La fatiga del mérito
El mérito fue durante mucho tiempo una especie de religión laica de la clase media argentina. La idea de que el esfuerzo individual podía torcer el destino, de que estudiar y laburar duro te llevaba a un lugar mejor, funcionaba como un salvavidas moral en un país donde el Estado siempre fue un poco imprevisible y la inflación, una vieja conocida. Pero esa fe se resquebraja. No es que la gente haya dejado de esforzarse, sino que el premio prometido se ha vuelto demasiado esquivo.
Uno lo ve en las charlas cotidianas. En la familia, cuando el padre que laburó treinta años en la misma fábrica mira a su hijo con un título universitario y un trabajo precario, y no sabe qué decirle. En la escuela, donde los pibes escuchan discursos sobre la cultura del esfuerzo mientras ven que los salarios docentes no llegan a fin de mes y que el ascensor social sube cada vez más lento. En las redes sociales, donde se celebra el éxito de los pocos que la pegaron y se silencia el fracaso de los muchos que no.
La polarización política no ayuda. Cada bando tiene su propio relato sobre el mérito. Para unos, es un derecho que el Estado debe garantizar con educación y trabajo. Para otros, una virtud individual que la intervención estatal corrompe. Mientras tanto, la gente común queda atrapada en medio, tratando de pagar el alquiler, de ahorrar algo, de sostener la dignidad cuando el dinero no alcanza.
El costo de una promesa
La deuda, ese fantasma que siempre merodea en la Argentina, no es solo financiera. También es una deuda simbólica. La clase media siente que invirtió en mérito, que hizo lo que se suponía que debía hacer, y que la cuenta no cierra. La inflación se come el sueldo, la inseguridad limita los movimientos, la educación pública se deteriora, y el consumo, ese pequeño placer que compensaba las frustraciones, se vuelve un lujo.
Ahí aparece la soledad. Porque cuando el mérito falla, no hay a quién echarle la culpa más que a uno mismo. La moral del esfuerzo te deja sin excusas. Si no progresás, es porque no te esforzaste lo suficiente. Y esa idea, repetida en los medios y en las conversaciones, termina carcomiendo la identidad. Uno empieza a preguntarse si el problema es el país o uno mismo. Y esa duda es venenosa.
Los jóvenes lo saben bien. Crecieron en un mundo donde la inteligencia artificial y las redes sociales redefinen el trabajo y la cultura. Les dijeron que estudien, que se capaciten, que sean flexibles. Pero la flexibilidad muchas veces es precariedad, y la capacitación no garantiza un empleo digno. La tecnología promete eficiencia pero también deshumaniza, y el mérito se mide en métricas que no siempre reflejan el valor real de lo que uno hace.
La manipulación del relato
El poder siempre supo usar la idea de mérito para legitimar desigualdades. El que llega arriba es porque se lo merece, y el que se queda abajo, porque no pudo o no quiso. Es un relato cómodo para quienes gobiernan, porque evita preguntas incómodas sobre la estructura económica, la concentración de la riqueza o el rol del Estado. En la Argentina de la inflación y la deuda, ese relato se vuelve más cruel. Porque la realidad muestra que hay gente que labura doble turno y no llega, y otros que especulan con bonos y ganan fortunas sin producir nada tangible.
La verdad se vuelve difusa. Las redes sociales amplifican las voces más extremas, y la manipulación de la información es moneda corriente. La memoria se fragmenta en miles de videos y tuits, y cada uno construye su propia versión de los hechos. En ese contexto, la identidad se vuelve un campo de batalla. ¿Quién sos cuando todo lo que te decían que eras se desmorona? La clase media argentina, ese sujeto histórico que alguna vez fue el motor del país, busca respuestas en lugares equivocados. En el consumo, en el éxito rápido, en la bronca política.
Pero hay algo que resiste. En las conversaciones de madrugada, en los asados del domingo, en los gestos solidarios que brotan cuando todo parece perdido. La dignidad no se negocia. Y aunque el mérito se haya vuelto una promesa vacía, la gente sigue buscando un sentido. No el sentido grandioso de los relatos políticos, sino el más modesto de poder mirarse al espejo sin vergüenza, de dejarles algo a los hijos, de sentir que la vida no fue en vano.
La fatiga del mérito no es el fin de la esperanza. Es el fin de una ilusión. Y tal vez, de esa pérdida, nazca algo más real. Una forma de entender que el valor de una persona no se mide solo por lo que logra, sino por lo que sostiene. Y en la Argentina de hoy, sostener es mucho.
