La máquina de olvidar
En la fila del supermercado, una mujer revisa el celular. Tiene la cara iluminada por la pantalla y el ceño fruncido. Del otro lado del mostrador, el cajero lee los precios en voz baja, como si anunciara una condena. Nadie dice nada. La inflación no necesita palabras: se siente en el aire, en el peso de la bolsa, en la cuenta que no cierra. La mujer suspira, guarda el teléfono y paga con la tarjeta. Después, camina rápido hacia la salida. Afuera, el sol de la tarde pega fuerte. Ella no lo mira. Está pensando en el alquiler, en las cuotas del colegio, en esa deuda que nunca termina de pagarse.
La clase media argentina aprendió a vivir con la incertidumbre. Pero hay algo nuevo, algo que no se mide en pesos ni en dólares. Es la sensación de que el pasado también se desvanece, de que lo que fuimos se borra más rápido que un mensaje de WhatsApp. No es nostalgia. Es otra cosa. Es la certeza de que la memoria colectiva se negocia como un activo financiero: se vende, se compra, se olvida si conviene.
El Estado y el olvido
El poder siempre supo que quien controla el relato controla el presente. Pero hoy, en la Argentina de las redes sociales y los algoritmos, el relato se fabrica en tiempo real. Un tuit, un video, un discurso de un minuto. Todo es efímero y todo queda registrado. La paradoja es que, cuanto más se registra, menos se recuerda. La saturación de imágenes y palabras genera un ruido de fondo que todo lo iguala. Una noticia grave compite con un meme. Un dato histórico se pierde entre las historias de Instagram.
El Estado juega su partida. Los gobiernos saben que la educación y los medios son los dos grandes campos de batalla de la memoria. Lo que se enseña en las escuelas, lo que se repite en los noticieros, lo que se celebra como efeméride: todo eso construye el relato oficial. Pero la grieta política convirtió ese relato en un campo minado. Lo que para unos es verdad, para otros es manipulación. La polarización no solo divide opiniones: divide la historia en dos mitades que no se tocan.
Y en el medio, la clase media mira la disputa con cansancio. Muchos ya no saben qué creer. Dudan de los políticos, dudan de los medios, dudan incluso de lo que vieron con sus propios ojos. La desconfianza se volvió un hábito. Y el hábito, una forma de identidad.
Las pantallas y la soledad
Las redes sociales prometieron conectar a la gente. Terminaron haciendo otra cosa: crearon burbujas de certeza donde cada uno escucha su propio eco. La familia ya no discute en la mesa; discute en grupos de WhatsApp. La moral se exhibe en stories. La juventud crece con la sensación de que la vida real es lo que pasa después de la selfie. Y el trabajo, ese viejo pilar de la dignidad de clase media, se volvió un fantasma: los ingresos no alcanzan, los empleos duran poco, el mérito se mide en métricas que nadie entiende del todo.
La inteligencia artificial, ese nuevo dios del consumo, promete resolver todo. Pero lo que resuelve son problemas que no habíamos pedido resolver. Nos da respuestas rápidas para preguntas que nunca nos hicimos. Y mientras tanto, la soledad crece. No la soledad romántica de los poetas, sino esa otra, más silenciosa, que se siente cuando uno se da cuenta de que nadie va a recordar su historia si él no la cuenta. Y que contarla, además, sale caro.
La dignidad de recordar
Tal vez por eso, en los últimos años, hay algo que vuelve. No como moda ni como consigna, sino como gesto íntimo. Gente que escribe cartas, que imprime fotos, que guarda diarios. Gente que busca en la memoria un refugio contra el ruido. No es una lucha épica contra el poder ni contra la tecnología. Es apenas un acto de resistencia personal, casi secreto. Una manera de decir: esto pasó, yo estaba ahí, esto importa.
En una esquina de un barrio cualquiera, un hombre abre la puerta de su casa. Viene del trabajo, con las manos vacías y la mirada cansada. Adentro lo esperan su mujer y sus hijos. La tele está encendida, pero nadie la mira. En la mesa hay comida, la misma de siempre, un poco menos que el mes pasado. El hombre se sienta, mira a su alrededor y, por un momento, no dice nada. Después sonríe. No es una sonrisa de felicidad ni de resignación. Es apenas el gesto de alguien que sabe que, mientras pueda recordar, todavía tiene algo que defender.
