La clase media y el arte de navegar sin mapa
El padre de un amigo guardaba en un cajón un mapa vial de la Argentina, editado en 1978. Lo desplegaba a veces sobre la mesa del comedor, no para planificar un viaje, sino para mostrar algo que ya no existía. Las rutas eran las mismas, los nombres de los pueblos también, pero el paisaje que ese papel prometía se había esfumado. Algo parecido pasa hoy con los manuales de vida que la clase media argentina heredó. Los tiene en la mano, los hojea en silencio, pero las coordenadas no cierran. El mérito, el estudio, el trabajo estable, la casa propia, el ahorro. Son conceptos que suenan a una lengua extranjera, o a un chiste de humor negro.
La inflación no es solo un número que sale en los diarios. Es un mecanismo que corroe otras cosas. La memoria, por ejemplo. ¿Cuánto costaba el kilo de pan hace tres meses? ¿Y el valor de la palabra de un político hace tres años? Todo se licúa en el mismo torbellino. En las redes sociales, el pasado inmediato se vuelve irreconsejable, una galería de promesas rotas y precios ridículos. La gente no habla de ideologías en el bar, habla de estrategias. Cómo estirar la carne, en qué escuela pública todavía se puede confiar, qué curso de seis semanas promete una salida laboral. La política, con sus relatos épicos, suena a veces como un ruido de fondo, un espectáculo que se consume con escepticismo, como quien mira una pelea ajena.
El trabajo y la grieta invisible
La polarización que llena los medios es solo una. Hay otra, más silenciosa y quizás más profunda, que recorre los livinges. Es la que separa a quienes todavía pueden proyectar algo, aunque sea modesto, de quienes viven en un presente perpetuo y acorralado. El trabajo ya no es un cimiento, es un parche. El salario llega y se evapora en deudas circulares, en la cuota de la tarjeta que paga la cuota del colegio. La dignidad, esa palabra grande, se mide en gestos chicos: poder pagar el dentista, decir que no a un trabajo humillante, llevar a los hijos a tomar un helado sin tener que calcularlo con el precio del dólar.
El Estado aparece como una presencia lejana, a veces hostil. Una maraña de trámites, una fuente de ansiedad fiscal, un proveedor de servicios que fallan. La gente ha aprendido a arreglárselas con lo que hay, a crear redes informales de trueque, de datos, de favores. Es una inteligencia colectiva forzada por la necesidad, un saber práctico que no se enseña en ninguna universidad. La educación formal, con sus títulos que se devalúan más rápido que la moneda, mira desde lejos este pragmatismo callejero. Los jóvenes salen al mundo con un diploma en una mano y un tutorial de YouTube en la otra, preguntándose cuál de los dos les dará de comer.
Las máquinas y el espejo roto
Mientras tanto, la inteligencia artificial aprende a escribir, a pintar, a componer música. En un país donde la verdad es un campo de batalla, la llegada de estas herramientas que pueden fabricar realidades convincentes no genera tanto asombro filosófico como un cansancio adicional. Otra capa de niebla. Otra cosa en la que hay que desconfiar. La manipulación ya no es un arte exclusivo del poder, es una tecnología al alcance de muchos. Esto no mata el relato, lo multiplica hasta el infinito, lo pulveriza. Cada uno termina encerrado en su burbuja de certezas, que se parece mucho a una celda.
En medio de este desierto de símbolos rotos, la familia se ha convertido en el último refugio, y también en la última trinchera. Es el lugar donde se comparte la angustia, pero también donde estallan las tensiones por la plata, por el futuro, por las elecciones de vida. La soledad no es solo la de quien vive solo, es la de quien se siente incomprendido en su propia casa, abrumado por un peso que no puede compartir del todo. La cultura, el consumo, la identidad, todo se negocia en este espacio reducido, bajo la luz fría de la boleta de servicios.
No hay un gran final para esta historia, ni una moraleja. Hay, quizás, una observación. La clase media argentina no está esperando un salvador ni un manual nuevo. Está haciendo, día a día, el agotador trabajo de cartografiar lo real con los instrumentos que le quedan. Revisa los precios, sopesa los riesgos, ajusta sus expectativas. Desconfía de los grandes relatos, pero no ha perdido la capacidad de distinguir, en lo chico, lo verdadero de lo falso. En ese trabajo minucioso y poco heroico, en esa terquedad por encontrar un poco de dignidad en el desgaste diario, hay algo que se parece a una brújula. No señala el norte, pero al menos confirma que uno todavía está vivo, tratando de no perderse del todo.
