La ficción de la verdad
En la mesa de un bar de Boedo, un hombre de unos cincuenta años discute con su hijo. El padre dice que antes las cosas eran más claras. El hijo, que no para de mirar el teléfono, le responde que la claridad es un lujo que ya nadie puede pagar. La escena es mínima, casi irrelevante, pero dice más sobre la Argentina de hoy que cualquier discurso de campaña.
La clase media, ese animal mitológico que siempre está en extinción, se enfrenta a una paradoja que la desarma: nunca tuvo tanta información y nunca estuvo tan perdida. Los medios, que antes ordenaban el mundo con cierta autoridad, ahora compiten con miles de voces que gritan desde las redes. Y el griterío no construye verdad, la disuelve.
El relato como moneda
En los '90, la deuda era un número que aparecía en los diarios y se olvidaba hasta el próximo ajuste. Hoy la deuda es existencial: cada familia debe decidir qué cree, a quién le cree, y si vale la pena creer en algo. La polarización política no es solo un fenómeno electoral, es una forma de vida. Se elige bando como se elige un plan de telefonía, y una vez que se elige, el algoritmo se encarga de que no haya vuelta atrás.
El mérito, esa palabra que tanto se repite en los discursos de fin de año, se ha convertido en una ficción útil. Los padres le dicen a sus hijos que estudien, que se esfuercen, que el trabajo dignifica. Pero los hijos ven que el esfuerzo no garantiza nada, que la inflación se come los sueldos antes de que lleguen, y que la inteligencia artificial ya está ocupando puestos que antes eran de humanos. La educación, que fue el ascensor social de la clase media, ahora es un certificado de esperanza con fecha de vencimiento.
Las pantallas y la soledad
Las redes sociales prometieron conectar al mundo. En la Argentina, conectaron a cada uno con su propia frustración. El consumo se volvió un marcador de identidad: lo que tenés, lo que mostrás, lo que te falta. La moral se mide en likes y shares. La dignidad, ese concepto tan abstracto y tan concreto, se negocia a diario entre la necesidad de sobrevivir y la presión de aparentar.
La juventud, que siempre fue un símbolo de rebeldía, hoy es un mercado. Los jóvenes son el target, el segmento, el público objetivo. Se les vende desde ropa hasta ideologías. Y ellos, en el medio de esa avalancha de contenido, intentan construir algo que se parezca a una identidad propia. La mayoría termina repitiendo frases que vieron en TikTok, sin saber muy bien de dónde vienen ni adónde van.
El Estado y la ausencia
El Estado, ese ente abstracto que todos critican y todos reclaman, aparece cuando falla la seguridad, cuando la inflación se desborda, cuando la escuela pública ya no enseña. Pero también está ausente cuando se lo necesita para poner orden en el caos digital, para regular la manipulación, para defender la verdad de los que mienten con impunidad.
La inseguridad no es solo salir a la calle con miedo. Es también la incertidumbre de no saber si lo que leés es cierto, si lo que ves es real, si lo que sentís es tuyo o te lo metieron en la cabeza. La manipulación ya no es un recurso de políticos habilidosos, es una industria que mueve millones y que opera en las sombras de los algoritmos.
La memoria como refugio
En este desorden, la memoria se vuelve un acto de resistencia. Recordar cómo era la vida antes de que todo fuera medible, antes de que cada experiencia se convirtiera en contenido, antes de que la soledad se disfrazara de conexión. Los que tienen más de cuarenta años guardan un archivo mental de cómo se vivía sin internet, sin redes, sin la presión constante de opinar sobre todo.
Los jóvenes, en cambio, crecieron en la sobreinformación y el vacío. Saben más de lo que pasa en el mundo que de lo que pasa en la casa de al lado. Conocen las crisis de países lejanos pero ignoran las de su propia familia. La identidad se construye en base a referencias globales, mientras lo local se desdibuja.
Y sin embargo, la clase media sigue. No porque sea heroica, sino porque no tiene otra. Se adapta, negocia, resiste. Paga el alquiler, manda a los hijos a la escuela, discute con el vecino por el aumento de la expensa. En el medio de la tormenta, busca certezas donde no las hay y construye verdades provisorias, frágiles, humanas. Como la del padre y el hijo en el bar de Boedo, que discuten sin llegar a ningún lado, pero que al menos todavía se sientan a hablar.
