Los hilos que sostienen la trama
La señora de la verdulería me dijo que ya no sabe si es más caro el tomate o la dignidad. Se rio, pero era una risa de esas que parecen un suspiro. En la Argentina de hoy, esa pregunta no es una metáfora. Es el pan de cada día.
La clase media, ese concepto que alguna vez fue un orgullo y ahora parece un lastre, anda buscando algo que agarrar. Un clavo caliente. Una promesa. Un espejo donde mirarse sin que se rompa. Pero los espejos, como la plata, se hicieron trizas.
En las redes sociales, la gente se muestra feliz, exitosa, segura. Pero uno sabe que detrás de esa foto hay una deuda. Una cuota que no se pudo pagar. Un hijo que se fue del país. Un padre que ya no entiende el mundo. La polarización no es solo política: es existencial. Cada uno agarra su relato y se aferra a él como si fuera un salvavidas, aunque esté pinchado.
La memoria, dicen, es lo que nos define. Pero acá la memoria se negocia. Se borra. Se reescribe según convenga. Un amigo historiador me contó que en las escuelas ya no se enseña el pasado como un mapa, sino como una playlist: cada uno elige los temas que quiere escuchar. El resto, silencio. Y en ese silencio, la manipulación encuentra su caldo de cultivo.
El trabajo, ese viejo pilar de la identidad, se volvió un trámite. La inteligencia artificial promete reemplazar a los que aún resisten. Pero no es solo la tecnología: es la sensación de que el mérito ya no alcanza. Uno estudia, se esfuerza, y al final del mes el sueldo no da ni para el alquiler. Entonces, ¿para qué? La pregunta flota en el aire como un olor a humedad.
La familia, ese reducto sagrado, también se resquebraja. Los padres miran a sus hijos y ven un país que no les promete nada. Los hijos miran a sus padres y ven un modelo que no funciona. La soledad se cuela por las rendijas. No es la soledad del ermitaño: es la del que está rodeado de gente y no encuentra con quién hablar de lo que duele.
La inflación, claro, es el telón de fondo. Pero no es solo el precio del pan: es la inflación de las palabras. Todo se dice, nada se cumple. Los políticos prometen, los medios repiten, y al final el relato se desgasta. La verdad, esa palabra tan pesada, se vuelve liviana. Se compra y se vende como cualquier mercancía.
En los bares, la gente habla de la inseguridad. Pero no solo de la que sale a la calle: también de la inseguridad de no saber quién se es. De no tener un lugar firme donde pararse. La identidad, ese rompecabezas, se arma con piezas que no encajan. Ser argentino, ser de clase media, ser joven o viejo, ser de un lado o del otro: todo se mezcla en un guiso donde nadie encuentra el gusto.
El consumo, esa religión silenciosa, ya no consuela. Comprar algo nuevo ya no tapa el agujero. Porque el agujero no está en el bolsillo: está en algún lugar más hondo. Un amigo psicólogo me dijo que cada vez más gente llega a su consulta con una pregunta: ¿qué estoy haciendo con mi vida? Y no es una pregunta filosófica: es práctica. Es la pregunta del que se levanta a la mañana y no encuentra la razón para seguir el juego.
La moral, ese viejo faro, también se apagó. Lo que antes era indigno ahora es normal. Lo que antes se ocultaba ahora se exhibe. Pero no hay juicio: solo una aceptación cansada. Como si todo diera igual. Y cuando todo da igual, el Estado se vuelve una máquina que funciona sin alma. Las leyes se cumplen a medias. La justicia, cuando llega, llega tarde y con intereses.
En medio de todo esto, la juventud intenta construir algo. Pero las herramientas que les dejamos son precarias. Unos se refugian en la tecnología, otros en el silencio. Algunos se van del país, otros se quedan y resisten. Pero todos, de alguna manera, están buscando un hilo que los conecte con algo real. Con una verdad que no se deshaga al tocarla.
La señora de la verdulería terminó de pesar los tomates y me miró. No me dijo nada, pero supo que yo también estaba buscando. Afuera, el sol pegaba fuerte, como siempre en Buenos Aires. La calle estaba llena de gente que iba a algún lado. O que huía de algún lado. Es difícil saberlo. Lo único seguro es que todos llevan algo adentro: una pregunta sin respuesta, un hilo que se corta, una promesa que no se cumplió.
Y sin embargo, seguimos. No por heroísmo. Por costumbre. Porque rendirse tampoco es una opción que nos enseñaron. La clase media argentina tiene eso: una terquedad que a veces parece orgullo y a veces parece estupidez. Pero es lo único que nos queda. Por ahora.
