Artículo y ensayo

El oficio de no rendirse

En una Argentina donde la inflación y el ruido digital lo penetran todo, la clase media aprende que la resistencia no es un gesto heroico sino una rutina diaria.

El oficio de no rendirse

El oficio de no rendirse

Hay una escena que se repite en cualquier bar de Buenos Aires a las ocho de la noche. Un tipo de unos cuarenta años pide un café y revisa el celular con la mirada de quien busca algo que sabe que no va a encontrar. Su mujer llega con las bolsas del supermercado, pone una sobre la mesa y dice: "Esta semana subió todo otra vez". Él asiente, pero no dice nada. Después de un rato, ella agrega: "No sé cómo vamos a hacer". Esa frase, dicha en voz baja, es el verdadero himno nacional de la Argentina contemporánea.

No se trata de una crisis más, ni de un ajuste pasajero. La clase media argentina vive en un estado de excepción permanente donde el mérito parece una broma de mal gusto y la dignidad un lujo que cada vez cuesta más caro. El problema no es solo la inflación que devora el salario, sino la sensación de que el trabajo ya no garantiza nada. El que labura doce horas se encuentra, a fin de mes, con la misma incertidumbre que el que no consigue empleo. Y entonces la pregunta deja de ser cuánto gana uno y pasa a ser cómo hace para no caerse del mapa.

Las redes sociales, que prometían conectar a todos, terminaron mostrando lo contrario: la soledad de los que saben que no dan abasto. Uno entra a Instagram y ve a un influencer vendiendo un curso para "emprender desde casa", mientras la gente común se pregunta si vale la pena pagar el alquiler o comprar comida. La polarización política, en lugar de ofrecer soluciones, se convirtió en un ruido de fondo que impide escuchar lo urgente. Mientras los dirigentes discuten sobre relatos y proyectos de país, la gente se arregla como puede: changas, trueques, créditos que nunca se terminan de pagar.

La memoria, ese bien escaso en tiempos de vértigo, también juega una mala pasada. Uno recuerda cuando el Estado garantizaba ciertas cosas: educación gratuita, hospitales que funcionaban, un futuro posible. Hoy, la educación pública resiste, pero con los dientes apretados. Los maestros hacen malabares para enseñar en aulas que se caen a pedazos, mientras los padres se endeudan para pagar un colegio privado que tampoco es lo que era. La juventud, mientras tanto, crece en un mundo donde la inteligencia artificial escribe textos que antes escribían los humanos, donde la verdad se negocia en cada like y la identidad se construye a partir de fragmentos de pantalla.

Pero no todo es derrota. Hay algo en la clase media argentina que resiste, una mezcla de terquedad y humor negro que la mantiene a flote. El tipo que pierde el trabajo y se pone a vender empanadas en la puerta de su casa. La mujer que estudia programación de noche, después de cuidar a los chicos. El pibe que arma una cooperativa con los amigos del barrio. Son gestos pequeños, casi invisibles, que no aparecen en los titulares ni en los discursos políticos. Son la forma que tiene la dignidad de sobrevivir cuando el sistema parece empeñado en aplastarla.

El consumo como refugio

Hay algo extraño en la manera en que la clase media argentina se relaciona con el consumo. En medio de la crisis, la gente sigue comprando, pero no por placer sino por una especie de compulsión defensiva. Comprar antes de que suba el precio, comprar porque mañana no se consigue, comprar para sentirse vivo aunque sea por un rato. El consumo se convierte en un sucedáneo de la estabilidad perdida, un gesto que dice: "todavía puedo decidir algo". Pero esa decisión, a la larga, también es una deuda que se acumula.

La deuda, justamente, es el otro gran personaje de esta historia. No solo la deuda económica, que asfixia a millones, sino la deuda moral que contraemos con nosotros mismos. La promesa de que las cosas van a mejorar, de que el próximo gobierno va a ser diferente, de que el país va a enderezarse. Esa promesa, repetida hasta el cansancio, se parece cada vez más a una mentira que nos contamos para no enloquecer. Pero la mentira, como el mate amargo, también tiene su ritual. Uno se sienta, toma un sorbo y piensa: "Bueno, mañana será otro día".

La manipulación de la esperanza

Los medios, los políticos, los gurúes de la autoayuda, todos venden esperanza como quien vende un producto. La esperanza es barata, no paga impuestos y no se devalúa con la inflación. Pero la esperanza sin hechos concretos es puro ruido, una cortina de humo que oculta lo que realmente pasa. La clase media argentina aprendió a desconfiar de las promesas, pero no puede dejar de escucharlas porque, en el fondo, necesita creer que algo puede cambiar. Esa necesidad, legítima, es también el caldo de cultivo de la manipulación.

Uno mira alrededor y ve a la gente tratando de armar sentido con lo que tiene. Una familia que junta los pesos para pagar el gas, un pibe que estudia con un celular prestado, una jubilada que vende tortas fritas en la esquina. Son imágenes que no entran en los discursos épicos ni en las estadísticas oficiales. Son la materia prima de un país que se niega a desaparecer. La verdad, si existe, está ahí, en esos gestos cotidianos que no buscan reconocimiento ni rédito político.

La Argentina de la clase media no es la de los tuits virales ni la de los videos de TikTok. Es la de la gente que toma el bondy a las seis de la mañana, que hace cola en el banco, que negocia el precio de un kilo de tomates. Esa Argentina, la real, la que no aparece en los relatos triunfalistas ni en las profecías apocalípticas, sigue ahí, resistiendo. No con grandes gestos ni con discursos grandilocuentes. Con lo único que tiene: la certeza de que, a pesar de todo, rendirse no es una opción.

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