La memoria que se quema en el buzón de voz
El otro día mi viejo me pidió que le revise el teléfono. No es que sea un experto, pero él cree que todos los que crecimos con internet sabemos apagar un incendio digital. El problema era el buzón de voz. Estaba lleno. Mensajes de 2019, de 2020, de cuando el país era otro y nosotros también. Mi viejo no los borraba. No por sentimentalismo, sino porque nunca aprendió a hacerlo. O porque, en el fondo, le daba miedo perder algo que ya no iba a volver.
Argentina es un país que acumula. Acumula deuda, acumula bronca, acumula objetos que algún día van a servir. La clase media tiene un don para el archivo: guarda facturas de la luz de 2014, apuntes del secundario, promesas electorales en diarios viejos. Pero el siglo XXI trajo otra forma de acumular. Ya no es el placard atiborrado de ropa que no entra. Es la memoria del teléfono, el historial del navegador, la bandeja de entrada con mil correos sin leer. Y nadie nos enseñó a tirar eso.
Hace unas semanas, una amiga me contó que su hija de quince años borró todas las fotos del cumpleaños de la abuela. No por maldad. Dijo que necesitaba espacio para una aplicación nueva. La abuela se enteró y no dijo nada, pero la mirada se le apagó un poco. Mi amiga trató de recuperarlas con un programa de esos que prometen milagros, pero no pudo. Las fotos se habían ido para siempre, como se va la leche cuando se corta o el sueldo cuando llegan los aumentos.
El ruido de lo que no se dice
En las mesas familiares ya no se habla de política como antes. No es que no importe. Es que da vergüenza, o cansancio, o las dos cosas. El otro día en lo de mi tía, alguien mencionó el nombre de un ministro y hubo un silencio incómodo, como si hubiera dejado caer un plato. Después alguien dijo que el precio del tomate estaba ridículo y todo el mundo asintió. Eso sí se puede discutir. El tomate no divide. El tomate une.
La polarización no es solo ideológica. Es también doméstica. Uno aprende a callar para no romper el clima, para no tener que explicar por qué votó a tal o cual, para no escuchar el discurso del cuñado que se cree analista político. La familia se convirtió en un territorio de tregua forzada. Se habla del clima, de la serie de moda, del aumento del pan. Pero el país está ahí, agazapado, esperando que alguien cometa el error de abrir la boca.
El mérito que no rinde
Mi sobrino terminó el secundario el año pasado. Es pibe aplicado, de esos que estudian aunque nadie les haya dicho que vale la pena. Se recibió con un promedio decente y pensó que eso le abriría alguna puerta. La realidad es que las puertas están medio trabadas. Las universidades públicas se caen a pedazos, las privadas salen un ojo de la cara y el mercado laboral está tan flojo que ni los contactos funcionan. Él no se queja. Dice que va a hacer un curso de programación, que ahí hay futuro. Y capaz tiene razón. Pero uno lo ve y piensa en su viejo, que laburó treinta años en la misma fábrica hasta que la vendieron y lo echaron. El mérito no alcanza cuando el piso se mueve.
La educación ya no promete nada, pero la gente igual manda a los pibes al colegio. ¿Qué otra cosa van a hacer? La escuela es un refugio, una forma de llenar el día, de mantener cierta rutina. La identidad del pibe argentino se forja ahí, entre el timbre y el recreo, entre la clase de historia que nadie escucha y el tutorial de YouTube que explica mejor la Segunda Guerra Mundial. Pero la promesa de que estudiar te salva se fue diluyendo. Ahora estudiar es apenas un gesto de dignidad, una manera de no rendirse del todo.
La inteligencia artificial que no sabe de inflación
En el trabajo me pidieron que pruebe una herramienta nueva. Una de esas inteligencias artificiales que escriben textos, resuelven problemas, organizan tu vida. La usé para redactar un informe. Quedó impecable. Sin errores, sin vueltas, sin esa humanidad medio torpe que uno pone cuando no sabe bien qué decir. Pero después me pidieron que calcule el presupuesto del proyecto y la máquina se trabó. No porque no supiera sumar, sino porque los precios cambian cada semana. La inflación es un dato que la inteligencia artificial no termina de procesar. Los algoritmos se crían en un mundo estable. Acá la estabilidad es un lujo que no conocemos.
La tecnología avanza, pero nosotros seguimos haciendo cola en el banco, discutiendo con el contador por un número de CUIT, esperando que el sistema reconozca el trámite. Las redes sociales nos conectan, pero también nos separan. Uno mira el feed y ve la vida perfecta de otros, pero nadie muestra el presupuesto que no cierra. La soledad en Argentina no es estar solo. Es estar rodeado de pantallas que te recuerdan que no llegás.
El consumo como refugio y condena
El otro día fui al shopping. No porque necesitara algo, sino porque el shopping es el único lugar público donde no hace frío ni calor y nadie te pide nada. Caminé entre vidrieras y vi gente comprando ropa que no necesita, zapatillas que valen medio sueldo, perfumes que huelen a promesa. El consumo es la última religión argentina. Uno compra para sentirse vivo, para demostrarse que todavía puede, para tapar el ruido de la deuda que crece. Pero después llega el resumen de la tarjeta y la euforia se apaga.
Mi vieja tiene un ritual. Cada vez que sube la nafta, anota el precio en la pared de la cocina. No es un registro científico. Es un gesto de resistencia. Una manera de decir: yo vi esto, yo lo viví. La pared está llena de números. Parece un mural de la desesperación. Pero ella lo muestra con orgullo, como si fuera un archivo de la verdad. Y quizá lo sea. Porque en un país donde los relatos cambian según quien gobierne, los precios en la pared no mienten.
La dignidad de seguir
Argentina es un país que se repite. La crisis, la deuda, la esperanza, el fracaso. Y sin embargo la gente sigue. No por heroísmo. Porque no queda otra. Porque uno se encariña con el lugar donde llora y donde ríe. Porque la dignidad no es un discurso. Es levantarse todos los días a hacer lo que se pueda, con lo que se tenga, sin esperar que nadie venga a salvar nada.
El buzón de voz de mi viejo sigue lleno. Yo le dije que lo vacíe, que esos mensajes ya no sirven. Pero él se encogió de hombros. Quizá tenga razón. Quizá lo único que nos queda es guardar lo que pudimos, aunque no sepamos bien para qué.
