Artículo y ensayo

La soledad del algoritmo en un país que habla solo

Mientras las pantallas prometen conexión, en los departamentos de clase media crece un silencio particular. La tecnología que debía unir termina mostrando las grietas de un diálogo que ya no existe.

La soledad del algoritmo en un país que habla solo

La soledad del algoritmo en un país que habla solo

El vecino del 4B saluda con la cabeza en el ascensor. Tiene los auriculares puestos, la mirada baja. En la pantalla del celular que lleva en la mano, un hilo de Twitter discute acaloradamente sobre la inflación. En el living de su departamento, su hijo de diecisiete años mira videos cortos en TikTok, uno tras otro, mientras su hermana responde stories de Instagram. La madre revisa grupos de WhatsApp donde circulan cadenas sobre la inseguridad y memes políticos. Todos en la misma casa, todos conectados, todos solos.

La promesa de las redes sociales era otra. Se suponía que iban a acortar distancias, a crear comunidades, a democratizar la palabra. En la Argentina de la clase media, lo que hicieron fue ponerle altavoz a la polarización y mostrar, en tiempo real, cómo se desarma el tejido de una conversación común. Cada uno en su burbuja, cada uno con su verdad, cada uno hablando sin escuchar. El ruido es ensordecedor, pero el diálogo murió hace rato.

El relato que se fragmenta en la pantalla

Antes, la discusión era en la mesa familiar, con el diario de papel sobre la tabla. Ahora es en la pantalla del celular, mientras se come solo frente al microondas. Los medios tradicionales perdieron el monopolio del relato, pero en su lugar no surgió una plaza pública. Surgieron miles de patios cerrados, cada uno con su propia versión de la realidad. La manipulación ya no necesita de grandes conspiraciones. Basta con un algoritmo que te muestre lo que querés ver, que refuerce lo que ya creés, que te aleje de quien piensa distinto.

La política entendió este juego antes que nadie. Ahora no se trata de convencer al otro, sino de movilizar al propio. Los discursos ya no apuntan al centro, sino a los extremos de cada tribu. La verdad dejó de ser un territorio común para explorar y se convirtió en un arma arrojadiza. En los grupos de WhatsApp familiares, donde antes se pasaban chistes y saludos de cumpleaños, ahora se discute con saña sobre quién tiene la culpa de la deuda. El tío peronista contra el primo libertario. La hermana kirchnerista contra el cuñado anti todo. La familia, ese último refugio que quedaba, ahora es otro campo de batalla.

El trabajo que no alcanza y la dignidad que se mide en likes

Mientras tanto, el sueldo se licúa. El mérito, esa idea que la clase media argentina abrazó como un dogma, hoy suena a chiste cruel. Estudiaste, te especializaste, trabajás doce horas por día, y a fin de mes el dinero no te alcanza ni para el alquiler. La inflación no es solo un número en un informe del INDEC. Es la ansiedad que te agarra en el supermercado cuando comparás precios. Es la conversación incómoda con tus hijos cuando piden algo que sabés que no podés darles. Es la sensación de que el esfuerzo ya no tiene recompensa.

En ese vacío, las redes sociales ofrecen una moneda alternativa: la validación. Los likes, los seguidores, los comentarios elogiosos. La dignidad, que antes se construía con un trabajo estable y un proyecto familiar, ahora se busca en la aprobación de desconocidos. Los jóvenes, especialmente, navegan este mar contradictorio. Por un lado, la presión de un sistema educativo que parece hablar de un país que ya no existe. Por otro, la seducción de una fama viral que promete atajos hacia el reconocimiento. La cultura del consumo les muestra un mundo de posibilidades, mientras la economía les cierra todas las puertas.

Y en el medio, el Estado. Ese gran ausente, o ese gran intruso, según desde dónde se lo mire. Para algunos, un monstruo burocrático que asfixia con impuestos y regulaciones. Para otros, la única red que evita la caída libre. Lo cierto es que ya no logra articular un proyecto colectivo. Su presencia se reduce a una notificación en Mi ANSES, a un trámite interminable, a un subsidio que llega tarde y mal. La memoria de un Estado benefactor se desvanece, pero lo que queda en su lugar no es la eficiencia del mercado, sino la desprotección pura.

La inteligencia artificial y el fantasma del reemplazo

Ahora se suma una nueva inquietud: la inteligencia artificial. En las oficinas, en las redacciones, en los estudios de diseño, se murmura sobre qué trabajos desaparecerán. Es irónico. En un país con una crisis laboral estructural, donde el empleo formal es un privilegio, la amenaza ya no viene solo de la globalización o de los políticos. Viene de una máquina que escribe, que diseña, que resuelve problemas. La promesa de la tecnología siempre fue liberar al humano de las tareas repetitivas. La pesadilla es que termine liberando al humano del trabajo mismo.

La soledad de la que hablábamos al principio quizás sea el síntoma más profundo. No es solo la soledad física, sino la existencial. La de sentirse desconectado no solo de los otros, sino de un sentido común, de una narrativa compartida, de un futuro que valga la pena construir. La polarización no es solo política. Es afectiva. Te aleja de tus afectos. La inseguridad no es solo la que denuncian los noticieros. Es la de no saber cómo seguir, en qué creer, a qué aferrarte.

El vecino del 4B finalmente llega a su puerta. Saca los auriculares. Por un segundo, en el silencio del pasillo, se escucha el televisor de otro departamento. Un periodista habla con vehemencia. El vecino suspira, abre la puerta, y se vuelve a sumergir en el ruido de su casa. Cada uno en su pantalla, cada uno en su isla. El país que alguna vez debatió en los cafés ahora habla solo, en monólogos cruzados que nunca se encuentran. Y en el medio, la clase media, esa que supo ser columna vertebral de un proyecto nacional, intenta recordar cómo se hace para volver a conversar de verdad. No sobre quién tiene la culpa, sino sobre cómo salimos de esto. Si es que todavía hay un nosotros para salir.

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