La fatiga de la clase media
La clase media argentina tiene un problema que no se resuelve con un aumento de sueldo ni con un plazo fijo que le gane a la inflación. Es algo más hondo, más callado. Una fatiga que no aparece en los índices del INDEC ni en los discursos de campaña. Se nota en las conversaciones de pasillo, en los grupos de WhatsApp que antes eran chistes y ahora son puro reclamo, en la forma en que la gente mira el teléfono como quien espera una mala noticia.
La inflación es el telón de fondo, claro. Pero hace años que está ahí. Lo nuevo es cómo se instaló en la cabeza de la gente. Ya no se trata solo de llegar a fin de mes. Se trata de que el esfuerzo no rinde. El mérito, esa palabra que los políticos usan como si fuera una moneda, no alcanza para comprar dignidad. Un laburante que se rompe el lomo doce horas puede terminar el mes igual de ajustado que el que se quedó en su casa viendo series. Eso quiebra algo. La moral del trabajo, la idea de que si uno se esfuerza va a progresar, se resquebraja sin hacer ruido.
Las redes sociales se encargan de mostrar el otro lado. Ahí todos tienen una vida mejor. Viajes, comidas perfectas, hijos que sacan diez. Pero la realidad es otra. En las pantallas la clase media se muestra fuerte, pero en privado se desarma. La polarización política, esa grieta que los medios alimentan a diario, no es más que un derivado de esta fatiga. La gente está tan cansada que prefiere un enemigo fácil antes que mirarse a sí misma. La indignación se ha vuelto un producto. Se vende bien. Mueve clics, mueve votos, mueve odio.
La familia, ese núcleo que alguna vez fue refugio, también siente el desgaste. Los padres ya no saben cómo explicarles a sus hijos que estudiar vale la pena cuando el título universitario no garantiza un trabajo decente. La juventud crece viendo que el futuro es una deuda. Que el Estado promete pero no cumple. Que la educación, esa bandera histórica, se ha vuelto un trámite. Y mientras tanto, la inteligencia artificial avanza, prometiendo reemplazar oficios enteros. ¿Qué sentido tiene esforzarse si una máquina puede hacerlo mejor y más barato?
La soledad también es parte del cuadro. No la soledad física de estar solo, sino la de sentirse desconectado de un proyecto común. La Argentina de los años noventa, la del uno a uno, al menos tenía una ilusión. La de la pospandemia no tiene ni eso. Solo incertidumbre. Y en ese vacío, la identidad se vuelve difusa. Uno ya no sabe si es de izquierda o de derecha, si cree en el mérito o en el Estado, si le conviene ahorrar en dólares o gastar todo antes de que el peso se derrita. La crisis de la clase media es también una crisis de la verdad. ¿Quién dice la verdad? ¿Los políticos que prometen, los economistas que fallan, los medios que manipulan? Cada uno elige su burbuja. Y ahí se queda.
Hay un detalle que pocos notan. La memoria. La clase media argentina tiene una memoria frágil. Olvida rápido las promesas incumplidas, los planes que fracasaron, los líderes que la defraudaron. Tal vez sea un mecanismo de defensa. Si recordara todo, no podría levantarse a laburar al día siguiente. Pero esa amnesia tiene un costo. Permite que el poder se renueve sin rendir cuentas. Que los mismos discursos se repitan con actores distintos. Que la inflación, la inseguridad, la deuda sigan siendo los temas de siempre, sin que nadie ofrezca una salida real.
La tecnología prometió conectarnos. Y lo hizo, pero de una forma rara. Ahora estamos más comunicados que nunca y más solos que nunca. Las redes sociales nos muestran la vida de los otros, pero no la nuestra. Y en ese escaparate, la clase media se compara, se frustra, se enoja. La polarización no es más que esa frustración canalizada hacia un chivo expiatorio. El otro, el que piensa distinto, se convierte en el enemigo. Y así se pierde la posibilidad de construir algo juntos.
El consumo, que alguna vez fue una forma de pertenencia, ya no calma. Comprar un celular nuevo, una zapatilla de marca, un viaje al exterior, ya no llena el vacío. Porque el vacío es más grande. Es existencial. La clase media argentina está buscando un sentido que el mercado no puede darle. Y mientras busca, se cansa. Se cansa de esperar, de creer, de ilusionarse. La fatiga es el síntoma de una sociedad que corrió demasiado y no llegó a ningún lado.
No hay una solución mágica. No va a venir un presidente, un gurú, una app que lo resuelva. Tal vez el primer paso sea reconocer el cansancio. Dejar de fingir que todo está bien. Mirar la realidad de frente, sin filtros ni consignas. La clase media argentina tiene una historia de resiliencia. Sobrevivió a dictaduras, hiperinflaciones, default. Pero esta vez el enemigo no es externo. Es la sensación de que nada vale la pena. Y contra eso, no hay plan económico que funcione.
