La máquina de mirar
Hay un gesto que se repite en las casas de la clase media argentina. No es el de contar billetes ni el de mirar el precio del pan. Es más sutil. Es el de desbloquear el teléfono sin pensar, pasar el dedo por la pantalla, detenerse un segundo en un video, otro en una noticia. No hay búsqueda. Hay consumo. Y en ese consumo, algo se pierde: la capacidad de distinguir lo cierto de lo verosímil.
La inteligencia artificial llegó sin hacer ruido. Primero fue un asistente que respondía preguntas tontas. Después, un generador de textos que escribía como si hubiera leído todo. Ahora, produce imágenes que parecen reales, voces que suenan a conocidos, relatos que encajan perfectamente en lo que queremos escuchar. La pregunta ya no es si es verdad. La pregunta es si sirve para confirmar lo que ya pensamos.
El filtro que elegimos
En las redes sociales, la polarización no es un accidente: es el negocio. Los algoritmos aprenden rápido lo que nos indigna, lo que nos da miedo, lo que nos hace sentir superiores. Y lo repiten hasta que la realidad se vuelve un eco. La clase media, que siempre se definió por su capacidad de dudar, de mirar con distancia, empieza a parecerse a esos perfiles que ya no leen un artículo completo: leen el título, se indignan, comparten. La memoria se acorta. La indignación se vuelve moneda corriente.
Los medios tradicionales no están mejor. Atrapados entre la caída de la publicidad y la presión de los clics, muchos eligen el relato fácil: la grieta, el escándalo, la promesa incumplida. La verdad se vuelve un costo. La manipulación, una herramienta de rating. Y el público, agotado, elige el canal que le confirma que no está solo en su enojo. La soledad del que mira la tele ya no es física: es ideológica.
La deuda de la identidad
En este contexto, la familia dejó de ser el refugio. Ahora es el lugar donde la política entra sin tocar la puerta. En la mesa, el tío que comparte videos de WhatsApp, la prima que milita desde el celular, el padre que repite frases de un comentarista. La discusión ya no es por el dinero: es por la moral. Quién tiene razón, quién traiciona, quién se deja engañar. La polarización no divide solo el voto: divide los afectos.
Y sin embargo, la mayoría sigue pagando cuentas. La inflación no entiende de banderas. El precio del alquiler sube igual para todos. Pero en ese silencio del que paga, hay una renuncia más honda: la de creer que el esfuerzo individual alcanza. El mérito, esa vieja promesa de la clase media, suena hoy a estafa. Porque trabajar más ya no garantiza llegar a fin de mes. Porque estudiar ya no asegura un futuro. Porque la dignidad se volvió un artículo de lujo que se paga en cuotas.
El consumo de lo que fuimos
La memoria también se consume. En las redes, el pasado se vende como nostalgia: los setenta, los noventa, el uno a uno. Cada época tiene su relato. Pero la memoria verdadera, la que duele, la que obliga a preguntarse qué hicimos mal, queda fuera del algoritmo. Porque la memoria que vende no es la que interpela: es la que consuela. Y la clase media argentina necesita consuelo.
La inteligencia artificial, mientras tanto, sigue aprendiendo. Ya no solo genera textos: genera recuerdos falsos, caras que no existen, conversaciones con muertos. La verdad se vuelve una opción. Y la identidad, una colección de datos que el algoritmo ordena mejor que nosotros. ¿Quién decide lo que somos? ¿El Estado, el mercado, la aplicación que usamos para pedir comida?
La grieta de lo cotidiano
En el trabajo, el joven que sabe usar las herramientas nuevas reemplaza al que acumuló experiencia. La educación formal pierde valor frente al tutorial de YouTube. La cultura del esfuerzo choca con la lógica del resultado inmediato. Y la soledad del que estudia, del que se capacita, del que intenta entender, se vuelve más pesada. Porque no hay garantías. Porque el mérito no alcanza.
La inseguridad, mientras tanto, sigue siendo el tema que une y divide. El miedo se vende como noticia, se usa como argumento político, se siente como una presencia constante. Pero la inseguridad no es solo el delito: es la incertidumbre de no saber si lo que hacemos tiene sentido. Es la sensación de que todo puede cambiar de un día para el otro. Es la inflación del alma.
Y sin embargo, la clase media sigue. Sigue pagando, sigue mirando, sigue discutiendo en la cena. Sigue creyendo que, de algún modo, la verdad va a aparecer. Que alguien va a poner orden. Que la inteligencia artificial no va a reemplazar lo que nos hace humanos: la duda, el error, la conversación sin guión. Pero mientras tanto, el dedo sigue desbloqueando el teléfono. Y el algoritmo, paciente, espera el próximo gesto.
