El trabajo de ser uno mismo
La última vez que vi a un amigo antes de que se mudara a España, me dijo: "Acá no puedo ser yo". No hablaba de censura ni de peligro. Hablaba de plata. De cómo la inflación le había comido el sueldo, el tiempo y hasta la manera de saludar. En la Argentina de 2025, ser uno mismo es un lujo que muchos ya no pueden pagar.
No es solo que el dinero alcance menos. Es que la identidad misma se ha vuelto un bien escaso, algo que hay que producir con los materiales que sobran. Y lo que sobra, en esta clase media que se desdibuja, son deudas, malabares y un cansancio que no se cura con vacaciones.
El yo como producto
Las redes sociales nos prometieron que podríamos ser quienes quisiéramos. Y cumplieron, pero a su manera. Ahora no solo mostramos una versión de nosotros mismos: la fabricamos, la editamos y la vendemos. En un país donde el trabajo formal se achica y el empleo precario crece, la identidad se convierte en un activo. El currículum ya no es una lista de títulos: es una marca personal. El mérito ya no se demuestra en la oficina: se exhibe en Instagram.
Pero hay un costo. La juventud, que siempre fue un pasaje, ahora es una exigencia. La moral se mide en likes. La educación se vuelve un contenido más, algo que se consume en videos de tres minutos. Y la memoria, esa que nos recordaba de dónde venimos, se atrofia porque el presente no da respiro.
La fábrica de la dignidad
Conozco a una mujer que vende tortas por encargo. No es pastelera. Es contadora, pero no encuentra trabajo en su rubro. Cada vez que le encargan una torta, pasa dos días pensando en cómo decorarla. "Es lo único que controlo", dice. La dignidad, en esta Argentina, se parece a eso: aferrarse a algo que uno pueda dominar, aunque sea una torta, aunque sea un perfil de TikTok, aunque sea un relato.
El Estado, mientras tanto, promete soluciones que nunca llegan. La política ofrece relatos que compiten entre sí como marcas en una góndola. Y la verdad, ese concepto que antes parecía sólido, se licúa. Cada uno elige la verdad que le queda más cómoda, la que no le exige cambiar de canal.
La soledad del que mira
La polarización no es solo política. Es existencial. Estamos tan ocupados defendiendo nuestra versión de la realidad que ya no escuchamos la del otro. La familia, que antes era un refugio, a veces se convierte en un campo de batalla. El trabajo remoto, que prometía libertad, a menudo entrega soledad. Y la inteligencia artificial, esa novedad que todo lo promete, nos enfrenta a una pregunta incómoda: si una máquina puede hacer lo que hacemos, ¿qué somos nosotros?
La respuesta, por ahora, es precaria. Somos consumidores de identidades prestadas. Vemos series sobre vidas que no vivimos, seguimos influencers que nos dicen cómo pensar, compramos cursos que prometen transformarnos. Pero la transformación verdadera, esa que duele, esa que requiere tiempo, parece fuera de nuestro alcance.
La inflación del alma
La inflación no solo afecta los precios. Afecta las expectativas. Afecta la manera en que nos proyectamos. Antes, la clase media soñaba con un futuro mejor. Ahora sueña con no caer. La deuda, que alguna vez fue un medio, se volvió un fin: vivir al día, pagar lo que se debe, sobrevivir.
En ese contexto, la identidad se reduce a lo que podemos mostrar sin vergüenza. El relato personal se vuelve un ejercicio de supervivencia. Y la memoria, ese archivo de fracasos y pequeñas victorias, se edita constantemente. Borramos lo que duele. Exageramos lo que brilla. Nos convertimos en curadores de nosotros mismos.
No es una queja. Es una observación. La clase media argentina siempre supo reinventarse. Pero esta vez la reinvención no es una elección: es una imposición. Y mientras tanto, seguimos acá, mirando el teléfono, esperando el próximo mes, preguntándonos si vale la pena seguir siendo uno mismo cuando ser uno mismo sale tan caro.
