La deuda de la verdad
En una esquina de Caballito, un cartel pintado a mano ofrece clases particulares de matemática por cinco mil pesos la hora. La dueña, una mujer de unos cuarenta años, dice que apenas cubre los gastos. El alquiler del departamento, la comida, el colectivo. Todo sube. Ella también sube, pero no el precio de sus clases: teme perder los pocos alumnos que le quedan. La clase media argentina ya no discute el futuro. Apenas intenta sostener el presente.
La crisis no es nueva, pero cada vez duele distinto. Antes, la inflación se medía en caramelos o en viajes al supermercado. Ahora se mide en silencios. En la cantidad de veces que uno dice “no puedo” sin explicar por qué. En la ropa que se usa hasta que se rompe. En los cumpleaños que se festejan con mate cocido porque la gaseosa quedó cara. La dignidad se vuelve un lujo. Y el mérito, una palabra vacía.
Las redes sociales, mientras tanto, amplifican todo. Un video de un político comiendo un asado puede generar más debate que una ley de presupuesto. La polarización no es ideológica: es emocional. Se pelea por todo porque ya no se confía en nada. La verdad se ha vuelto un bien escaso, como el dólar o la nafta. Y como ellos, se negocia en el mercado negro de las certezas.
La máquina del relato
Los medios, que alguna vez tuvieron el monopolio de la información, ahora compiten con un pibe en TikTok que explica la economía nacional en treinta segundos. La manipulación no es nueva, pero se ha perfeccionado. Ya no se miente con datos falsos: se miente con la selección de lo que se muestra. La realidad se edita. Y la clase media, atrapada entre la desconfianza y la necesidad de creer en algo, consume relatos como quien compra un producto en oferta: sin demasiada convicción, pero con la esperanza de que funcione.
Ahí entra el Estado, ese viejo conocido. Para unos, el culpable de todo. Para otros, la única red que queda. La verdad es que ni unos ni otros tienen razón del todo. El Estado argentino es una máquina imperfecta, llena de grietas, que a veces protege y a veces aplasta. Pero sin él, la clase media quedaría a la intemperie. Y con él, también. Esa contradicción es el centro del debate que no se da.
La soledad del que trabaja
El trabajo ya no es lo que era. No solo por la inflación, que come el salario. Sino por el sentido. Antes, trabajar era construir. Una casa, un futuro, un nombre. Ahora, trabajar es sobrevivir. La inteligencia artificial promete reemplazar oficios enteros, pero mientras tanto, lo que reemplaza es la paciencia. Las aplicaciones de delivery, los algoritmos que deciden quién merece un crédito, los chatbots que atienden reclamos. Todo se vuelve más rápido, más frío, más solo.
La familia, ese refugio clásico, también se resiente. Las cenas se acortan. Las conversaciones se reducen a lo urgente. Los hijos crecen viendo a sus padres mirar el celular en vez de mirarlos a ellos. La educación, ese viejo ascensor social, se ha vuelto un privilegio. Los que pueden pagan. Los que no, esperan. Y la juventud, siempre tan lúcida y tan ingenua, se debate entre la bronca y la resignación. Algunos militan. La mayoría, apenas intenta zafar.
Memoria y consumo
La memoria es otro bien en extinción. No la memoria histórica, que se discute en los actos y los libros. La memoria cotidiana, la que guarda el nombre de un amigo que no se ve hace meses, la que recuerda el precio de un café hace un año. El consumo devora todo. Cada semana hay una oferta nueva, un producto nuevo, una necesidad nueva. Y lo que ya no se compra, se olvida.
La identidad, entonces, se vuelve líquida. La clase media argentina ya no sabe bien quién es. ¿Es la que llena los supermercados los fines de semana? ¿La que hace cola en el banco? ¿La que se endeuda en cuotas para pagar las vacaciones? Tal vez sea todo eso. Y también lo que queda cuando todo eso se acaba. Una dignidad herida, un orgullo que duele, una esperanza que se niega a morir.
En la esquina de Caballito, la profesora de matemática guarda el cartel cuando cae la noche. Mañana volverá a colgarlo. Y el lunes, si tiene suerte, algún alumno nuevo. La clase media sigue ahí, resistiendo. No con épica ni con grandes gestos. Con lo mínimo: el trabajo, la familia, la memoria de un país que alguna vez fue distinto. Y la certeza, cada vez más frágil, de que la verdad, aunque duela, sigue siendo la única deuda que vale la pena pagar.
