La clase media y el relato que se desarma en las manos
El padre mira la factura de la luz sobre la mesa de la cocina, un rectángulo de papel que parece encogerse mes a mes junto con el departamento. Su hijo, sentado al lado, desliza el dedo por la pantalla del celular, donde un video muestra a un político diciendo exactamente lo contrario de lo que dijo ayer. Ninguno de los dos habla. Hay un cansancio particular en ese silencio, el de quien ya no discute con la realidad porque la realidad dejó de tener bordes firmes. La clase media argentina, esa entidad que alguna vez se definió por lo que tenía y por lo que esperaba, ahora se define por lo que ya no entiende.
El trabajo solía ser una columna. Uno iba, cumplía horarios, recibía un sueldo que, con ajustes y renuncias, permitía proyectar. Hoy el trabajo es un archivo abierto en la notebook, un mensaje de Slack a las once de la noche, una factura que se paga con otra factura. El mérito, esa palabra que colgaba en los cuadros de las escuelas, se volvió un chiste privado. ¿Mérito de qué, si el esfuerzo se mide en dólares que no alcanzan, en créditos que se niegan, en precios que se duplican entre el desayuno y la cena? La dignidad, que antes se asociaba al salario, ahora se busca en otros lados: en el grupo de WhatsApp del colegio, en el comentario ácido bajo una noticia, en la decisión de no mirar más el noticiero de las ocho.
Las pantallas y el desgaste de la verdad
Mientras la inflación borra el valor del dinero, las redes sociales y los medios aceleran otro tipo de erosión, la de los hechos. Ya no es solo que cada medio tenga su relato. Es que cada familia, cada grupo de amigos, tiene su propio feed de realidad, un algoritmo personalizado de indignaciones y esperanzas. La verdad dejó de ser algo que se buscaba para convertirse en algo que se elige, como el canal de cable. La manipulación ya no es solo cosa de la política, es el aire que se respira en cada plataforma, en cada titular que grita para ser clickeado antes de ser entendido.
Esta polarización no es solo ideológica. Es más íntima, más silenciosa. Se da en la mesa familiar cuando uno defiende un plan social y otro habla de vagos, y los dos, en el fondo, temen perder lo poco que les queda. Se da en la soledad de quien mira las historias de Instagram de vidas ordenadas y viajes perfectos mientras calcula mentalmente cuántas cuotas necesita para cambiar el lavarropas. La identidad, antes anclada en el barrio, en el oficio, en la educación de los hijos, ahora flota en un mar de versiones contradictorias. ¿Soy el que paga impuestos o el que recibe un subsidio? ¿El que cree en el Estado o el que lo evade? ¿El que mira para adelante o el que sobrevive?
La memoria en la cuerda floja
La inteligencia artificial promete un futuro de respuestas instantáneas, pero en Argentina el problema no es la falta de datos, es el exceso de pasado. La memoria aquí es una carga pesada y, al mismo tiempo, un bien que se dilapida. Los jóvenes no cargan con las mismas nostalgias, pero heredan las deudas, las promesas rotas, la sensación de que el país siempre estuvo a punto de despegar y nunca despegó. La educación, que debía ser la herramienta para descifrar ese pasado y construir otro futuro, se convirtió en otra trinchera, otro lugar donde se pelea por relatos mientras se caen los techos de las escuelas.
La inseguridad ya no es solo la del chorro en la esquina. Es la inseguridad del que no sabe si su negocio aguantará otro mes, la del que teme que su título universitario valga menos que un curso de YouTube, la del que mira a sus hijos y no sabe qué consejo darles. "Estudia", le decían. "Trabajá", le decían. Ahora los venidos dicen "emprendé", "hacete influencer", "aprendé a programar". Son consignas nuevas para una ansiedad vieja: la de no quedarse afuera.
El consumo, otrora termómetro de la movilidad social, es ahora un campo minado de frustraciones y simulacros. Se consume contenido, se consume indignación, se consume la imagen de un bienestar que se aleja. La familia, último refugio, se tensa con discusiones que empiezan en la economía y terminan en la moral. ¿Está bien pagar en negro? ¿Está bien aprovechar un subsidio? ¿Dónde queda la ética cuando la supervivencia pide pragmatismo? Los códigos viejos crujen, y los nuevos no llegan, o llegan empaquetados en discursos que suenan a falso.
El poder observa este panorama desde lejos, con una mirada que alterna entre el cálculo y la incomprensión. Habla de shock, de pactos, de salida exportadora, en un lenguaje que no traduce el ruido de la olla a presión en la cocina de un departamento. El Estado, esa idea abstracta, se siente como una presencia caprichosa: a veces ausente cuando se lo necesita, a veces omnipresente cuando se lo quiere evitar.
Al final del día, cuando las pantallas se apagan y la ciudad baja un cambio, queda el ruido de fondo de un relato que se desarma. No es el fin del mundo, es algo más cansador: la sensación de estar siempre armando un mueble al que le faltan tornillos y las instrucciones están en un idioma que ya nadie habla. La clase media argentina no pide un héroe ni un milagro. Quizás, solo pide que las piezas dejen de cambiar de forma cada mañana, para poder, por fin, empezar a armar algo que se parezca a un futuro, aunque sea chico, aunque sea frágil, pero que sea suyo.
