que todo lo desarma y las redes que venden certezas, la clase media argentina descubre que la verdad ya no es un hecho, sino un producto que se paga en cuotas. Y el trabajo, un recuerdo.

El relato que no se paga con un sueldo

El relato que no se paga con un sueldo

En la farmacia de la esquina, el jubilado pide dos remedios y la cajera le dice que faltan tres mil pesos. El tipo mete la mano en el bolsillo, saca un billete arrugado y pregunta si puede dejar uno. La cajera lo mira con esa mezcla de lástima y cansancio que ya es moneda corriente. Nadie se queja. La cola avanza en silencio, como si la humillación fuera parte del trámite.

La clase media argentina aprendió a convivir con la deuda como se convive con un pariente insoportable. No se va, no se arregla, solo se tolera. Y en esa tolerancia, el país fue perdiendo algo que no aparece en los índices de inflación: la dignidad de pagar lo que se debe sin que duela. Hoy pagar es un acto de fe. Y la fe, se sabe, no da intereses.

El trabajo como recuerdo

Hace veinte años, un empleado de comercio podía comprar un televisor con un mes de laburo. Hoy, el mismo empleado labura dos semanas para pagar el servicio de internet. No es que el internet sea caro. Es que el sueldo se achica como un mapa de la Argentina después de una devaluación. La palabra mérito se escucha en los discursos políticos como un eco: todos la dicen, nadie la encuentra. El mérito, en este país, es un concepto que se compra y se vende, como las propiedades en pesos. Pero nadie sabe bien a qué precio.

El trabajo ya no garantiza nada. Ni la casa propia, ni el auto, ni el viaje de egresados. La clase media descubrió que laburar no es sinónimo de progresar, sino de sobrevivir. Y en esa supervivencia, la identidad se va diluyendo. Uno ya no es lo que hace, sino lo que debe. Y lo que debe, siempre, es más de lo que tiene.

Las redes, el nuevo refugio

En las redes sociales, todo es posible. Ahí la inflación no existe, el dólar no sube y la plata alcanza para todo. Los influencers venden cursos de autoayuda, métodos para ganar dinero online y recetas para ser feliz en tres pasos. La gente los mira, los escucha, los cree. Porque creer es más fácil que pensar. Y la verdad, esa palabra que antes pesaba como un ladrillo, ahora es liviana como un like.

Los medios de comunicación, mientras tanto, se debaten entre contar lo que pasa y vender lo que la gente quiere escuchar. La polarización no es un accidente, es un negocio. Cuanto más enojado está uno, más clics hace. Y cuanto más clics, más plata. La verdad se convirtió en un producto de temporada: se consume, se descarta y se reemplaza por otra. La memoria, en este contexto, es un lujo que pocos pueden pagar. Recordar lo que pasó hace un año, hace un mes, a veces duele demasiado. Mejor olvidar. Mejor seguir scrolleando.

La educación, un ascensor roto

La escuela ya no es el ascensor social que prometía la generación de nuestros padres. Ahora es un trámite, un requisito, un gasto. Los pibes salen del secundario sin saber sumar fracciones, pero con mil seguidores en TikTok. No es culpa de ellos, es culpa de un sistema que premia la inmediatez y castiga la profundidad. La inteligencia artificial, ese nuevo dios que promete resolverlo todo, es el espejo donde nos miramos: queremos respuestas rápidas, sin esfuerzo, sin errores. Pero la vida, se sabe, no es una ecuación. Es un quilombo.

Y en ese quilombo, la juventud busca un rumbo. Algunos se refugian en la universidad pública, otros en el trabajo precario, otros en el emprendedurismo de manual. La mayoría, simplemente, espera. Espera que pase la tormenta, que baje la inflación, que aparezca un laburo que pague lo que promete. Mientras tanto, las familias se arreglan con lo que hay. La familia, ese concepto que la moral conservadora defiende a capa y espada, es hoy una red de contención que funciona a base de préstamos, favores y silencios.

La soledad del que espera

El Estado, mientras tanto, mira desde lejos. No es que no haga nada, es que hace demasiado y nada funciona. Los trámites se acumulan, los subsidios llegan tarde, las promesas se las lleva el viento. La clase media aprendió a no esperar nada del Estado, pero tampoco puede prescindir de él. Es una relación tóxica, de esas que uno sabe que le hacen mal, pero no sabe cómo salir.

En el medio, la inseguridad crece. No solo la de la calle, también la de adentro: la incertidumbre de no saber si el mes que viene se va a poder pagar el alquiler, si el hijo va a conseguir trabajo, si la plata va a alcanzar para llegar a fin de mes. Esa inseguridad no se mide en estadísticas, se siente en el pecho. Es un nudo que aprieta y no se afloja.

Y sin embargo, la gente sigue. Se levanta temprano, viaja dos horas en colectivo, labura en negro, come fideos con salsa, mira la tele y se queja. En esa queja, hay una resistencia. Una forma de decir: acá estoy, no me voy. La dignidad, esa palabra que parece vieja, se cuela en los gestos más chicos: en el que pide fiado, en la que cuida a los nietos, en el que enseña a leer a un pibe del barrio. No es épico, no es heroico. Es humano.

La crisis no es solo económica. Es cultural, moral, de identidad. La clase media argentina ya no sabe quién es, qué quiere, adónde va. Pero sabe lo que no quiere: que le mientan, que le vendan humo, que le prometan lo que no pueden cumplir. En esa desconfianza, tal vez, esté la única certeza que nos queda.

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