La máquina de olvidar: redes, crisis y la memoria que se desvanece
El almacenero del barrio ya no tacha los precios con birome. Los números escritos ayer son un anacronismo, una ficción. Ahora usa lápiz, el trazo gris se borra con el dedo y se reescribe, una y otra vez. Es un gesto pequeño, casi íntimo, que resume algo más grande. En la Argentina, la memoria del valor se desvanece a la velocidad del dólar blue. Pero esa no es la única amnesia que se padece.
Mientras la inflación trabaja sobre el bolsillo, otra maquinaria, más silenciosa y ubicua, opera sobre la cabeza. Las redes sociales, ese zumbido constante en el bolsillo, han creado una economía de la atención donde el pasado es el primer descarte. Un escándalo político dura lo que un partido de fútbol, una promesa incumplida se pierde entre diez memes y un reel de una receta de pastas. La verdad, esa palabra gastada, ya no es un territorio a conquistar, sino un trending topic a administrar. Los medios, muchos de ellos, se han convertido en usinas de ese presente perpetuo, alimentando la polarización con la materia prima del enojo fresco, del último agravio. No hay tiempo para procesar, solo para reaccionar.
El relato y su sombra
La política aprendió rápido este nuevo idioma. Los relatos ya no se construyen con libros de historia o discursos extensos, se inyectan en dosis diarias, a veces horarias, en las pantallas. Es una pelea por definir no lo que pasó, sino lo que está pasando en este preciso instante. El poder, entonces, ya no reside solo en quién controla los recursos, sino en quién controla el ritmo del olvido. Quien marca la agenda del día, quien decide de qué se habla y, sobre todo, de qué se deja de hablar mañana, tiene en sus manos una herramienta formidable. La deuda, por ejemplo, deja de ser un proceso histórico de décadas para ser la foto de una reunión en Washington, o el tuit de un funcionario. La crisis se atomiza en mil pequeñas crisis, cada una con su ciclo de vida de veinticuatro horas.
En medio de este torbellino, la clase media trata de armar su rompecabezas. La educación que recibieron sus padres, basada en el mérito y la acumulación lenta de conocimiento, choca contra un mundo donde el éxito parece depender de la viralidad y la adaptación rápida. El trabajo estable, esa piedra angular de la identidad, es una rareza. La familia, ese reducto, ahora debate en la mesa no solo la suba de la luz, sino también noticias falsas que llegaron por WhatsApp. La moral se vuelve líquida, negociable, dependiendo del bando desde el que se mire. La dignidad, esa sensación íntima, se mide a veces en la capacidad de mantener las apariencias, de que los hijos no noten del todo el ajuste.
Juventud entre algoritmos
Los más jóvenes, nativos de este ecosistema, desarrollan una relación ambigua con la memoria. Por un lado, lo registran todo: cada salida, cada plato de comida, cada estado de ánimo queda archivado en alguna nube digital. Por el otro, esa acumulación no necesariamente genera sentido. Es un archivo sin narración. La inteligencia artificial, que promete ordenar el caos y predecir los gustos, termina encerrándolos en burbujas donde solo ven reflejos de sus propias elecciones pasadas. La identidad se construye con retazos de consumo cultural y afinidades algorítmicas. La soledad, paradójicamente, puede ser mayor en medio de cientos de contactos virtuales.
El Estado, ese actor que en otros tiempos pretendía ser el guardián de una memoria nacional, a menudo aparece como un administrador más del cortoplacismo, atado a la urgencia de la próxima elección o al pago de la siguiente cuota de la deuda. Los lugares de memoria física, los monumentos, las placas, parecen hablar un lenguaje cada vez más opaco para una sociedad conectada a un presente global.
¿Qué queda entonces? Quizás una memoria de otro tipo. No la de los libros de texto, sino la de los gestos. La del padre que, sin decir una palabra, enseña a su hijo a comparar precios en tres supermercados distintos. La de la abuela que todavía mide en kilos y litros, desconfiando de los paquetes brillantes. La de la conversación en la parada del colectivo, donde se cruzan quejas sobre la inseguridad con anécdotas de los años setenta, mezclando todo en un relato popular y desprolijo. Es una memoria táctil, emocional, resistente a los algoritmos.
Esa memoria no se borra con lápiz. Se guarda en los hábitos, en los silencios elocuentes, en la ironía como escudo. Es la que permite, en medio de la manipulación constante, distinguir un hecho de un relato. Es frágil, por supuesto. Pero es lo único que parece oponerle, de momento, una resistencia humana a la máquina de olvidar.
