Artículo y ensayo

La inteligencia artificial y el relato que se escribe solo

En los algoritmos que organizan la vida cotidiana, la clase media argentina encuentra un nuevo narrador de su realidad. Un relato que se genera automáticamente, sin memoria y sin culpa.

La inteligencia artificial y el relato que se escribe solo

La inteligencia artificial y el relato que se escribe solo

El martes pasado, mientras esperaba en la cola del banco, vi a un hombre de unos cincuenta años discutiendo con su teléfono. No hablaba con nadie, le hablaba a la pantalla. Le reclamaba a una aplicación de home banking que le había descontado un impuesto que no entendía. Su tono era el de quien se queja con un empleado público, esa mezcla de fastidio y resignación que ya es parte del paisaje sonoro argentino. La máquina no respondía, claro. Solo mostraba números rojos y un historial de transacciones que parecía escrito en otro idioma. Ahí, en ese gesto absurdo, vi algo nuevo: la clase media ya no discute solo con el Estado, con los políticos o con los medios. Ahora discute con algoritmos que ni siquiera saben que existen.

La inteligencia artificial llegó a la Argentina como llega todo, tarde y sin manual de instrucciones. No vino en cajas brillantes con logotipos de Silicon Valley. Se coló por las rendijas: en las recomendaciones de Mercado Libre, en los chatbots de las empresas de servicios, en las noticias que elige Facebook para el feed de la abuela, en los asistentes virtuales que atienden el reclamo por la factura de la luz. Es un poder que no tiene cara, no tiene DNI, no vota. Pero decide. Decide qué vemos, qué compramos, a quién le creemos y, cada vez más, qué decimos. Escribo esto en un procesador de texto que me sugiere palabras, que completa mis frases. Me ofrece su ayuda con una cortesía de robot. A veces la acepto, sin pensarlo mucho. Es más fácil.

El mérito de los datos

En el colegio de mi hija, los chicos de quinto año tienen una materia que se llama "Pensamiento Computacional". Les enseñan a programar, a entender lógicas básicas. El director, un tipo serio con anteojos de marco fino, me dijo que era fundamental para el futuro laboral. "El que no entienda esto, se queda afuera", me explicó, mientras en el patio sonaba el timbre del recreo. Lo que no les enseñan, me parece, es a preguntarse quién programa a los programadores. O mejor: qué intereses programan las inteligencias que después los programarán a ellos. La educación, esa vieja promesa de ascenso para la clase media, ahora se mide en habilidades para servir a máquinas que prometen eficiencia. El mérito ya no es solo estudiar, es convertirse en dato útil para un sistema que no tiene patria ni memoria.

En las redes sociales, la polarización tiene cómplices automatizados. No son solo los militantes de uno y otro lado. Son cuentas que generan contenido, que responden comentarios, que inflan tendencias. Crean la ilusión de consenso o de conflicto. Un familiar me compartió, muy convencido, un análisis geopolítico sobre Argentina que resultó estar escrito íntegramente por una IA. Estaba bien redactado, con argumentos que sonaban lógicos, citas inventadas pero verosímiles. Era un relato perfecto y hueco. Como esos discursos políticos que repiten frases hechas hasta vaciarlas de sentido. La verdad ya no se discute en los bares, se genera en servidores remotos. Y llega al WhatsApp familiar con el sello de autoridad de quien lo compartió: un primo, un amigo, alguien en quien confiamos. La manipulación se volvió orgánica, casera.

La soledad del usuario

Hay una paradoja en todo esto. La tecnología que prometía conectar, termina aislando. Se ve en los departamentos pequeños donde viven tres generaciones. El abuelo mira la televisión abierta, todavía cree en el noticiero de las ocho. El padre navega en portales de noticias personalizados, cada vez más encerrado en su burbuja de confirmación. El hijo adolescente vive en TikTok, en un mundo de videos cortos que no exigen memoria ni contexto. Comparten el techo, la mesa, la crisis. Pero no comparten el relato. No hay una historia común que los una, solo pantallas que muestran versiones distintas de un país que se desarma. La familia, último refugio frente a la intemperie económica, ahora negocia también su realidad. ¿A qué verdad le creemos? ¿A la de los medios tradicionales, a la de las redes, a la del grupo de vecinos? La inteligencia artificial no resuelve ese problema, lo alimenta. Ofrece respuestas antes de que terminemos de hacer la pregunta. Nos ahorra la duda, que es el primer paso del pensamiento.

El trabajo tampoco escapa. Conozco a un corrector de textos que perdió la mitad de sus clientes porque ahora usan Grammarly o el corrector de Word. A una traductora que compite con traducciones automáticas que, aunque son burdas, son gratis y instantáneas. Su dignidad laboral, construida sobre años de estudio y oficio, se mide ahora contra la eficiencia de un algoritmo. No es que la máquina haga mejor el trabajo, lo hace más barato. Y en un país con inflación crónica, lo barato siempre gana. La crisis económica encuentra en la tecnología un aliado perfecto para disfrazar de progreso lo que es apenas un recorte más. Se vende como innovación lo que es, en el fondo, un ahorro de sueldos.

La memoria, esa obsesión argentina, también se transforma. No se guarda en álbumes de fotos, se sube a la nube. Google Photos me envía recordatorios: "Hace tres años en este día...". Me muestra una imagen de una salida familiar, todos sonriendo. El algoritmo seleccionó esa foto, no otra. Decide qué merece ser recordado. Es una memoria editada, curada por una inteligencia que no sabe qué significó realmente ese momento, qué se dijo después, qué se rompió al año siguiente. Nuestra identidad, ese puzzle hecho de recuerdos y olvidos, ahora tiene un curador invisible. Y ese curador tiene dueños, intereses, sesgos que desconocemos.

Al final, volvemos al hombre del banco. Discutiendo con su teléfono. Su enojo era real, su frustración también. Pero su interlocutor era un fantasma hecho de código. Un poder sin responsabilidad. Un relato que se escribe solo, sin testigos, sin culpa. La clase media argentina, acostumbrada a negociar con el Estado, con la inflación, con la inseguridad, ahora tiene un nuevo actor en la mesa. Silencioso, ubicuo, inapelable. No pide permiso, no explica sus motivos. Solo ejecuta. Y nosotros, mientras tanto, aprendemos a hablarle. Como si al quejarnos con la máquina, todavía creyéramos que alguien, en algún lado, nos escucha.

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