La verdad que se desarma en el grupo de WhatsApp
El teléfono vibra a las dos de la mañana. No es una llamada, es un audio de quince minutos en el grupo de la familia. Del otro lado, la voz de un tío, cargada de esa certeza que solo da el insomnio y las redes sociales, explica por qué todo está mal y quién tiene la culpa. Nadie lo escucha completo, pero todos reaccionan. Un corazón, un pulgar hacia abajo, un sticker de un perro con cara de fastidio. La discusión no avanza, se acumula. Esa pila de notificaciones sin leer es el archivo de una guerra donde la verdad es la primera baja.
En el país de los relatos enfrentados, la clase media vive en la trinchera de los grupos de chat. Allí se mezcla el precio de la leche con una teoría conspirativa, el anuncio de un aumento de la luz con un video manipulado, la foto del nieto con un mensaje de cadena que predice el colapso. La política ya no se debate en el café o en el sindicato, se filtra en píldoras de intoxicación diaria. El poder entendió que no hace falta controlar la verdad, basta con saturar los canales hasta que la gente, exhausta, elija la mentira que menos duele.
El algoritmo de la indignación
La crisis argentina tiene muchas capas, como una cebolla que hace llorar a quien intente pelarla. La inflación es la más visible, la que se palpa en el supermercado cuando un producto sube de estante de la semana a la semana. Pero hay otra erosión, más silenciosa y quizás más profunda, que ocurre en la cabeza. Es la inflación de la información. Los medios tradicionales, muchos convertidos en altavoces de intereses que no declaran, compiten con las redes sociales, donde cualquier vecino con un celular puede montar un estudio de televisión y pontificar sobre geopolítica. El resultado no es el conocimiento, es el ruido. Un ruido que se monetiza con clicks y que tiene un efecto colateral claro: la polarización no como postura ideológica, sino como refugio psicológico. Es más fácil odiar al que piensa distinto que intentar entender un mundo que se volvió incomprensible.
El trabajo, esa columna vertebral de la identidad de clase media, ya no ofrece certezas. La promesa del mérito, de estudiar y progresar, se resquebrajó como un vidrio golpeado por la deuda y la precarización. Los jóvenes, esos que deberían estar construyendo su futuro, navegan un presente perpetuo de changas, emprendimientos virtuales y la sombra de irse. La familia, otrora red de contención, ahora es a menudo otro campo de batalla donde se discute, con igual vehemencia, la herencia y el voto. La soledad no es solo física, es la sensación de que tu experiencia ya no le importa a nadie, salvo como dato para un algoritmo que te venderá algo para calmarla.
La memoria en un archivo .zip
¿Y la cultura en todo esto? Se fragmentó. No hay un relato común, una serie que todos vean, un libro que todos lean. Hay tribus. El consumo cultural es un marcador de identidad, una forma de decir "yo soy esto y no soy aquello". La memoria, esa herramienta para no repetir errores, se externalizó al teléfono. Las fotos, los documentos, los recuerdos, duermen en la nube, susceptibles a un olvido tecnológico o a la manipulación digital. ¿Qué queda cuando un país no puede ponerse de acuerdo ni siquiera sobre su pasado reciente? Queda un presente líquido, donde todo es discutible y nada es sólido.
La inteligencia artificial llega a este panorama no como una promesa de futuro, sino como la próxima capa de niebla. Ya no solo hay humanos mintiendo, ahora hay máquinas que pueden generar discursos convincentes, imágenes falsas perfectas, audios de voces que nunca dijeron lo que se escucha. La verdad se vuelve un lujo, un artículo de colección para ingenuos. El Estado, ese actor que en teoría debería garantizar un piso de realidad compartida, está demasiado ocupado en la pulseada del día a día, o es directamente parte del problema. La manipulación ya no es un arte secreto, es la materia prima de la conversación pública.
En medio de este barullo, la gente intenta mantener un resto de dignidad. La buscan en el trabajo bien hecho, aunque nadie lo valore. En criar a los hijos con algún principio que sobreviva al vendaval. En encontrar, en el maremoto de versiones, algún dato verificable. Es un esfuerzo agotador. La tentación es claudicar, entregarse al relato que más se ajuste a los prejuicios propios y cerrar la puerta. Pero en los gestos pequeños persiste algo. El vecino que te ayuda a cambiar una rueda pinchada, sin preguntarte a quién votás. El maestro que, en una escuela pública venida a menos, todavía logra encender una chispa de curiosidad en un pibe. Esa es la resistencia verdadera, la que no se tuitea.
La verdad, tal vez, ya no sea un monumento de mármol al que se llega con estudio y reflexión. Quizás sea algo más modesto y humano. Algo que se construye en el cara a cara, en la escucha paciente, en la duda que uno se permite tener frente al audio iracundo que llega de madrugada. Es frágil, se desarma fácil. Pero mientras alguien siga preguntando "¿estás seguro de eso?", aunque sea en un murmullo, no todo está perdido. El resto es ruido, y el ruido, al final, siempre se disipa.
