Artículo y ensayo

La memoria que se borra mientras el algoritmo escribe el futuro

En los teléfonos que guardan más recuerdos que las propias familias, la clase media argentina enfrenta una nueva forma de olvido, una donde la tecnología promete recordarlo todo menos lo que duele.

La memoria que se borra mientras el algoritmo escribe el futuro

La memoria que se borra mientras el algoritmo escribe el futuro

El padre de Martín murió en abril. No fue una muerte inesperada, pero igual duele. Lo que sí fue inesperado fue lo que pasó dos semanas después, cuando el teléfono de Martín, ese aparato que se lleva a todos lados, incluso al baño, le sugirió un "recuerdo": una foto de hace exactamente un año, él y su padre comiendo asado en el patio. El algoritmo, con su lógica implacable, había decidido que ese era un momento feliz que merecía ser revivido. Martín miró la pantalla, sintió un puñetazo en el estómago y apagó el teléfono. La tecnología, que promete conectar, a veces solo exhibe la herida.

En los departamentos de clase media, donde los estantes tienen menos libros que cargadores, la memoria ya no es algo que se guarda en cajas de zapatos. Vive en la nube, administrada por empresas que no sabemos dónde están. Los cumpleaños los recuerda Facebook, los aniversarios de trabajo LinkedIn, y las fotos de las vacaciones que ya no nos podemos permitir las organiza Google por su cuenta. Nos hemos entregado, con una mezcla de comodidad y resignación, a que algo externo lleve la cuenta de nuestras vidas. El problema es que ese algo no entiende de duelo, de crisis, de momentos que preferirías olvidar. Solo entiende de patrones, de engagement, de tiempo en pantalla.

El relato personal en manos ajenas

Mientras la política argentina se desgarra en una batalla por el relato, por quién cuenta la historia del país, nosotros hemos cedido silenciosamente el relato de nuestras vidas. La polarización se discute en Twitter, pero la identidad se construye, o se desarma, en Instagram. Allí, la clase media muestra los restos de su dignidad: la mesa puesta aunque el plato sea más chico, la salida al parque porque el cine es caro, el hijo que se recibe en una universidad pública que cada vez recibe menos. Es un museo de lo que todavía se puede, curado por un algoritmo que premia la sonrisa y esconde la deuda.

La inflación no es solo un número. Es la conversación incómoda en la cena, cuando los hijos preguntan por qué no se va más de vacaciones. Es el padre que revisa la cuenta del supermercado como si descifrara un código enemigo. Es la madre que inventa juegos en casa porque el club es caro. Esa memoria, la de la crisis cotidiana, la del esfuerzo que ya no rinde, no la guarda ningún teléfono. Se graba a fuego en la mirada cansada, en la espalda que duele al final del día, en el silencio que cae cuando en la tele hablan de "los números macro". La verdadera memoria argentina, la que duele, no tiene backup.

La educación del olvido

En las escuelas, los pibes aprenden a usar presentaciones digitales antes de aprender a escribir una carta a mano. Saben buscar en Google, pero no saben hojear una enciclopedia polvorienta. La memoria, como ejercicio de búsqueda y contexto, se atrofia. ¿Para qué recordar si todo está a un clic? El problema, claro, es que el clic te lleva a donde a alguien le conviene que vayas. La manipulación ya no necesita esconderse en un discurso grandilocuente, basta con que el algoritmo priorice un contenido sobre otro, que te muestre lo que refuerza lo que ya creés, que te aisle en una burbuja donde tu verdad sea la única.

La juventud navega este mundo con una habilidad envidiable y una vulnerabilidad aterradora. Construyen su identidad frente a una cámara, miden su valor en likes, buscan comunidad en foros de extraños. La soledad, esa que en otras épocas se combatía yendo al club o a la plaza, ahora se administra con pantallas que brillan en la oscuridad del dormitorio. El mérito se mide en seguidores, no en oficio aprendido. Y cuando la crisis económica aprieta, ese mundo digital se vuelve el refugio, el lugar donde todavía se puede ser alguien, aunque ese alguien sea solo un avatar.

El Estado, ese ente abstracto al que se le reclama por la inseguridad y la educación, no tiene política para esta nueva memoria. No hay ministerio que regule la nostalgia que vende una red social, ni una ley que te devuelva el control sobre tu propia historia digital. Mientras, el poder real, el de las empresas que manejan los datos, crece en silencio, sin banderas, sin discursos. Su relato es personalizado, te habla a vos, de vos. Y es tan seductor que le entregamos, sin leer los términos y condiciones, nuestra vida.

En los velorios todavía se cuentan anécdotas. Alguien recuerda la vez que el difunto hizo tal cosa, otro agrega un detalle, un tercero corrige la fecha. Esa memoria, colectiva, humana, imperfecta, es la que se está perdiendo. La reemplaza un recuerdo perfecto, en alta definición, seleccionado por una inteligencia artificial que no sintió el viento de ese día, que no recuerda el olor a tierra mojada, que no sabe que horas después de esa foto hubo una discusión tonta.

Quizás la última dignidad de la clase media argentina, acorralada por la deuda y la incertidumbre, sea recuperar el derecho a olvidar. A guardar algunas cosas donde no las encuentre nadie, ni siquiera un algoritmo. A construir una memoria a prueba de crisis, hecha de silencios compartidos, de gestos que no se postean, de esfuerzos que no tienen filtro. Una memoria que, como el país, sea imperfecta, contradictoria y propia. Al fin y al cabo, lo único que nos van a dejar en herencia, más allá de los números rojos, es la historia que sepamos contar. Y esa, deberíamos escribirla nosotros.

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