Artículo y ensayo

La educación que no llega a la mesa

Mientras los padres revisan cuadernos llenos de tareas sobre la Revolución de Mayo, la cuenta del supermercado les devuelve otra lección de economía.

La educación que no llega a la mesa

La educación que no llega a la mesa

En la cocina de un departamento de Flores, un nene de quinto grado repite la lección sobre el Cabildo Abierto. Su padre, con el celular en la mano, calcula cuántos días faltan para cobrar y cuánto subió el kilo de pan desde la semana pasada. Hay dos educaciones en esa mesa, y solo una viene con calificación. La otra, la que dicta la inflación, se aprueba o se reprueba todos los días en la caja del almacén.

La escuela pública, ese territorio donde la clase media argentina depositó durante décadas la esperanza del ascenso, hoy parece un museo de las buenas intenciones. Los pizarrones siguen ahí, las maestras corrigen con tinta roja, los actos patrios se hacen con banderas de papel. Pero algo se quebró en el puente entre el aula y la vida. Los chicos aprenden fórmulas matemáticas que no sirven para descifrar una factura de servicios, estudian la organización del Estado nacional mientras sus padres navegan un laberinto de trámites digitales para un subsidio que nunca llega. La educación ya no promete un futuro, apenas intenta explicar un presente que se desmorona.

El mérito y la grieta en el patio

En los recreos, entre intercambios de figuritas y carreras, la polarización de los grandes ya tiene su eco infantil. "Mi papá dice que el problema es la deuda", dice uno. "El mío dice que el problema son los que gobiernan ahora", contesta otro. No son ideas propias, son consignas que bajan como la lluvia ácida de los grupos de WhatsApp familiares y los noticieros de la noche. La escuela, que antes era un espacio de relativa neutralidad, ahora es el campo de batalla donde se libra, en miniatura, la guerra del relato. Los docentes, mal pagos y exhaustos, intentan arbitrar un debate para el que no los preparó ningún profesorado.

Mientras tanto, la palabra mérito perdió credibilidad. ¿De qué sirve esforzarse por un diez en geografía si el mapa económico del país se redibuja cada tres meses? El esfuerzo individual, esa columna vertebral de la moral de clase media, choca contra un muro de precios que suben más rápido que cualquier posibilidad de ahorro. La promesa era simple: estudia, trabaja, progresa. La realidad es un laberinto donde el trabajo no alcanza, el estudio no garantiza nada y el progreso es una foto vieja en el álbum familiar.

Pantallas que educan (y deseducan)

La verdadera educación paralela ocurre en la pantalla del celular. Allí, los algoritmos de las redes sociales dan lecciones instantáneas sobre consumo, identidad y éxito. La juventud aprende más de un influencer mostrando un viaje a Miami que de cualquier manual de ciudadanía. La cultura del espectáculo, rápida y brillante, le gana de mano a la cultura del libro, lenta y gris. La inteligencia artificial, ese concepto abstracto que se discute en foros de tecnología, ya está aquí, curando noticias, sugiriendo amigos, moldeando deseos. Es una maestra invisible que no toma examen pero sí forma opinión.

La inseguridad, otro tema que llena los noticieros, también educa. Enseña a bajar la mirada, a apurar el paso, a desconfiar del otro. Es una pedagogía del miedo que se aprende en la calle y se refuerza en cada conversación familiar. La familia, ese supuesto refugio, se transforma en un bunker donde se discute cómo pagar la cuota de la escuela privada a la que se mandó a los chicos para alejarlos de la escuela pública que se abandonó. Un círculo perfecto y desesperante.

El poder entendió hace rato que la batalla cultural se gana en las aulas, pero también en las pantallas y en la psiquis colectiva. Los medios, algunos convertidos en altavoces del gobierno de turno, otros en oposición sistemática, no informan: adoctrinan. Cada titular es una lección, cada editorial, un sermón. La manipulación ya no necesita de conspiraciones oscuras, se ejerce a plena luz del día, en el flujo constante de notificaciones y alertas. La verdad se volvió un artículo de lujo, difícil de encontrar entre tanta ganga de opinión disfrazada de dato.

La memoria que no se enseña

¿Y la memoria? Esa que debería ser el núcleo de cualquier educación digna, anda perdida entre el ruido de lo urgente. Se recuerda, sí, pero a medias, a conveniencia. Se evoca una época dorada que nunca fue tan dorada, se demoniza un pasado reciente para justificar el presente. La historia, en la escuela y fuera de ella, se usa como arma arrojadiza, no como herramienta para comprender. La dignidad, ese concepto que debería ser el fin último de toda educación, se reduce a poder llegar a fin de mes sin pedir prestado.

Al final del día, en esa cocina de Flores, el nene cierra el cuaderno. El padre guarda el celular. Hay una soledad compartida en ese silencio. La educación prometía ser un puente hacia el futuro, pero ahora apenas es una balsa precaria para navegar un río revuelto. Lo que se aprende en la escuela no llega a la mesa, y lo que se vive en la mesa es una lección demasiado cruda para cualquier libro de texto. El Estado, ausente; el mercado, implacable; la familia, agotada. Queda, quizás, la terquedad de seguir creyendo que saber algo, aunque no sirva para ganar más plata, vale la pena. Es un acto de fe, el último lujo de una clase que ya perdió casi todo lo demás.

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