El precio de estar al día
Vivimos en un país donde la inflación no solo desordena los precios del supermercado. También desordena las cabezas. La clase media argentina, esa que alguna vez creyó que el mérito bastaba para progresar, se encuentra ahora atrapada entre la deuda de la tarjeta y el relato que le venden por la mañana en la radio. No hay tiempo para digerir nada. La noticia llega, explota, y al rato ya es reemplazada por otra. Polarización, crisis, inseguridad. Todo junto, todo mezclado.
El otro día, en un café de Palermo, un tipo de unos cuarenta años miraba el celular con una mezcla de angustia y fascinación. Tenía tres aplicaciones de noticias abiertas, dos grupos de WhatsApp familiares y un hilo de Twitter que no terminaba de entender. Su mujer, al lado, leía un libro de autoayuda que prometía ordenar el caos interior. No hablaban. El ruido de las redes sociales había reemplazado la conversación. Eso es lo que queda de la familia: un silencio compartido frente a las pantallas.
La tecnología prometió conectarnos, pero lo que hizo fue multiplicar las versiones de la realidad. Ahora cada uno tiene su verdad, su moral de ocasión, su indignación a medida. La inteligencia artificial escribe textos, los medios replican sin verificar, y la clase media consume con la misma ansiedad con la que antes compraba electrodomésticos en cuotas. El consumo ya no es solo de objetos. Es de identidad. Uno es lo que comparte, lo que repudia, lo que llora en público.
Pero hay algo que no se compra con like: la dignidad. En un país donde el Estado no termina de garantizar seguridad ni educación, la gente se agarra de lo que puede. De la memoria de los abuelos que laburaron toda la vida, de la idea de que el trabajo dignifica, aunque el trabajo escasee. La juventud, mientras tanto, busca atajos. Un curso exprés de programación, un emprendimiento digital, un sueño de libertad financiera que choca contra la inflación y la falta de mérito real.
La verdad se ha vuelto un lujo. No porque no exista, sino porque cuesta caro sostenerla. En las redes, la manipulación es moneda corriente. Los algoritmos premian el enojo, la indignación, la simplificación. Todo lo que sea complejo, matizado, humano, queda fuera del radar. La clase media argentina, que alguna vez fue el motor del país, ahora se siente un espectador. Mira el partido desde la tribuna, pero no juega.
Y sin embargo, resiste. En cada asado de domingo, en cada reunión de padres en la escuela, en cada intento de explicarles a los hijos que la vida no es una serie de Netflix, que la soledad no se cura con seguidores. La polarización divide, pero también obliga a elegir. Y elegir, al final, es lo único que nos queda. Elegir qué consumir, en qué creer, con quién hablar. Elegir no rendirse.
El precio de estar al día es alto. No solo en pesos, que se devalúan, sino en energía, en atención, en fe. Pero mientras haya un tipo en un café que deje el celular para mirar a los ojos a su mujer, mientras haya un pibe que prefiera leer un libro a ver un TikTok, la clase media argentina va a seguir existiendo. No como la conocimos, sino como pueda. Con dignidad, aunque duela.
