La memoria que no se borra con un algoritmo
Hay un gesto que se repite en las cenas de la clase media argentina. Alguien menciona la época del uno a uno o el 2001 y los demás asienten con una mezcla de nostalgia y cansancio. Después viene el silencio. No porque no haya nada que decir, sino porque las palabras ya no alcanzan para explicar lo que se siente cuando el pasado pesa más que el presente. La memoria, esa cosa difusa que antes se guardaba en álbumes de fotos y cartas, ahora es un archivo digital que se puede borrar con un clic. Pero no se borra. Queda ahí, dando vueltas, como un fantasma que nadie invita pero todos sienten.
La Argentina es un país que no sabe qué hacer con su memoria. La acumula, la niega, la reescribe. Cada crisis económica viene acompañada de un nuevo relato que promete empezar de cero. Pero el cero no existe. La inflación no solo devora el poder adquisitivo, también come recuerdos. Cuando un billete de cien pesos ya no sirve para nada, también se devalúa la experiencia de haberlo ganado. La clase media lo sabe: cada ajuste es un golpe a la biografía. Y sin embargo, sigue adelante, como si el olvido fuera una estrategia de supervivencia.
Las redes sociales, por su parte, venden la ilusión de que todo se puede archivar y ordenar. Pero en realidad fragmentan. Un video de una marcha, un meme sobre la inflación, una foto de un asado en familia. Todo convive en el mismo scroll, sin jerarquía. La memoria se vuelve un collage sin sentido, donde lo importante y lo trivial pesan igual. Y ahí está la trampa: cuando todo es igual de importante, nada lo es. La polarización política encuentra su caldo de cultivo en esa confusión. No se discuten ideas, se discuten recuerdos. Y cada uno tiene el suyo, editado por el algoritmo que le conviene.
El mérito y la deuda
Hay una idea que circula con fuerza: el mérito. Se dice que quien se esfuerza llega, que la educación es la llave, que el trabajo dignifica. Pero en la Argentina de 2025, esa idea suena a chiste. Un profesional con diez años de experiencia no llega a fin de mes. Un joven que estudió una carrera técnica descubre que el mercado laboral prefiere a alguien que sabe manejar inteligencia artificial a alguien que sabe soldar. El mérito se convierte en una deuda que nunca se termina de pagar. Y la clase media, que siempre creyó en el esfuerzo como valor, se encuentra con que el esfuerzo ya no alcanza.
La moral también entra en juego. Se juzga al que se endeuda para comprar un celular, pero se celebra al que saca un crédito para un auto. Se critica al que gasta en ropa, pero se aplaude al que invierte en un curso online. Todo es un laberinto de contradicciones donde la dignidad se negocia en cuotas. Y mientras tanto, el Estado aparece como un actor ausente o un obstáculo. No hay refugio: ni en lo público ni en lo privado. Solo queda la familia, ese núcleo que resiste como puede, aunque también se resquebraja.
La soledad del algoritmo
La inteligencia artificial promete resolver todo. Pero lo que resuelve, a menudo, es la sensación de estar solo. Un chatbot que responde, un algoritmo que recomienda, una red que conecta. Pero conectar no es lo mismo que conversar. La clase media argentina, que antes se juntaba en el club del barrio o en la esquina, ahora se encuentra en grupos de WhatsApp que a veces son un campo de batalla. La soledad no se cura con un like. Se profundiza. Porque detrás de la pantalla hay personas reales, con miedos reales, que ya no saben cómo mirarse a los ojos.
La inseguridad, por supuesto, también es parte del paisaje. No solo la inseguridad física, que está ahí, en las calles que se vacían al anochecer. También la inseguridad existencial: no saber si el trabajo va a durar, si el alquiler va a subir, si los hijos van a poder estudiar. Esa incertidumbre corroe. Y la memoria, otra vez, aparece como un ancla. Recordar tiempos mejores es, a veces, la única forma de no caerse.
La verdad que no se encuentra
Los medios hablan de relato. La política también. Pero el relato ya no es un cuento con principio y final. Es una serie de fragmentos que cada uno arma como puede. La verdad se ha vuelto una mercancía escasa. Se compra y se vende en titulares, en tuits, en declaraciones que duran lo que un ciclo de noticias. La manipulación es tan sutil que ya ni se nota. Un dato sesgado, una estadística recortada, una emoción bien colocada. Y la clase media, que siempre se creyó criteriosa, se encuentra tragando anzuelos sin darse cuenta.
La juventud, mientras tanto, navega en otra dimensión. Crecieron con la crisis como telón de fondo. Para ellos, la inflación no es una sorpresa, es el clima. La educación ya no es un ascensor social, es un trámite. La identidad se negocia en redes, donde el perfil es una versión mejorada de uno mismo. Pero la versión mejorada cansa. Porque mantenerla requiere energía, y la energía escasea cuando el presente es incierto.
En el fondo, lo que queda es la pregunta: ¿quién decide lo que recordamos? ¿El algoritmo, el Estado, los medios, nosotros? La clase media argentina, que siempre tuvo fama de conservadora, de apegada a sus valores, está descubriendo que la memoria es lo único que no se puede comprar ni vender. Se puede distorsionar, ocultar, manipular. Pero no se borra del todo. Porque la memoria, al final, es lo que somos. Y aunque intentemos olvidar, el país nos lo recuerda todos los días.
