La fatiga de lo cotidiano
La semana pasada, en una fila del supermercado, una mujer de unos cuarenta años pidió disculpas por no tener el vuelto exacto. El cajero la miró con esa paciencia que ya no se usa. Ella dijo: "Perdón, estoy desconectada". No se refería a la tecnología. Se refería a algo más difuso, a esa sensación de ir siempre un paso atrás, de no dar abasto con lo que el día pide.
En Argentina, la clase media carga con una fatiga que no se mide en horas de sueño. Es el cansancio de calcular cada gasto, de tener que elegir entre la marca de siempre y la que bajó dos pesos. Es la acumulación de decisiones que antes no existían. Hoy, comprar un yogur implica un debate moral: ¿vale la pena pagar más por algo que antes era barato? La respuesta siempre duele.
El ritmo de lo imposible
Hay una desconexión entre lo que se espera de uno y lo que se puede dar. Las redes sociales muestran vidas que avanzan: viajes, cursos, emprendimientos. Mientras tanto, en la mesa de casa se repiten los mismos temas: el alquiler que subió, el colegio que no se puede pagar, el médico que ya no atiende por obra social. La brecha no es solo económica. Es también simbólica. El mérito dejó de ser un camino. Ahora es un lujo que pocos pueden darse.
La tecnología, que prometió liberar tiempo, lo devora. El trabajo se cuela en el teléfono. Los mensajes de WhatsApp no esperan. La inteligencia artificial avanza y uno se pregunta si su puesto vale algo. Pero no hay tiempo para la reflexión. Hay que pagar las cuentas. La dignidad, ese concepto que antes parecía sólido, ahora se negocia en cuotas.
La soledad del que paga
En esta lógica, la familia se convierte en un espacio de tensión. Los padres quieren dar lo que no tuvieron, pero la inflación se lo impide. Los hijos crecen con una idea de éxito que no coincide con la realidad. La polarización política se cuela en la cena. La memoria de lo que fue se desvanece. Ya no se habla del futuro con esperanza. Se habla de cómo llegar a fin de mes.
La deuda, ese fantasma, no es solo económica. Es emocional. Se debe tiempo, atención, paciencia. Se debe una versión de uno mismo que ya no existe. El consumo, antes un placer, ahora es un acto de supervivencia. Comprar ropa nueva es casi una transgresión. La moral se redefine en cada oferta. La verdad, esa palabra grande, se ha vuelto una posición. Cada uno tiene la suya. La manipulación de los medios y las redes no ayuda. Todo es ruido.
Lo que queda
En medio de todo, hay gestos pequeños. Un abrazo que no se cobra. Una charla en el ascensor. La certeza de que, pese a todo, todavía hay algo que resiste. La identidad no se pierde del todo. Se transforma. Se vuelve más dura, más real. La clase media argentina no es heroica. Solo sigue. Sin épica. Sin promesas. Con la fatiga de lo cotidiano, pero también con la obstinación de no rendirse.
Porque al final, lo que queda es eso: la capacidad de seguir pagando, de seguir eligiendo, de seguir creyendo que, en algún momento, el vuelto va a alcanzar.
