La educación y el ruido de los algoritmos
En una casa de Floresta, una madre revisa el boletín de su hija de catorce años. Las notas son buenas, pero ella no termina de creerlo. La piba pasa horas mirando el celular, dice que estudia con videos de youtube, que el profesor explicaba mal, que ella entendió mejor con un influencer. La madre calla, porque no sabe cómo discutirle. No sabe si lo que dice es cierto o si es parte de un relato que la hija se armó para justificar el tiempo que pierde. En el fondo, sospecha que el problema no es la tecnología, sino que ya nadie sabe qué significa aprender.
La educación argentina está en crisis desde siempre, pero esta vez es distinto. No se trata solo de salarios docentes, infraestructura o paros. Hay algo más profundo. La escuela ya no es el único lugar donde se transmite conocimiento. Las redes sociales, los algoritmos, los videos de cinco minutos que prometen enseñar en una tarde: todo eso compite con la pizarra y el manual. Y la clase media, que siempre confió en la educación como ascensor social, empieza a dudar.
Uno escucha a los padres en las reuniones de la cooperadora. Hablan de la inflación, del precio de los apuntes, de la cuota del colegio privado que se fue al carajo. Pero también hablan de otra cosa: de que sus hijos no leen, de que no les interesa nada que no tenga una pantalla, de que se aburren en clase. Y uno piensa: ¿cuándo fue la última vez que un pibe se aburrió en serio? El aburrimiento era el espacio donde nacían las preguntas. Ahora está ocupado por el scroll infinito, por la dopamina barata de un like. El aburrimiento ya no existe. Lo mataron los algoritmos.
El problema no es que los chicos usen tecnología. El problema es que la tecnología los usa a ellos. Los captura en un circuito de consumo constante, de estímulos que no dejan espacio para la reflexión. Y la escuela, que tendría que enseñar a pensar, se convierte en un lugar donde se enseña a cumplir. A pasar pruebas. A llenar casilleros. El mérito se mide en notas, pero nadie se pregunta si esas notas miden algo real. La madre de Floresta lo intuye: su hija sabe editar un video pero no puede escribir un párrafo sin faltas de ortografía. Sabe usar inteligencia artificial para hacer la tarea, pero no entiende lo que copia.
La verdad como mercancía
Hay una ironía en todo esto. La misma clase media que reclama educación de calidad es la que consume sin filtro los contenidos que circulan en las redes. El padre que se queja de que su hijo no estudia es el mismo que comparte noticias falsas en el grupo de WhatsApp de la familia. La madre que exige que la escuela enseñe a pensar es la misma que cree ciegamente en el último video que vio sobre la cura del cáncer. La paradoja es que la escuela compite con un ecosistema que no tiene reglas, que premia la mentira si es más entretenida que la verdad.
La polarización política que vive la Argentina desde hace años también se mete en las aulas. Los pibes repiten consignas que escuchan en casa o en TikTok, sin entender del todo lo que dicen. Se pelean en los recreos por ideas que no saben defender. La escuela se convierte en un campo de batalla donde los adultos no saben cómo intervenir. Porque intervenir sería tomar partido, y tomar partido es peligroso en un país donde todo se vuelve política y la política se vuelve rencor. Entonces los docentes callan. O repiten un manual. O se refugian en la tecnocracia de la planificación y el currículo.
La verdad se ha vuelto una mercancía más. Se compra y se vende según el precio del día. Y la clase media, que siempre se enorgulleció de su capacidad crítica, compra barato. Consume el relato que le queda más cómodo. El que confirma lo que ya cree. El que no exige pensar. La memoria se vuelve frágil, selectiva. Se recuerda lo que sirve para el argumento de hoy y se olvida lo que contradice. La identidad se construye con fragmentos de TikTok, con frases hechas, con consignas que duran lo que dura un trending topic.
La soledad de aprender
En el fondo, lo que está en juego es la dignidad del conocimiento. Aprender es un acto solitario. Requiere esfuerzo, paciencia, tiempo. Todo lo que la cultura del consumo niega. La inteligencia artificial promete facilitar el aprendizaje, pero lo que hace es tercerizar la comprensión. Le pedimos a una máquina que piense por nosotros y después nos sorprendemos de que los pibes no sepan resolver un problema sin Google. La tecnología no es mala, pero la forma en que la usamos sí. La usamos para evitar el esfuerzo, para llenar el vacío, para no estar solos con nuestros pensamientos.
La familia, que siempre fue el refugio donde se aprendían las primeras cosas, también está en crisis. Los padres trabajan más horas para llegar a fin de mes. La inflación no da tregua. Llegan cansados, prenden la tele, miran el celular. El momento de la cena se convirtió en una coreografía de pantallas donde cada uno mira lo suyo. No hay conversación. No hay pregunta. No hay transmisión. La moral se negocia en silencio, en gestos, en lo que no se dice. Los chicos aprenden solos, con el algoritmo como tutor. Y el algoritmo no enseña ética. No enseña duda. Enseña a consumir.
La clase media argentina está atrapada entre la inflación que licúa el salario y el ruido de las pantallas que licúa la atención. Quiere que sus hijos estudien, pero no sabe cómo competir con el teléfono. Quiere que piensen, pero no tiene tiempo para enseñarles a pensar. Delega en la escuela una tarea que la escuela ya no puede hacer sola. Y la escuela, desbordada, mal paga, sin recursos, se convierte en un lugar de contención social, de guardería emocional, donde lo pedagógico queda en segundo plano.
No hay solución fácil. No hay una app que resuelva esto. Lo que hace falta es algo más difícil: recuperar el valor del esfuerzo, de la lentitud, de la pregunta que no tiene respuesta inmediata. Hace falta que los adultos volvamos a ser referentes, no en el sentido autoritario, sino en el sentido de mostrar que aprender vale la pena. Que hay cosas que no se resuelven con un video de tres minutos. Que la verdad no es una cuestión de gustos. Que la dignidad de saber es algo que no se compra en una tienda.
Pero mientras la inflación siga comiendo el sueldo, mientras el trabajo sea precario y el futuro incierto, pedirle a una familia que se siente a hablar de filosofía después de cenar parece un lujo que no todos pueden pagar. Y ahí está la trampa. La crisis económica también es una crisis educativa. No se puede pensar bien cuando se come mal. No se puede educar cuando el presente es una emergencia permanente. La clase media sabe que está perdiendo algo, pero no sabe bien qué. Y mientras tanto, el algoritmo sigue corriendo, ofreciendo respuestas fáciles a preguntas que nadie se hace.
