La lengua de la verdad
La última vez que discutí con mi viejo fue por una frase de Perón. No me acuerdo cuál. Él la dijo como si hubiera estado ahí, en el balcón. Yo le dije que no era así, que el contexto era otro. Él me miró como si yo le hubiera escupido la historia. Después vino el silencio. Un par de semanas sin llamarnos. La discusión no era por Perón, eso lo supe después. Era por quién tenía derecho a contar lo que pasó.
En la Argentina de hoy, la verdad se ha vuelto un artículo de descuento. Se compra y se vende en cuotas, con interés. Las redes sociales la ponen en la vidriera, brillante, barata, al alcance de un clic. Pero cuando la agarrás, se deshace entre los dedos como un billete viejo. Polarización no es solo una palabra linda para poner en un análisis político. Es la máquina que fabrica certezas a pedido. Necesitás una verdad que calme la angustia, que te dé razón, que te ponga del lado correcto. Ahí está, lista para ser compartida.
Mirá la clase media. Esa que siempre fue el espejo donde el país se miraba. Ahora no sabe si mirarse al espejo del Estado o al de las aplicaciones. La crisis no es solo económica. Es una crisis de identidad. ¿Quién sos cuando no podés pagar el colegio de tus hijos, cuando el mérito ya no alcanza, cuando el trabajo de toda tu vida se vuelve un recuerdo inflado por la nostalgia? La educación, que alguna vez fue el ascensor social, ahora parece un pasaje de ida a la incertidumbre. Mandás a los pibes a la universidad pública, y te preguntás si el título vale algo. Los mandás a la privada, y te preguntás si vale lo que cuesta. Al final, todos pagan la misma deuda: la de no saber qué viene después.
La inseguridad, después, no es solo la de la calle. Es la del alma. Caminás por el centro y ves los negocios cerrados, los carteles de "se vende", los pibes en las esquinas mirando el teléfono. ¿Qué miran? La vida de otros, las publicidades de zapatillas que no se van a comprar, las promesas de un consumo que ya no es placer sino ansiedad. La soledad se volvió un lujo que nadie quiere pagar, pero todos terminamos pagando. Porque estar solo en una ciudad de quince millones de personas es más fácil de lo que parece. Abrís la aplicación, pedís comida, mirás una serie, te dormís. Al otro día, lo mismo.
Y mientras tanto, la inteligencia artificial aprende a escribir como nosotros. A redactar noticias, a generar imágenes, a simular voces. ¿Qué pasa cuando la máquina cuenta mejor la historia que nosotros? ¿Qué queda de la memoria cuando un algoritmo puede inventar un pasado más lindo que el que tuvimos? La manipulación ya no es el arte del engaño, es el arte de la sustitución. Te dan una versión de la realidad tan pulcra, tan seductora, que la verdad de verdad parece fea, mal hecha, contradictoria. Y entonces elegís la otra. Porque duele menos, porque consuela, porque te permite seguir mirando la pantalla sin tener que preguntarte qué estás mirando.
La moral también cambió. Antes, la dignidad era no pedir. Ahora es poder consumir. El mérito se mide en seguidores, en likes, en la capacidad de armar un relato que venda. Los medios, esos viejos contadores de historias, perdieron el monopolio de la palabra. Ahora cualquiera puede tener un canal, un micrófono, una verdad. Pero el ruido es tanto que no se escucha nada. O se escucha solo lo que confirma lo que ya pensamos. La polarización es eso: un eco infinito entre dos paredes que nunca se tocan.
La familia, que solía ser el último refugio, ahora es otro campo de batalla. Las discusiones alrededor de la mesa, como la que tuve con mi viejo, ya no son sobre quién lava los platos. Son sobre quién tiene razón, sobre qué es la patria, sobre si el que se fue es un traidor o un inteligente. La emigración, que antes era una excepción, se volvió una posibilidad cotidiana. El que se queda no sabe si es valiente o tonto. El que se va no sabe si es vivo o cobarde. Y entre medio, la inflación devora los sueldos, la deuda crece, y el Estado aparece como un padre ausente que a veces pega y a veces da monedas.
Pero lo que más me preocupa, lo que veo en las caras de la gente en el colectivo, en la cola del supermercado, en la fila del banco, es el cansancio. Un cansancio que no es solo físico. Es el peso de tener que elegir todo el tiempo. Elegir qué creer, a quién votar, qué consumir, qué contar. La verdad se volvió un trabajo de tiempo completo. Y nadie tiene tiempo para eso. Así que muchos eligen no elegir. Se dejan llevar por la corriente, por el relato que les llega más fuerte, por la aplicación que les organiza la vida. Y en ese dejarse llevar, algo se pierde. Algo que no tiene precio, pero que duele cuando no está: la capacidad de mirar al otro a los ojos y decirle, sin miedo, esto es lo que vi.
No sé si la Argentina va a cambiar. No sé si la clase media va a encontrar un nuevo lugar, una nueva identidad. Pero sé que el primer paso es volver a confiar en la lengua. En lo que decimos, en cómo lo decimos, en a quién se lo decimos. Porque la verdad no está en los titulares ni en los tuits. Está en las conversaciones incómodas, en los silencios que siguen a una discusión, en la memoria que no se vende ni se alquila. Está en esa última palabra que no dijimos, pero que nos duele igual.
