La fatiga de los que miran
En la mesa de un bar de Boedo, dos amigos discuten sobre el paro del jueves. Uno dice que no va, que está harto de perder días de trabajo. El otro le recuerda que el sueldo no le alcanza ni para el alquiler. No se gritan, pero se miran como si hablaran desde dos países distintos. Al final, piden otra cerveza y cambian de tema. Pasa todo el tiempo.
La polarización no es un fenómeno abstracto. Se cuela en los cumpleaños, en los grupos de WhatsApp de los padres del colegio, en la fila del supermercado cuando alguien comenta el precio del aceite y otro responde con un discurso político. La clase media argentina aprendió a convivir con la inflación. Lo que no termina de aprender es a convivir con el otro.
El ruido como moneda
Las redes sociales no inventaron la grieta, pero le dieron un micrófono a cada uno. Ahora cualquier discusión privada puede volverse pública, cualquier gesto malinterpretado se viraliza. La indignación se volvió un combustible barato. Circula en memes, en videos de dos minutos, en tuits que condensan una vida entera en una línea. No hay tiempo para matices. No hay paciencia para el contexto.
El resultado es una fatiga que no se mide en horas de sueño sino en la cantidad de veces que uno decide callarse para no pelear. Esa fatiga se siente en el cuerpo. Duele en la nuca, en la mandíbula apretada, en la mano que pasa horas scrolleando sin encontrar nada que le devuelva la calma. La tecnología prometió conexión y entregó consumo: consumimos noticias, consumimos opiniones, consumimos la vida de los demás. Consumimos incluso nuestra propia indignación.
Educar entre escombros
Una madre mira el boletín de su hija. Las notas son buenas, pero ella sabe que eso no alcanza. Sabe que el sistema educativo está partido al medio, que hay escuelas donde los chicos aprenden a programar y otras donde apenas tienen luz. Sabe que el mérito es un discurso que se repite en los medios pero que en la práctica depende del código postal, del apellido, de la suerte. Entonces le enseña a su hija dos cosas: que estudie, y que no se crea todo lo que le dicen. Una contradicción que resuena en millones de casas.
La juventud argentina crece en un país donde la palabra crisis está tan gastada que ya no duele. Donde la moral se negocia en cuotas, donde la identidad se construye entre filtros de Instagram y discursos de TikTok. No es que no tengan valores. Es que los valores cambian de forma según la pantalla que los refleje.
El trabajo de los recuerdos
En la feria de San Telmo, un hombre vende discos de vinilo. Tiene sesenta años, fue empleado de una fábrica que cerró, después taxista, después librero. Ahora vende nostalgia. Le va mejor que con los libros. La gente compra recuerdos, dice. Compra una canción que escuchaba cuando era joven, una tapa de un disco que le devuelve una tarde de verano. La memoria también se consume. Se vuelve un objeto más, un artículo en liquidación.
La clase media argentina es experta en sobrevivir. Inventó la chancha, los 20, los planes de ahorro, la garrafa social, la ropa usada, el trueque. Pero hay algo que no sabe hacer: descansar de verdad. Porque descansar implicaría apagar el teléfono, dejar de compararse, aceptar que no todo depende de uno. Y en un país donde el Estado falla, el mérito se predica pero no se cumple, y la soledad se esconde detrás de una pantalla luminosa, descansar parece un lujo que pocos pueden pagar.
La verdad como posición
Antes la verdad era un hecho. Ahora es una posición. Se elige como se elige un partido de fútbol o un candidato. No importa tanto qué pasó sino qué versión sirve para sostener el relato propio. Los medios saben eso y lo explotan. Cada canal cuenta la misma noticia desde un ángulo distinto, con palabras distintas, con silencios distintos. El espectador elige el canal que confirma lo que ya piensa. Y así la realidad se multiplica en fragmentos que no encajan.
No es que la gente no quiera saber la verdad. Es que la verdad exige esfuerzo. Exige leer dos diarios, contrastar fuentes, dudar de lo que uno mismo cree. Exige tiempo, y el tiempo es justo lo que falta cuando se trabaja doce horas, se viaja dos en el colectivo, se cocina, se limpia, se cuida a los hijos, se paga la tarjeta. La verdad compite con el cansancio. Y el cansancio gana casi siempre.
La fatiga de los que miran no es una noticia. Es el telón de fondo de una época donde la información circula más rápido que la comprensión. Donde la indignación se gasta como el peso, y donde la clase media argentina sigue tratando de encontrar un lugar donde el ruido no tape la respiración. Mientras tanto, en un bar de Boedo, dos amigos piden otra cerveza. No se dicen nada. Pero el silencio, al menos, no miente.
