Artículo y ensayo

La moral que se ajusta mientras el algoritmo calcula el precio

En las decisiones chicas, las que se toman en el supermercado o al hablar con un hijo, la clase media argentina redefine sus principios. Ya no es una cuestión de ideología, sino de supervivencia cotidiana.

La moral que se ajusta mientras el algoritmo calcula el precio

La moral que se ajusta mientras el algoritmo calcula el precio

El hombre del videoclub, el que antes te recomendaba una película con la mirada perdida en un estante, ahora te explica cómo hacer la triangulación para pagar menos impuestos en la suscripción. Lo hace con la misma pasión con la que hablaba del plano secuencia de Hitchcock. Su videoclub es un local de electrónica barata, pero el gesto es el mismo, un oficio de confianza que migró de la cultura al consumo defensivo. Ahí, en esa transacción, se mide algo más profundo que la inflación. Se mide cómo se dobla la moral cuando los números no cierran.

La clase media argentina siempre tuvo un manual no escrito de lo que estaba bien y lo que estaba mal. Un código que pasaba por la educación de los hijos, el trabajo honrado, pagar las cuentas a tiempo. Ese manual se está reescribiendo a diario, no en los discursos políticos, sino en las cocinas, con una calculadora en la mano. Lo llaman viveza criolla cuando es del otro, y astucia necesaria cuando es propia. La frontera entre la dignidad y la necesidad se volvió porosa, un terreno movedizo que se pisa con cuidado, casi con vergüenza.

El algoritmo como confesor

Las redes sociales ya no son solo el lugar del relato ajeno, del político que promete o del influencer que vende un estilo de vida inalcanzable. Se convirtieron en el consultorio gratuito donde se intercambian tips para burlar la inflación. Grupos de WhatsApp donde se avisa en qué carnicería hay oferta, cuentas de Instagram que enseñan a comprar dólares baratos, tutoriales para deducir gastos de internet como si fuera una oficina en casa. La inteligencia artificial sugiere, pero la inteligencia colectiva de la crisis argentina actúa. Es un conocimiento práctico, amoral, que prioriza el resultado sobre el método. El mérito, esa vieja promesa, ya no se mide por el esfuerzo puro, sino por la capacidad de navegar un sistema que te empuja a hacer trampa para sobrevivir.

Los pibes miran este proceso desde otro lugar. Para ellos, la manipulación no es una novedad, es el aire que respiran en internet. Detectan el engaño publicitario, el discurso falso, la verdad a medias de un político en TikTok. Pero esa lucidez digital choca contra la realidad material de una casa donde los padres discuten en voz baja sobre deudas. Aprenden, entonces, una doble moral. Una para el mundo virtual, donde la verdad es relativa y todo es performance, y otra para el mundo real, donde la falta de plata tiene consecuencias concretas y dolorosas. La identidad se construye en esa grieta.

El Estado, un fantasma en la transacción

El poder estatal, ese que debería regular, proteger, contener, se siente como una presencia abstracta y a la vez omnipresente. Está en el IVA de la leche, en el impuesto al salario, en la trampa burocrática que te obliga a mentir para no fundirte. La política se vive no como una epopeya, sino como un costo más en la boleta de luz. La polarización de la que hablan los medios es, en la vereda, un cansancio. Una fatiga de escuchar relatos que no se condicen con la fila en el banco o con el precio de los zapatos para el colegio.

La inseguridad ya no es solo la sombra en la esquina. Es la inseguridad económica, la que te quita el sueño pensando en si el mes que viene podrás mantener el mismo nivel de vida, que ya no es lujo, sino apenas dignidad. La familia, ese refugio mítico, se transforma en un comité de crisis permanente. Las conversaciones ya no son sobre proyectos, sino sobre estrategias de contención. Qué se puede postergar, a qué se puede renunciar, qué verdad es mejor ocultarles a los abuelos para que no se angustien.

La memoria, en este contexto, es un lujo. Recordar cómo eran los precios hace un año es un ejercicio de masoquismo. Recordar una Argentina donde las reglas del juego eran claras y estables suena a ficción. El consumo ya no es placer, es logística. Y en medio de esa logística, la soledad se hace hueco. Es la soledad de quien siente que se está jugando una partida imposible, donde las reglas cambian a cada minuto y el juez está comprado.

La cultura, esa que debería alimentar el espíritu, se reduce a lo que se puede piratear o a lo que el algoritmo de una plataforma decide mostrarte gratis. La educación formal palidece frente al aprendizaje urgente de habilidades para el rebusque. La juventud más lúcida lo ve, y su desencanto no es ideológico, es existencial. Para qué estudiar una carrera si el título vale menos que saber operar en el mercado paralelo.

Al final del día, después de haber calculado, negociado, omitido y sobrevivido, queda la pregunta incómoda frente al espejo. ¿Quién soy después de haber hecho todo esto? La identidad argentina de clase media se está forjando en ese interrogante. No en la respuesta grandilocuente, sino en el suspiro que sigue a la pregunta, mientras se apaga la luz de la habitación y la pantalla del celular, esa ventana a un mundo de relatos ajenos, sigue brillando en la oscuridad.

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