La orfandad del mérito
La señora García vive en Caballito y todas las mañanas revisa los precios en el supermercado como quien estudia un parte de guerra. Anotó todo en una libreta: el aceite subió tres veces en dos meses, el arroz ya no es un básico sino un lujo, y el café se volvió un objeto de deseo. Ella trabaja en una oficina pública, su marido es chofer de taxi, y juntos hacen malabares para pagar las cuentas. Cuando alguien le dice que el mérito es la clave del progreso, ella sonríe con una mezcla de cansancio y bronca. Porque el mérito, en la Argentina de la inflación y la polarización, se parece más a una estafa que a una promesa.
No es que la gente no se esfuerce. Al revés. La clase media entera está haciendo equilibrio sobre un alambre que tiembla con cada aumento. Pero el discurso del mérito, ese que los medios y algunos políticos repiten como un mantra, choca contra una realidad tozuda: el sueldo no alcanza, la deuda ahoga, y el Estado aparece siempre demasiado tarde o demasiado torpe. La cultura del esfuerzo se desmorona cuando el que estudió y labura termina igual que el que no. O peor.
El relato y sus grietas
Los políticos construyen relatos. Es su oficio. Pero en los últimos años el relato se volvió una máquina de simplificar todo. La realidad es compleja, claro, pero las redes sociales exigen titulares cortos y enojos rápidos. Entonces la polarización se come los matices. Uno es del equipo de acá o del de allá. Y el que duda queda en tierra de nadie, sospechado de traición.
La señora García no tiene tiempo para bandos. Ella mira los precios, la cuota del colegio de los chicos, el aumento del boleto. Sabe que la política la afecta más que cualquier ideología, pero siente que su voto no cambia nada. La verdad, esa palabra que todos usan, se ha vuelto una mercancía más: cada sector tiene la suya, y la discusión ya no busca entender sino ganar. Manipulación o simple necesidad de creer, da igual. El resultado es una sociedad que desconfía de todo, incluso de lo que ve.
Pantallas y soledades
Las redes sociales prometieron conectar. Terminaron aislando. Uno mira el teléfono y cree que está informado, pero en realidad está atrapado en un circuito de indignación y consumo. La juventud crece con esa lógica: todo es rápido, todo se mide en likes, la memoria dura lo que un scroll. La inteligencia artificial, ese nuevo fetiche, promete eficiencia pero también borra oficios y erosiona la paciencia. Ya no se espera: se exige. Y el que no se adapta, queda afuera.
La familia, ese refugio clásico, también se resiente. La inflación no solo come el salario: come los vínculos. Discutir por plata es el pan de cada día. La moral se vuelve un lujo: uno hace lo que puede para llegar a fin de mes, aunque eso signifique aceptar un laburo en negro o pedirle a un familiar que le preste para el alquiler. La dignidad se mide en la capacidad de pagar las cuentas a tiempo, no en los principios que se pregonan.
Educación y memoria
La educación, se dice, es la salida. Pero la escuela pública está desbordada, los docentes ganan dos mangos, y los padres hacen malabares para pagar un colegio privado que tampoco es garantía de nada. La memoria se desvanece: la historia reciente se repite en fragmentos de TikTok, sin contexto ni reflexión. La identidad se construye a los ponchazos, entre lo que dicen los medios y lo que muestra la pantalla del celular.
El mérito, entonces, se convierte en una ficción necesaria. Uno necesita creer que si se esfuerza, algo va a cambiar. Porque si no, la angustia se vuelve insoportable. Pero la realidad insiste: el que trabaja en blanco paga impuestos para sostener un Estado que no le devuelve nada, el que estudia termina en un empleo precario, el que ahorra ve cómo la inflación le licúa los pesos. La clase media argentina ya no aspira a subir: aspira a no caerse.
El consumo como identidad
Se consume para ser. La ropa, el teléfono, el auto. Todo es señal de quién se es o quién se quiere ser. Pero el consumo también es una trampa: endeuda, ilusiona, y después deja el vacío. La cultura del descarte se aplica a las cosas y a las personas. La soledad no es un sentimiento, es una condición estructural. Uno está solo con su teléfono, viendo cómo otros muestran una vida que no existe, mientras la suya se reduce a pagar cuentas y esperar que el mes termine.
En esa espera, la dignidad se defiende a fuerza de pequeños actos. La señora García sigue yendo a trabajar, sigue pagando el colegio, sigue discutiendo con el marido por el presupuesto. No cree en los relatos grandiosos. Cree en lo que puede tocar. Y eso, tal vez, sea lo más humano que le queda. La política, los medios, la tecnología: todo eso viene después. Lo primero es sobrevivir con algo de orgullo intacto.
El mérito no existe como lo pintan. Pero uno necesita creer que sí. Porque si no, la pregunta del millón es: ¿para qué seguir?
