Artículo y ensayo

La identidad que se busca entre el algoritmo y la vereda

En los cuartos de los pibes, donde la pantalla ilumina caras que escuchan a un influencer explicar el mundo, se cocina una idea de país que ya no pasa por el comedor familiar.

La identidad que se busca entre el algoritmo y la vereda

La identidad que se busca entre el algoritmo y la vereda

El padre llega con las bolsas del supermercado, las deja en la mesada y mira el ticket. No dice nada, pero su silencio es un informe económico. En la pieza de al lado, el hijo tiene puestos los auriculares y mira un video donde un tipo con luces de neón habla de meritocracia, de crypto, de escapar del sistema. Dos realidades, separadas por una pared de durlock y una brecha que parece de siglos. La familia argentina ya no discute en la mesa, discute en paralelo, en universos que apenas se rozan.

La clase media, esa entidad que alguna vez se definió por el auto, el título y las vacaciones en la costa, ahora se define por la capacidad de adaptación. Es una coreografía de supervivencia. Se adapta a la inflación cambiando marcas, a la inseguridad poniendo rejas más altas, a la educación pública que se cae a pedazos con clases particulares que se pagan con lo que sobra, que nunca sobra. El mérito, esa palabra que sonaba a futuro, ahora suena a esfuerzo diario por no caerse. El que llega a fin de mes con la luz pagada y el alquiler, ya es un triunfador. No hace falta ascender, basta con no hundirse.

El relato es un menú a la carta

Los medios tradicionales hablan, pero su voz llega apagada, como un rumor de fondo entre las notificaciones del celular. El poder ya no se ejerce solo desde un escritorio en Balcarce 50, se ejerce desde un estudio de YouTube, desde un hilo de tweets virales, desde un grupo de WhatsApp del barrio que alerta sobre un ruido raro. Hay una política oficial, con sus discursos y sus leyes, y otra política doméstica, hecha de decisiones minúsculas: comprar dólares, no salir de noche, mandar al pibe a un taller particular porque en la escuela no aprenden.

La verdad se ha vuelto elusiva. No es que no exista, es que compite con demasiadas versiones. Para algunos, la verdad es el número del INDEC. Para otros, es lo que ven cuando van a la carnicería. Para los más jóvenes, a veces, es lo que dice ese streamer carismático que les habla sin condescendencia, que les promete un atajo en un país de caminos bloqueados. El Estado, esa gran promesa organizadora, se siente lejano, un actor que interviene para cobrar impuestos o, con suerte, para dar un subsidio que no alcanza. La dignidad se mide en gestos concretos: poder decir que no a un trabajo explotador, poder pagar una obra social, no tener que pedirle plata a los viejos a los treinta años.

La soledad en modo multijugador

Las redes sociales venden conexión, pero cultivan una soledad particular. Se está acompañado de voces, de imágenes, de likes, pero se está solo frente a la pantalla. La polarización no es solo política, es existencial. El que piensa distinto no es un interlocutor, es un avatar al que se puede bloquear. La familia, ese reducto, ya no es un muro contra el mundo, sino otro escenario donde se juegan las mismas tensiones: los viejos que no entienden, los pibes que no escuchan, la plata que no alcanza para juntar a todos en un mismo plan.

Y en medio de todo esto, la inteligencia artificial empieza a asomar. No como un robot de película, sino como una herramienta más: un chatbot que ayuda con la tarea del colegio, un traductor para entender un manual, un generador de textos para el currículum. Es otra capa, otro filtro entre la persona y la realidad. La memoria, la nuestra, la colectiva, se almacena en la nube y se mezcla con el contenido patrocinado. ¿Qué recordamos? ¿El discurso del presidente o el meme que lo ridiculizó?

El consumo ya no es un acto de placer, es un acto de cálculo. Cada compra es una partida de ajedrez contra la inflación. ¿Compro hoy o espero a la semana que viene? ¿Pago en cuotas con interés o descuento por efectivo? La identidad, esa pregunta filosófica, se responde en el mostrador: "Soy el que puede", "Soy el que se rebusca", "Soy el que aguanta". La cultura ya no es solo libros y cine, es la serie que se mira pirateada porque el streaming es caro, es la música que suena en el auto mientras se va al trabajo, es el podcast que acompaña la cola del banco.

La manipulación ya no necesita grandes conspiraciones. Basta con el algoritmo que te muestra solo lo que quiere que veas, con la oferta relámpago que te hace gastar lo que no tenés, con el miedo que te venden las noticias las 24 horas. La juventud navega este mar revuelto con un mapa diferente. Para muchos, el futuro no es una carrera, es un emprendimiento. No es un país, es un pasaporte. No es un sueño colectivo, es un salvataje individual.

Al final del día, cuando se apagan las pantallas, queda el ruido de la calle, el olor a comida de la casa de al lado, la preocupación por si mañana subirá el dólar. La identidad argentina, esa cosa que se suponía fija, se ha vuelto líquida. Se adapta, se contrae, sobrevive. No es grandiosa, es resistente. No cree en relatos épicos, pero se aferra a pequeños rituales: el mate compartido, el asado del domingo si hay, la bronca que une más que cualquier bandera. Se busca a sí misma, no en los discursos, sino en el gesto de seguir, tercamente, levantándose todos los días para ver qué hay en el menú de esta realidad incierta.

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