Artículo y ensayo

La moral que se ajusta en el supermercado

En el pasillo de lácteos, mientras compara precios, una mujer de clase media negocia con sus principios. La crisis obliga a elegir entre la dignidad y la necesidad, en un país donde las reglas del juego cambian cada vez que se renueva la góndola.

La moral que se ajusta en el supermercado

La moral que se ajusta en el supermercado

El carrito chirría en el pasillo de limpieza. Es un sonido familiar, el de las ruedas que no fueron aceitadas nunca, como tantas otras cosas en este país. La mujer, que debe tener unos cincuenta años, mira el detergente de marca y luego el genérico. La diferencia es de ciento veinte pesos. No es mucho, pero suma. Siempre suma. Su mano se queda suspendida un instante, y en ese gesto minúsculo se condensa una batalla moral que no figura en ningún manual de economía. Elegir el más barato no es solo un ahorro, es una pequeña derrota, la aceptación tácita de que algo se perdió en el camino. La dignidad, a veces, tiene el precio exacto de un envase de lavandina.

La clase media argentina se mueve en este territorio pantanoso, donde el mérito prometido se desvanece frente a la inflación que come el sueldo el día veinte. El trabajo ya no es un faro, sino un remo quebrado con el que se navega a la deriva. Los hijos, esos que recibieron la educación que debía abrirles las puertas, miran las pantallas de sus teléfonos buscando respuestas que la universidad no les dio. En las redes sociales, los relatos se multiplican, cada uno con su verdad a medida, su versión de la realidad pulida por el algoritmo. La polarización no es solo política, es doméstica. Se cuela en la mesa familiar, en el grupo de WhatsApp, en el silencio incómodo cuando en la televisión hablan de deuda o de poder.

El Estado, un vecino ruidoso

El Estado es como un vecino que hace mucho ruido a todas horas. Se lo siente en los impuestos que restan de la boleta de sueldo, en el trámite interminable, en la promesa de seguridad que se esfuma en la esquina oscura. Pero también es la sombra a la que se le reclama, el culpable abstracto de todo lo que sale mal. La gente ya no discute ideologías, discute supervivencia. La política se volvió algo lejano y a la vez omnipresente, como un mal tiempo que estropea todos los planes. El poder se ejerce en otra parte, en oficinas con aire acondicionado donde se deciden cifras que después bajan a tierra en el precio del pan.

Mientras tanto, la cultura se refugia en los consumos privados. Una serie en streaming, un videojuego, un posteo ingenioso. Son islas de identidad en un mar de incertidumbre. La memoria colectiva, esa que solía unir, ahora se fragmenta. Cada generación tiene su trauma económico, su devaluación emblemática, su "antes" mítico. Los padres hablan del uno a uno, los hijos de los memes del corralito, los más jóvenes de la pandemia. No hay un pasado común, solo retazos de historias que no encajan. La manipulación, hoy, ya no necesita grandes consignas. Basta con un feed de noticias que refuerce los prejuicios, que alimente el miedo o la indignación selectiva.

La inteligencia artificial y el alma fría

Y en medio de todo esto, la inteligencia artificial. No es el robot de las películas, es algo más sutil y penetrante. Es el algoritmo que decide qué noticia ves primero, qué oferta de trabajo te aparece, qué persona podrías conocer. Escribe discursos, genera imágenes, responde consultas con una eficiencia aterradora. Pero carece de ese titubeo en el pasillo del supermercado, de esa duda moral que nos hace humanos. No entiende de dignidad, solo de datos y probabilidades. Para la juventud que creció con esto, la frontera entre lo real y lo generado se desdibuja cada día más. La verdad ya no es algo que se descubre, sino algo que se construye, o que te construyen.

La soledad, en este contexto, no es solo física. Es la sensación de que tu lucha no le importa a nadie, de que tu esfuerzo es una anécdota en un sistema que no premia el mérito sino la astucia o la herencia. La familia, ese último reducto, también se tensiona. Se habla de plata con pudor, o no se habla. Se ocultan gastos, se inventan excusas para no salir, se comparten memes sobre la crisis porque a veces el humor es el único idioma que queda. La moral se flexibiliza, se ajusta. Lo que antes era impensable, hoy es una opción más en el menú de la supervivencia.

Al final, la mujer del supermercado toma el detergente genérico. Lo deja en el carrito con un movimiento rápido, como si no quisiera que nadie, ni siquiera ella misma, viera la decisión. Sigue su camino, pasa frente a la góndola de los yogures, mira el precio y suspira. Afuera, la ciudad sigue su ritmo, indiferente. En cada casa, en cada departamento, se libran batallas similares. No son épicas, no salen en los medios. Son silenciosas, íntimas. Son el verdadero termómetro de un país que, mientras debate grandes relatos, se desgasta en la trinchera de lo cotidiano. La identidad, al final, se define ahí, en esa elección mínima, en ese pequeño duelo entre lo que uno cree que vale y lo que puede pagar.

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