Artículo y ensayo

La máquina de la indiferencia

Entre la inflación que todo lo consume y las redes que banalizan el vínculo, la clase media argentina enfrenta una crisis de atención que erosiona la memoria y la identidad.

La máquina de la indiferencia

La máquina de la indiferencia

La semana pasada, en una cola del supermercado, una mujer de unos cuarenta años miraba el celular mientras su hijo de ocho tiraba del carrito. Ella no levantaba la cabeza. El nene decía algo, ella asentía sin mirar. Cuando llegó al frente, pagó con la tarjeta y siguió camino, siempre con la pantalla encendida. No sé qué miraba. Pero ese gesto, tan cotidiano, dice más de esta época que cualquier discurso político.

Argentina es un país que discute todo el tiempo. Discutimos el precio del dólar, el número de la inflación, la gestión del Estado, el mérito, la moral, la identidad. Pero discutimos mal. Porque ya no escuchamos. La conversación pública se ha vuelto un ring de boxeo donde cada uno tira golpes al aire, convencido de que el otro no entiende nada. Y en el medio queda la clase media, esa franja que siempre creyó que con esfuerzo se podía salir adelante, pero que hoy descubre que el esfuerzo no alcanza si nadie te mira.

La deuda que no se paga con plata

La inflación no solo desgasta los bolsillos. Desgasta la paciencia, la memoria, la capacidad de proyectar. Cuando un sueldo pierde valor en quince días, planificar se vuelve un lujo. Entonces uno se refugia en el presente, en la supervivencia inmediata, y deja de lado lo que no da resultado urgente. La educación de los hijos, el tiempo con la familia, la lectura de un libro: todo eso se posterga. Y lo que se posterga, se olvida.

Las redes sociales, mientras tanto, ofrecen un alivio rápido. Un scroll infinito, un video gracioso, una indignación que dura quince segundos. No piden compromiso. Piden atención, pero una atención fragmentada, superficial, que no construye nada. La clase media argentina, que siempre se enorgulleció de su cultura y su memoria, se encuentra ahora atrapada entre la urgencia del día a día y la tentación del olvido digital.

El mérito y la trampa

Durante años, el relato del mérito funcionó como un consuelo. Si trabajás duro, te va bien. Si estudiás, progresás. Pero la realidad se encargó de desmentirlo. Hoy, un profesional joven puede ganar menos que un repartidor de aplicaciones, y un jubilado que pagó toda su vida puede no llegar a fin de mes. El mérito, entonces, se vuelve un chiste malo. No porque el esfuerzo no valga, sino porque el sistema está roto. Y la clase media, que siempre creyó en ese relato, se queda sin argumentos.

Ahí aparece la polarización. Cuando no hay respuestas claras, uno se aferra a un bando. No importa si ese bando tiene razón o no. Lo que importa es pertenecer, tener un enemigo común, sentirse parte de algo. La política, que debería ser el espacio de la deliberación, se convierte en una guerra de trincheras. Y la clase media, que históricamente fue el motor del cambio, se queda sin voz, atrapada entre el ruido de los extremos.

La soledad del que mira

El otro día, en un bar de Palermo, vi a cuatro amigos sentados en la misma mesa. Cada uno miraba su celular. De vez en cuando, uno decía algo y los otros reían sin levantar la cabeza. La escena era absurda y triste. Pero también era sincera. Porque la soledad no es estar solo. Es estar acompañado y no poder conectar. La tecnología nos prometió comunicación y nos dio ruido. Nos prometió información y nos dio confusión. Nos prometió comunidad y nos dio polarización.

La inteligencia artificial, mientras tanto, avanza sin pedir permiso. Ya no solo reemplaza trabajos, sino que empieza a reemplazar conversaciones. Los bots escriben notas, generan imágenes, responden mensajes. Y uno se pregunta: ¿dónde queda la verdad? ¿Dónde queda la memoria? Si todo se puede fabricar, ¿qué es auténtico? La clase media argentina, que siempre valoró el intercambio cara a cara, la charla de café, el chisme de pasillo, se enfrenta a un mundo donde lo real y lo falso se confunden.

El consumo como identidad

En ese vacío, el consumo se vuelve identidad. Comprar algo nuevo ya no es solo un acto económico. Es un acto simbólico. Te comprás un celular nuevo y sentís que estás al día. Te comprás ropa de marca y sentís que pertenecés. Pero esa identidad es frágil, se desgasta como el sueldo. Y cuando no alcanza para comprar, aparece la frustración. La clase media descubre que su dignidad ya no depende de lo que hace, sino de lo que tiene. Y lo que tiene, cada vez es menos.

La memoria, ese viejo músculo que nos permitía recordar de dónde venimos, también se atrofia. Ya no recordamos los nombres de los presidentes anteriores, pero sabemos el nombre de cada influencer. Recordamos los memes, pero olvidamos las lecciones. La historia, que debería ser un faro, se convierte en un archivo borroso. Y sin memoria, la identidad se vuelve líquida, adaptable a cualquier relato.

El oficio de resistir

Sin embargo, hay algo que persiste. En las colas del supermercado, en las charlas de los colectivos, en las reuniones de familias que siguen juntándose a pesar de todo. La clase media argentina tiene una capacidad de resistir que parece innata. No es heroica, no es épica. Es terrenal, cansada, pero obstinada. Sabe que el Estado no va a salvarla, que el mérito no alcanza, que las redes mienten. Pero sigue. Porque no le queda otra.

El desafío, entonces, no es cambiar el sistema de un día para el otro. Es recuperar la atención. Volver a mirar al otro cuando habla. Escuchar sin preparar la respuesta. Leer un libro entero sin revisar el celular. Recordar que la dignidad no se compra ni se vende, sino que se construye en el vínculo con los demás. Y que, en un país donde todo parece estar en crisis, tal vez la única salida sea volver a lo básico: el encuentro, la palabra, el silencio compartido.

La máquina de la indiferencia sigue funcionando. Pero uno puede decidir apagarla, aunque sea un rato. Aunque sea para mirar al hijo que tira del carrito y preguntarle cómo le fue en la escuela.

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