Artículo del cuaderno

La carpeta que el Estado pide y nadie sabe quién completó

En trámites, escuelas y oficinas se multiplican los formularios que alguien completa con ayuda de una máquina. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial escribe por nosotros, sino quién firma lo que dice ese papel.

Artículo del autor29.10.2026

La carpeta que el Estado pide y nadie sabe quién completó

Imaginemos una situación hipotética, de esas que se repiten sin que nadie las registre como noticia. Una mujer entra a una oficina pública con una carpeta bajo el brazo. Adentro lleva planillas, fotocopias del DNI, un comprobante de domicilio y una nota que redactó la noche anterior. La nota la escribió con ayuda de un chatbot: le pidió que sonara formal, que explicara su situación, que no se olvidara del número de expediente. La mujer leyó el resultado, cambió dos palabras, apretó imprimir. En la ventanilla le dicen que falta una firma. No la de ella: la de un responsable que ya no está. La escena es mínima, casi burocrática. Pero ahí, en ese papel que nadie sabe bien quién completó, hay algo del presente que cuesta mirar de frente.

La discusión pública sobre la inteligencia artificial suele quedarse en los extremos: el asombro o el espanto. Que si los pibes copian la tarea, que si los artistas pierden el laburo, que si las máquinas nos van a reemplazar. Son preguntas legítimas, pero ruidosas. Mientras tanto, en el nivel del trámite cotidiano, está pasando algo más silencioso y más decisivo: la escritura administrativa, esa que sostiene la relación entre la gente y el Estado, empezó a delegarse en herramientas que redactan con una soltura sospechosa. Y nadie está discutiendo quién se hace cargo de lo que ese texto afirma.

El formulario como campo minado

Pensemos en la escuela. Una profesora recibe veinte trabajos sobre el mismo tema. Tres tienen el mismo párrafo inicial, con una fórmula que suena a manual de estilo corporativo. No es que los chicos no hayan pensado: es que le pidieron a la máquina que piense por ellos y después copiaron sin leer. La profesora tiene que decidir si corrige la escritura o el razonamiento, si sanciona o enseña. Y en esa duda se juega algo más grande que una nota: la pregunta sobre qué significa aprender cuando el atajo está a un clic.

No es un problema de juventud. Es un problema de adultos que tampoco saben qué hacer con la herramienta. Un contador que redacta una nota para un cliente con un modelo de lenguaje, un empleado que resume un expediente con un asistente, un periodista que le pide al sistema que le ordene las ideas. La máquina no firma. Pero deja un texto que después alguien firma sin revisar del todo. Ahí hay un hueco de responsabilidad que todavía no tiene nombre.

La crisis argentina, esa que atraviesa la inflación, la deuda y la desconfianza en las instituciones, agrega una capa. En un país donde el mérito se discute y el Estado se vive como una sucesión de ventanillas, la posibilidad de redactar mejor con una máquina parece una pequeña revancha. Pero también puede ser una nueva forma de manipulación: el texto que suena correcto y no dice nada. La forma vacía que aprende a imitar la verdad.

La firma que nadie quiere poner

Hay algo en la cultura argentina que tiene que ver con la palabra empeñada. El apretón de manos, el “te lo prometo”, el “yo me hago cargo”. La escritura administrativa siempre fue un poco el reverso de eso: un papel que dice lo que la palabra no se anima. Ahora que la máquina escribe, el papel se multiplica y la palabra se diluye. ¿Quién se hace cargo de un informe redactado por un sistema que nadie entiende del todo? ¿El que apretó Enter? ¿El que lo firmó? ¿El que lo pidió?

La pregunta no es menor en un contexto donde la inseguridad y la desconfianza cruzan la vida cotidiana. En los barrios, en las familias, en las redes sociales, la verdad se negocia todo el tiempo. La inteligencia artificial no inventó la manipulación. Pero le dio una herramienta nueva a los que ya sabían mentir con soltura. Un mensaje de texto que parece escrito por una persona, una nota de prensa que suena a comunicado oficial, una carta de amor que no escribió nadie. La memoria también se ve afectada: si los recuerdos se redactan con la misma herramienta que los trámites, ¿qué queda de la voz propia?

No se trata de demonizar la tecnología ni de celebrarla como una revolución. Se trata de mirar la escena concreta: la carpeta que la mujer lleva bajo el brazo, la nota que el chatbot escribió, la firma que falta. Ahí, en ese pequeño teatro de oficina, se juega una discusión sobre la dignidad del trabajo, la responsabilidad de los adultos y el sentido de la educación. La máquina puede redactar. Pero no puede hacerse cargo. Y en un país donde hacerse cargo es cada vez más difícil, esa diferencia importa.

Imaginemos, otra vez, la escena hipotética. La mujer sale de la oficina con la nota en la mano. La lee en la vereda. Se da cuenta de que hay una frase que no diría nunca, una fórmula que no es suya. La tacha con una lapicera. Corrige a mano. Y vuelve a entrar. Esa enmienda, ese gesto mínimo, es lo único que separa un trámite de una entrega. La pregunta que queda flotando no es si la inteligencia artificial va a reemplazar a los que escriben. Es si los que firman van a seguir leyendo lo que firman.

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