Artículo y ensayo

La verdad que se paga en cuotas

Entre la inflación y las redes sociales, la clase media argentina descubre que la verdad ya no se busca, se compra, se descarta o se reinventa como cualquier producto de consumo.

La verdad que se paga en cuotas

La verdad que se paga en cuotas

Un amigo me dijo el otro día que ya no sabe qué creer. No lo decía con angustia, más bien con cansancio. Abría el celular y veía una noticia, después otra que la contradecía, después un video casero, después un anuncio que prometía la solución definitiva a todo. Cerró la pantalla y se quedó mirando el techo. No era un problema de información, dijo. Era un problema de confianza.

La clase media argentina aprendió a vivir con la inflación, con el ajuste, con la incertidumbre. Pero hay algo nuevo en el aire, algo que no se mide en porcentajes ni se refleja en los índices de pobreza. Es la sensación de que la verdad se ha vuelto un artículo más de consumo. Algo que se compra, se usa, se descarta. Algo que depende del bolsillo, del humor, de la tribu en la que uno milita.

El relato como moneda

Hace veinte años, la discusión pública tenía un centro. Había diarios, radios, canales de televisión. Uno podía estar de acuerdo o no, pero sabía de dónde venía la información. Ahora, el centro explotó. Cada uno arma su propio menú de noticias, su propia verdad. Y en ese menú, el criterio no es la precisión, sino la afinidad. Consumimos lo que nos confirma, lo que nos calma, lo que nos da razón.

Los medios, claro, se adaptaron. Ya no venden noticias, venden relatos. Y el relato más exitoso es el que polariza, el que simplifica, el que promete que todo es culpa de alguien. La clase media, que siempre se sintió en el medio, ahora está atrapada entre dos fuegos. De un lado, la promesa de un orden que nunca llega. Del otro, la denuncia de una injusticia que no termina de nombrarse. En el medio, el silencio de los que ya no hablan porque no saben cómo decir lo que piensan sin ser linchados.

La deuda de la atención

Hay una deuda que no se ve en los balances. Es la deuda de atención. Cada vez que abrimos una red social, cedemos un pedazo de nuestro tiempo, de nuestra capacidad de concentración, de nuestra voluntad de entender. Las plataformas lo saben. Están diseñadas para retenernos, para enojarnos, para hacernos sentir que estamos haciendo algo cuando en realidad solo estamos mirando. Y en ese mirar, la verdad se vuelve líquida. Se adapta al formato, al algoritmo, al clic.

Un amigo periodista me contó que ya no escribe para informar, sino para que no lo insulten. Ajusta el tono, modera los términos, busca el equilibrio. Pero el equilibrio, en estos tiempos, es sospechoso. Quien no toma partido, es mirado con desconfianza. Quien señala matices, es acusado de tibieza. La clase media, que siempre supo de matices, está perdiendo el hábito de la duda. Y sin duda, no hay verdad posible.

La soledad del que duda

El otro día, en una cena familiar, alguien dijo algo que generó un silencio incómodo. No era una opinión extrema, era una pregunta. Una simple pregunta sobre un hecho que todos daban por cierto. Nadie supo responder. Pero lo peor no fue la falta de respuesta, sino la incomodidad. Como si preguntar fuera una falta de respeto. Como si la verdad fuera algo que se acepta, no algo que se busca.

Esa escena se repite en miles de casas. En la mesa, en el trabajo, en el grupo de WhatsApp. La polarización no es solo política, es existencial. Ya no discutimos ideas, discutimos identidades. Y cuando la identidad está en juego, la verdad es lo primero que se sacrifica. Porque es más fácil creer algo que nos une a los nuestros que buscar algo que nos separe de ellos.

La memoria que resiste

En medio de todo esto, hay algo que resiste. Es la memoria. No la memoria oficial, la de los actos y los monumentos. Sino la memoria chica, la de las historias que se cuentan en familia, la de los objetos que guardamos sin saber bien por qué, la de las canciones que nos recuerdan quiénes fuimos antes de que todo se volviera tan ruidoso.

La clase media argentina tiene una memoria larga. Sabe de crisis, de promesas incumplidas, de gobiernos que se van y gobiernos que llegan. Pero también sabe de pequeñas victorias, de días en que el trabajo daba para vivir, de tardes en que la televisión no era una máquina de indignación sino un aparato que acompañaba. Esa memoria es un recurso escaso. No se vende en cuotas, no se descarga en una app. Se transmite en voz baja, en gestos, en silencios.

Una salida sin certezas

No hay recetas. No hay un manual para salir de esta niebla. Pero tal vez el primer paso sea aceptar que no tenemos todas las respuestas. Que la verdad no es un objeto que se posee, sino una dirección que se busca. Y que buscarla juntos, con dudas, con errores, con la paciencia de quien sabe que no hay llegada, es más valioso que cualquier certeza comprada en cuotas.

La clase media argentina está cansada. Pero también está viva. Y mientras haya alguien que pregunte, que dude, que recuerde, hay una posibilidad. No es una promesa, es apenas una intuición. Pero en estos tiempos, una intuición compartida vale más que mil verdades de catálogo.

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