La máquina de medir el mérito
En la fila del supermercado, una mujer revisa el celular mientras el carrito espera. No mira los precios. Mira una notificación: su puntuación de crédito bajó dos puntos. No sabe bien por qué. Pagó tarde una cuota, pero era por el cuentagotas de siempre. El algoritmo no entiende de inflación. El algoritmo entiende de riesgo.
Argentina tiene una relación extraña con el mérito. Durante años, se lo asoció al esfuerzo visible: el que labura doce horas, el que estudia de noche, el que saca la familia adelante con lo justo. Ese mérito tenía testigos. El vecino, el compañero de trabajo, la familia. Todos sabían quién se rompía el lomo y quién no. La dignidad se medía en reputación, no en números.
Pero eso cambió. Ahora el mérito lo mide una máquina. Y la máquina no mira el sudor. Mira datos. Cuánto gastás, cuándo lo gastás, si tenés deudas, si las pagás a tiempo. La máquina no sabe que dejaste de pagar porque se te rompió el auto o porque la cuota del colegio subió dos veces en el mismo mes. La máquina solo sabe que no pagaste.
La nueva moral de los puntajes
La clase media argentina aprendió a convivir con la inflación. Ajusta el presupuesto cada semana, busca promociones, cambia de marca. Pero la inflación tiene un costo invisible: corroe la capacidad de predecir. Y sin predicción, el mérito se vuelve un lujo. No alcanza con esforzarse. Hay que parecer confiable ante un sistema que no perdona demoras.
Las redes sociales hicieron lo suyo. En Instagram, el mérito se muestra: el viaje, el ascenso, el plato bien servido. En la vida real, el mérito se esconde. Nadie sube la foto de la cuenta sin pagar. Nadie tuitea que pidió un préstamo para llegar a fin de mes. La polarización entre lo que se muestra y lo que se vive es cada vez más grande. Y la máquina, mientras tanto, sigue acumulando datos.
Hay una ironía incómoda. El Estado promueve el mérito como salida de la crisis. Estudiar, trabajar, emprender. Pero el Estado también es el primero en medir. Los planes sociales, los subsidios, los créditos. Todo tiene un puntaje. Y el puntaje lo define un sistema que no distingue entre una mala racha y una decisión irresponsable.
El trabajo ya no es lo que era
El trabajo también cambió. Antes, el mérito se acumulaba con los años. La antigüedad era un valor. Hoy, el mercado laboral premia la flexibilidad, la capacidad de reinventarse. Pero la reinvención cansa. Y no todos pueden. Un electricista de cincuenta años no se reconvierte en programador de un día para el otro. Su mérito, el de toda una vida, queda fuera del sistema.
La juventud, mientras tanto, crece con otra lógica. Los pibes de veinte años saben que el mérito no basta. Saben que hay que hacerse ver, que el esfuerzo sin redes es invisible. Por eso muchos eligen la carrera de la visibilidad: el influencer, el streamer, el que vende cursos de cómo hacerse rico sin laburar. No es cinismo. Es una lectura cruda de la realidad: si el mérito lo mide una máquina, mejor aprender a engañar a la máquina.
La familia también resiente esta lógica. Los padres quieren transmitir valores: el esfuerzo, la constancia, la honestidad. Pero esos valores chocan contra un mundo que premia la velocidad, la apariencia y la capacidad de maniobra. La moral familiar se vuelve un ancla en un mar de algoritmos.
La memoria que no computa
Hay algo que la máquina no mide: el contexto. Una deuda no es solo una deuda. Es una decisión entre pagar la luz o comprar los remedios. Es una urgencia, un imprevisto, una crisis. Pero el algoritmo no tiene memoria del dolor. Solo tiene memoria del número. Y el número no perdona.
La clase media argentina sabe bien lo que es perder. Sabe lo que es que un gobierno de turno le prometa estabilidad y termine pagando con un corralito o un cepo. Sabe que la deuda no es solo económica, también es emocional. La deuda de confianza con las instituciones, con los medios, con los que prometen y no cumplen. Esa deuda no se paga con puntaje. Se paga con escepticismo.
En las reuniones familiares, el tema vuelve: quién la está piloteando y quién no. El mérito se convierte en un juicio moral. El que se endeudó para comprar un auto nuevo es un irresponsable. El que se endeudó para pagar una cirugía es un héroe. Pero para la máquina, los dos son iguales: deudores.
El precio de la dignidad
La dignidad, ese concepto tan argentino, también se redefine. Antes, dignidad era no pedir. Era llegar a fin de mes sin ayuda. Hoy, dignidad es poder pedir sin que te juzguen. Es que el sistema entienda que pedir no es fracasar. Pero el sistema no entiende. El sistema mide.
La soledad de la clase media argentina no es la soledad del que está solo. Es la soledad del que sabe que su esfuerzo no tiene correlato. Que por más que labure, el mérito no le alcanza. Que la máquina siempre encuentra un error. Y que el error, aunque sea mínimo, lo deja afuera.
Mientras tanto, en la fila del supermercado, la mujer guarda el celular. Saca la billetera. Paga con efectivo. El mérito no se ve. Pero ella sabe que existe. El problema es que la máquina no lo sabe. Y en esta Argentina, la máquina manda.
