Artículo y ensayo

La educación que se desarma mientras el algoritmo decide

En las aulas donde faltan profesores y en las casas donde los pibes aprenden más de un video que del libro, la crisis argentina se mide en otra moneda: la que compra futuro.

La educación que se desarma mientras el algoritmo decide

La educación que se desarma mientras el algoritmo decide

El profesor de historia mira el aula vacía. No está vacía de alumnos, sino de algo más difícil de nombrar. Faltan cinco chicos hoy, pero esa no es la novedad. La novedad es el silencio. Un silencio distinto, no el de la atención, sino el de la desconexión. Afuera, en el patio, suena el timbre del celular de un preceptor. Adentro, en las cabezas de los que quedaron, suena otra cosa: el runrún de un mundo que les habla directo, sin intermediarios, mientras la escuela intenta explicarles la Revolución de Mayo con fotocopias que salen borrosas.

La clase media argentina siempre midió su dignidad en la educación de sus hijos. Era la herencia que no se podía robar, el terreno que nadie te podía expropiar. Hoy ese terreno se está desmoronando, no por falta de ladrillos, sino por falta de sentido. Los padres pagan una cuota, cuando pueden, que sube más lento que la inflación pero más rápido que el sueldo. Y se preguntan, en voz baja, qué están comprando exactamente. Un título, sí. Pero también algo más intangible: la promesa de que el esfuerzo sirve para algo, de que hay un camino, de que el mérito no es solo una palabra que usan los políticos cuando no saben qué decir.

El relato que ya no entra por la puerta del aula

La política discute la ley de educación, los sindicatos paran, los funcionarios anuncian planes. En la vereda de la escuela, mientras espera a su hija, una madre revisa el celular. Le llegó una factura de la luz que no esperaba. Piensa en la plata de la excursión que pidieron esta mañana. La excursión es al museo de ciencias, pero ella hace cuentas de ciencias exactas: la luz, la cuota, la excursión, la comida. La educación, en ese cálculo, es un ítem más. Un ítem caro, que duele, y cuyo rendimiento cada vez es más difícil de medir.

Los pibes, mientras tanto, aprenden. Aprenden de otras fuentes. Un video de YouTube les explica la economía mejor que el manual desactualizado. Un influencer les habla de identidad con más claridad que la clase de ética. Una inteligencia artificial les hace la tarea en segundos. La escuela compite, mal y tarde, con una red de información global, inmediata y personalizada. Y pierde. Pierde no por falta de tecnología, que también, sino por falta de autoridad. La autoridad del que sabe ya no reside en el título del docente, sino en la capacidad de conectar con un mundo que cambia más rápido que cualquier plan de estudios.

El Estado promete conectividad, promete netbooks, promete. Las promesas llegan como noticias en la tele, mientras en la casa la conexión a internet se corta cada dos por tres. La brecha no es solo digital. Es una brecha de realidad. De un lado, el relato oficial sobre la educación del futuro. Del otro, la maestra que pide plata para comprar resmas de papel porque la fotocopiadora de la escuela lleva tres meses rota.

La verdad que se busca entre el filtro y la factura

La manipulación ya no viene solo de los medios tradicionales. Viene disfrazada de recomendación, de comunidad, de algoritmo. Un pibe de quince años no distingue entre una noticia falsa y una verdadera, distingue entre lo que le interesa y lo que no. Su verdad es emocional, no factual. Y en ese terreno, la escuela, con su método lento, con su exigencia de fuentes, con su manía de poner todo en duda, parece un artefacto anticuado.

La familia intenta ser el dique de contención. Pero la familia está cansada. El padre llega tarde del trabajo, la madre hace malabares con la economía doméstica. La conversación en la mesa no es sobre los valores de la patria, es sobre cómo llegar a fin de mes. La moral se practica en actos concretos: pagar lo que se debe, aunque sea en cuotas, cumplir con la palabra dada, ayudar al vecino. Es una moral de supervivencia, no de grandes principios. Y en ese marco, la educación es, sobre todo, una herramienta de supervivencia. ¿Sirve para conseguir un trabajo? Esa es la pregunta que importa. La respuesta, cada vez más, es incierta.

La polarización llega hasta el colegio. Los padres discuten por el grupo de WhatsApp, divididos entre los que defienden la escuela pública y los que huyen a la privada, entre los que creen en la disciplina de antes y los que hablan de educación emocional. Mientras discuten, los hijos navegan en un mundo donde las certezas son escasas y la soledad, a pesar de los miles de seguidores, es profunda. La escuela era el lugar donde se construía identidad colectiva. Ahora la identidad se construye en línea, en tribus dispersas, en gustos algorítmicos. La patria es el feed.

La memoria que no cabe en el plan de estudios

¿Qué se debe recordar? La escuela intenta enseñar memoria. Les habla de los próceres, de las fechas patrias, de los procesos históricos. Pero la memoria viva, la que duele y pesa, es otra. Es la memoria de la hiperinflación que los padres mencionan con un suspiro. Es la memoria de la crisis del 2001 que aparece en anécdotas familiares. Es la memoria de que las cosas pueden estar peor. Esa memoria no está en los libros. Se transmite en silencios, en gestos, en el modo de guardar los billetes, en la desconfianza instintiva hacia cualquier promesa.

El consumo de educación ha cambiado. Se consume a demanda, en píldoras, con la expectativa de un resultado inmediato. Un curso online de programación promete empleo en seis meses. La escuela promete formación integral en doce años. La paciencia es un recurso que escasea, como los dólares. La inflación no solo corroe el salario, corroe el tiempo. Corroe la idea de que invertir en el largo plazo vale la pena. Todo es urgente, todo es ahora.

Al final, el profesor de historia cierra su carpeta. Los alumnos salen, enchufan los auriculares, se sumergen en sus pantallas. Él se queda un momento en el aula vacía. Piensa en la deuda. No la deuda externa, esa abstracción gigante. Piensa en la deuda que él tiene con esos pibes. La deuda de darles un mapa para un territorio que ni él conoce del todo. Afuera, el país discute el poder, la crisis, la deuda con el FMI. Adentro, en el silencio que queda después del timbre, se discute otra cosa: cómo no defraudar a la próxima generación, cómo pasarle algo que valga la pena, cómo enseñar a pensar en un mundo que premia el acto reflejo. Esa es la deuda que más duele, la que no figura en ningún balance, la que se hereda en cada mirada perdida de un alumno que ya no cree que lo que está en el pizarrón tenga algo que ver con su vida.

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