Los que ya no esperan nada
Hay un momento en que la clase media deja de hacer cuentas. No porque le sobre la plata, sino porque ya no le encuentra el sentido. La inflación se llevó los números, pero también algo más fino: la idea de que el esfuerzo rinde. En la Argentina de 2025, uno puede trabajar doce horas, pagar el colegio privado, no comprar zapatillas nuevas, y aún así terminar el mes preguntándose para qué. El mérito se volvió un chiste de mal gusto que nadie se anima a contar.
Lo que se rompió no es solo el poder adquisitivo. Es la confianza en que las cosas van a mejorar. Durante décadas, la clase media argentina se sostuvo en una promesa tácita: si estudiabas, si laburabas, si te portabas bien, el país te devolvía algo. Un ascenso, una casa, un verano en la costa. Esa promesa ya no existe. La reemplazó un contrato de palabra que dice: hacé lo que puedas, que nadie te va a cubrir las espaldas.
El Estado, ese viejo pariente al que unos reniegan y otros defienden, se volvió una abstracción. Aparece en los descuentos del recibo de sueldo, en los trámites infinitos, en los anuncios grandilocuentes de los funcionarios. Pero cuando la heladera se vacía o el hijo necesita un tratamiento, el Estado no está. Está la tarjeta de crédito, el préstamo del amigo, la changa del sábado. La dignidad se mide en la capacidad de no pedir, y cada vez se pide más.
Las redes sociales, por supuesto, tienen su parte. Instagram muestra una Argentina que no existe: el plato perfecto en el restaurán de moda, el viaje a Bariloche, la familia que sonríe en el living ordenado. La realidad es otra. Es el delivery que nunca llega, el alquiler que sube, la noticia de un asalto en el barrio que ya ni sorprende. La polarización política se cuela en el grupo de WhatsApp de los padres del colegio, y lo que era un debate se vuelve una trinchera. La soledad, esa compañera silenciosa, crece en los intersticios.
La juventud y el vértigo
Los jóvenes, los que deberían estar entusiasmados, miran el horizonte con una mezcla de vértigo y desgano. La inteligencia artificial promete reemplazar oficios enteros. Estudiar una carrera ya no garantiza un trabajo estable. El mérito individual choca contra una economía que premia la especulación y no el trabajo. Muchos ni siquiera fantasean con comprarse un departamento. Sueñan con alquilar algo que no sea un monoambiente en la loma del diablo. La identidad se negocia a diario: entre lo que se quiere ser, lo que se puede ser y lo que las pantallas te dicen que deberías ser.
La moral también se reacomodó. Antes, la deuda era una vergüenza. Se hablaba en voz baja, como de una enfermedad. Hoy la deuda es la argamasa que sostiene el consumo. El plan en cuotas, el préstamo UVA, la tarjeta al límite. La cultura del crédito, que en otros países es una herramienta, acá se volvió una trampa. Y todos saben que es una trampa, pero entran igual porque no hay alternativa. La verdad, ese bien escaso, se diluye entre los relatos oficiales y las fake news. Saber qué es cierto se volvió un trabajo de tiempo completo, y muchos prefieren no hacerlo.
La memoria como lujo
La memoria colectiva, que debería ser un faro, se usa como mercancía política. Cada aniversario es una disputa por el relato. Se recuerda lo que conviene y se olvida lo que molesta. El resultado es una sociedad que vive en un presente perpetuo, sin aprender del pasado, sin proyectar el futuro. La educación, que alguna vez fue el orgullo nacional, sobrevive a los paros, las reformas y la falta de recursos. Los docentes ponen el cuerpo, pero el sistema cruje.
En este escenario, la familia se convirtió en un refugio y a la vez en una fuente de presión. Los padres quieren darles a sus hijos lo que no tuvieron, pero no pueden. Los hijos crecen con expectativas que chocan contra la realidad. Las cenas familiares, ese ritual sagrado, a veces parecen un campo de batalla donde se cruzan la inflación, la política y las frustraciones. La dignidad se aferra a pequeños gestos: pagar el alquiler a tiempo, comprarle el libro a la nena, no tener que pedirle plata a los viejos.
La clase media argentina aprendió a desconfiar. De los políticos, de los bancos, de los medios, de las encuestas, de los pronósticos. Aprendió que el único dato confiable es el precio del kilo de carne. Y que, incluso ese, puede cambiar de un día para el otro. La manipulación es tan constante que se volvió parte del paisaje, como el olor a humedad en un departamento de alquiler. Uno sabe que está ahí, pero ya no tiene energía para quejarse.
