La identidad que se busca en el mapa que ya no sirve
Hay un momento, a veces en el colectivo, a veces en la fila del banco, en que uno mira alrededor y se pregunta qué carajo somos ahora. No es una pregunta filosófica. Es concreta, como el precio de la carne. La clase media argentina, esa que se creyó el relato del ascenso, la educación y el mérito, hojea un mapa que ya no coincide con el territorio. Las calles tienen otros nombres, los precios son una ficción y el futuro se achicó hasta caber en la pantalla de un celular, entre notificaciones de deudas y ofertas de trabajos remotos para empresas de afuera.
La crisis ya no es un bache en el camino, es el camino mismo. Un camino de tierra, con barro y piedras, que se recorre con la mirada puesta en el retrovisor. La memoria, antes un orgullo, ahora es un peso. Sirve para recordar que las cosas fueron distintas, no para entender por qué se rompieron. En las casas, entre fotos de graduaciones y viajes que hoy serían imposibles, hay una sensación de orfandad. No se extraña un partido político, se extraña una coordenada, un lugar en el mundo que ya no existe.
El trabajo y la dignidad que se licúan juntos
El mérito era la piedra basal. Estudiar, esforzarse, llegar. Ahora, el que llega se encuentra con que la meta se corrió. O desapareció. En las oficinas silenciosas, en el home office que funde la cocina con la sede corporativa de una empresa en Delaware, el esfuerzo se mide en dólares que no se ganan y en una inflación que se come los aumentos antes del depósito. El trabajo ya no construye identidad, la alquila por horas. La dignidad, esa palabra grande, se negocia día a día contra la necesidad. ¿Hasta dónde se aguanta un jefe abusivo? ¿Qué principio se deja en la puerta para mantener el plato de comida en la mesa? La moral se ajusta más que el presupuesto.
Los jóvenes, esos que deberían estar armando su vida, navegan un mar de incertidumbre con una brújula de TikTok. La educación pública, ese otro pilar del relato, les da herramientas para un mundo que se fue. Aprenden de Sarmiento pero no a defenderse de un algoritmo. Las redes sociales les muestran vidas posibles en otros lados, mientras la realidad local les ofrece contratos basura y sueldos de fantasía. La polarización no es solo política, es existencial. Están los que sueñan con irse y los que juran que la salvación está en volver a un pasado idealizado que, mirado de cerca, también tenía sus miserias.
El ruido que todo lo tapa
En medio del derrumbe, el poder aprendió a camuflajarse en el ruido. Los medios, todos, empujan su relato, su verdad a medida. La manipulación ya no necesita ser burda. Basta con saturar, con cansar, con ofrecer un enemigo claro en un caos incomprensible. ¿La culpa es de la casta, de los especuladores, de los que no quieren trabajar? El Estado, esa entidad que alguna vez prometió protección, ahora es una app que no responde, un subsidio que llega tarde y mal, una promesa vacía en un discurso de cadena nacional.
La familia intenta ser refugio, pero las paredes son finas y entran los problemas. Se discute de plata en la mesa, se silencian las aspiraciones para no sumar angustia, se mira con preocupación a los hijos mientras se finge una seguridad que ya no se siente. La soledad no es solo de los que viven solos. Es la de quien está rodeado de gente pero no puede compartir el peso de un miedo que parece ridículo dicho en voz alta: el miedo a caer, definitivamente, del mapa.
Y en este paisaje, la inteligencia artificial llega como una promesa más, o como una amenaza de último momento. Promete eficiencia en un país ineficiente, soluciones mágicas a problemas de raíz podrida. Pero ¿puede un algoritmo entender la dignidad? ¿Puede medir el desgaste de un alma después de años de correr detrás de un sueldo que no alcanza? La tecnología muestra un espejo distorsionado: estamos hiperconectados y más solos que nunca, informados hasta la nausea y más perdidos que un perro en cancha de bochas.
Consumir lo que queda
El consumo, último ritual de pertenencia a una clase, se vuelve un acto de fe o de desesperación. Se compra lo que se puede, cuando se puede, sabiendo que mañana costará más. Cada compra en el supermercado es una pequeña derrota negociada. La identidad, entonces, ya no se construye con el auto o la casa, sino con la astucia para sobrevivir, con la capacidad de aguantar, con el humor ácido para reírse de la propia desgracia. Es una identidad hecha de cicatrices y de memoria rota.
Al final, quizás la pregunta no sea qué somos, sino dónde paramos mientras buscamos la respuesta. Paramos en la vereda de un país que cambió de piel varias veces y dejó a muchos desorientados en el proceso. La búsqueda de identidad ya no es un viaje heroico, es una tarea de todos los días, hecha con las herramientas que quedan: un poco de memoria selectiva, mucho cansancio, una ironía para no llorar y la tenue esperanza de que, en algún momento, el mapa y el territorio vuelvan a coincidir, aunque sea por un instante, en el living de una casa cualquiera, mientras afuera la noche se lleva otro día de incertidumbre.
