La educación que no se mide en likes
En un país donde el sueldo no alcanza y las redes venden vidas perfectas, la educación quedó en un lugar incómodo. Los padres mandan a los chicos al colegio con la mochila llena de útiles y la cabeza llena de dudas. La pregunta flota en el aire de las cocinas: ¿para qué sirve todo esto si después no hay trabajo, si la inflación se come el esfuerzo, si un algoritmo puede hacer la tarea en segundos?
La clase media argentina siempre creyó en el mérito. Mandar al hijo a la universidad era una apuesta a futuro, una forma de dignidad. Pero el presente se volvió un campo minado. Las cuotas suben, los salarios no, y el discurso oficial insiste en que la solución es individual: estudiá, esforzate, emprende. Como si la crisis fuera un problema de actitud, como si la deuda externa se pagara con positivismo.
En las escuelas, los docentes hacen malabares. Cobran poco, aguantan mucho. Enfrentan aulas donde el hambre compite con el celu. Porque la tecnología llegó para quedarse, pero sin un Estado que garantice lo básico, la brecha se agranda. Hay pibes que tienen internet en la mano y no tienen qué comer al mediodía. La hipocresía del consumo los invita a comprar sueños que no pueden pagar. Y después los llaman flojos.
La inteligencia artificial promete resolver todo: escribir textos, resolver cuentas, hasta simular una conversación. Pero no enseña a pensar, no da contexto, no transmite la memoria de un país que se cayó varias veces y se levantó a los tumbos. La verdad es que el conocimiento humano no se descarga. Se labura. Se discute. Se equivoca. Y en Argentina equivocarse es caro, sobre todo si sos pobre.
Los medios, mientras tanto, alimentan el relato de que la educación pública es un desastre y la privada un lujo. Polarizan, simplifican. La realidad es más compleja. Hay escuelas públicas donde se salvan vidas y privadas donde se repiten consignas de manual. Pero en la batalla cultural, lo que importa es la etiqueta. Como si el futuro se comprara con un título enmarcado.
Los jóvenes lo saben mejor que nadie. Crecieron con la crisis como paisaje, con la soledad de tener que ser emprendedores de su propia vida. Las redes sociales les muestran influencers que ganan fortunas sin estudiar, mientras sus viejos se parten el lomo en trabajos que ya no garantizan nada. La moral del esfuerzo choca con la realidad de un mercado laboral que expulsa a los treinta años. La identidad se construye entre el like y la angustia.
La familia, ese refugio idealizado, también se resquebraja. Los padres no saben cómo acompañar a hijos que manejan códigos digitales que ellos no entienden. La autoridad se diluye en el algoritmo. La educación se terceriza en tutoriales de YouTube. Y el mérito se reduce a un ranking de seguidores. La dignidad, en cambio, no se mide en vistas.
Frente a todo esto, algunos resisten. Docentes que pagan fotocopias de su bolsillo, bibliotecas que prestan libros en barrios donde no hay librerías, familias que eligen la escuela pública aunque puedan pagar otra. No lo hacen por romanticismo. Lo hacen porque saben que la memoria colectiva no se borra con un algoritmo, que la verdad no se compra con un like, que la polarización no se resuelve con un tweet. Lo hacen porque entienden que la educación no es un gasto, es una apuesta a que otro país es posible.
Pero el Estado mira para otro lado. La política promete soluciones mágicas y reparte culpas. La inflación desgasta. La inseguridad también. Y en ese ruido, lo que queda es la decisión de cada uno. Mandar al pibe a la escuela, bancarse las cuotas, discutir la tarea, aguantar. Como siempre. Como antes. Como si la historia no hubiera enseñado nada.
El futuro es incierto, pero la educación sigue siendo el único lugar donde se puede construir algo que no se compre ni se venda. Algo que no dependa del algoritmo ni del mercado. Algo que tenga que ver con la dignidad de saber, de pensar, de dudar. En un país que todo lo mercantiliza, eso no es poco. Es casi una trinchera.
