La educación como refugio
En la sala de espera de una escuela pública de Lanús, una madre espera que su hijo termine el acto del 25 de Mayo. Tiene dos trabajos, una hipoteca que no para de subir y un teléfono que vibra cada cinco minutos con noticias que no quiere leer. Mientras los chicos cantan, ella mira el piso de mosaicos gastados y piensa en el mes que viene. La escuela, piensa, es lo único que todavía funciona. O al menos lo único que no se rompió del todo.
Argentina vive una crisis que ya no es solo económica. Es una crisis de relato, de identidad, de memoria. La inflación carcome los sueldos, las redes sociales imponen su propia moral y la polarización política convierte cualquier conversación en un ring. En ese ruido, la clase media busca un lugar donde las cosas tengan sentido. Y muchos lo encuentran en la educación.
No es nostalgia. No es una vuelta al pasado. Es algo más simple: la escuela sigue siendo un espacio donde el mérito existe. Donde un chico puede sacarse un 10 sin que nadie le diga que es privilegiado o que el sistema lo favorece. Donde el esfuerzo todavía tiene un correlato concreto, aunque el contexto se empeñe en negarlo.
Claro que la educación también está en crisis. Los docentes cobran sueldos de pobreza, los edificios se caen a pedazos y la tecnología avanza sin preguntar si las aulas están preparadas. Pero hay algo que la escuela conserva y que el resto de la sociedad perdió: la posibilidad de discutir con argumentos. En un país donde las redes sociales premian la inmediatez y la agresión, la escuela sigue siendo un lugar donde se puede pensar antes de hablar. O al menos intentarlo.
La inteligencia artificial llegó sin pedir permiso. Los chicos la usan para hacer la tarea, los docentes la temen y los padres no saben bien qué pensar. Pero en el fondo, el problema no es la tecnología. El problema es que la verdad se ha vuelto un lujo. En las redes, la mentira viaja más rápido que la verdad. En la política, el relato pesa más que los hechos. En la calle, la inseguridad y la inflación generan una angustia que no encuentra explicación. La escuela, con todas sus limitaciones, sigue siendo el lugar donde se puede decir: esto es así, esto no es así, esto hay que pensarlo.
La familia también cambió. Las cenas en casa ya no son lo que eran. Los hijos miran TikTok mientras los padres miran el noticiero y nadie se mira a los ojos. La soledad crece en medio de la sobreexposición digital. La identidad se construye con likes y memes, con filtros y algoritmos que saben más de uno que uno mismo. En ese paisaje desolado, la escuela aparece como un refugio. No es perfecta, no es ideal, pero es un lugar donde se puede ser uno mismo sin tener que venderse.
La deuda externa, el FMI, los anuncios de ajuste, las promesas incumplidas: todo eso queda afuera cuando suena el timbre. Adentro, el pizarrón y el aula son un mundo aparte. Un mundo donde todavía importa si leíste el libro, si entendiste el problema, si podés explicar lo que pensás. Un mundo donde el mérito no es una palabra vacía sino algo que se construye día a día.
Los medios hablan de crisis, de polarización, de inflación. Y tienen razón. Pero la clase media argentina ya no compra el diario. No cree en los relatos oficiales ni en las promesas de campaña. Cree en lo que ve, en lo que toca, en lo que puede comprobar. Y lo que puede comprobar es que la escuela, a pesar de todo, sigue funcionando. Que los maestros dan clase aunque no lleguen a fin de mes. Que los chicos aprenden aunque el mundo se caiga a pedazos.
No es una solución mágica. No es un final feliz. Es apenas una constatación: en medio del ruido, la educación sigue siendo el único espacio donde la verdad tiene algún valor. Donde el mérito no es una ficción. Donde la identidad no se negocia. Ojalá dure. Ojalá sirva. Pero mientras tanto, al menos, hay un lugar donde todo tiene sentido y, por un momento, uno puede dejar de esperar.
