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El día que el semáforo se apagó y el barrio recordó cómo cruzar la calle

Cuando un semáforo deja de funcionar, el cruce se vuelve un acuerdo improvisado entre desconocidos. Una crónica sobre esa coreografía mínima que sostiene la vida urbana y sobre lo que pasa cuando el sistema falla y la confianza tiene que suplirlo.

Artículo del autor23.10.2026

El día que el semáforo se apagó y el barrio recordó cómo cruzar la calle

Imaginemos una situación hipotética: son las ocho y cuarto de la mañana en una avenida cualquiera del conurbano. El semáforo de la esquina lleva tres días con la luz amarilla parpadeando o directamente apagado. Nadie sabe bien a quién avisar. El municipio tiene una línea, la empresa tiene otra, el vecino dice que ya llamó. En el cruce, la escena se repite: un auto frena, el de atrás toca bocina, una moto pasa por la derecha, un chico con la mochila espera en el borde de la vereda y mira a los dos lados como si estuviera en una película de vaqueros.

Lo que ocurre en ese cruce sin semáforo es una de las cosas más interesantes que puede hacer una ciudad. Sin una autoridad visible que ordene el paso, los desconocidos negocian. Un gesto con la mano. Un levantar el mentón. Un frenar a mitad de cuadra. Una seña que dice "pasá vos". No hay ley escrita para ese instante, pero hay un acuerdo. Y ese acuerdo funciona la mayoría de las veces. No siempre. Pero funciona.

La pregunta que deja esa escena no es menor: ¿cuánto de la vida en común depende de que los sistemas funcionen, y cuánto de que la gente se arregle cuando no funcionan? El semáforo es una tecnología simple, de las más antiguas del repertorio urbano. Rojo, amarillo, verde. Una convención que se respeta porque se supone que el otro también la respeta. Cuando el aparato falla, lo que queda a la vista es la confianza. O su ausencia.

El sistema que se cae y la gente que se arregla

La Argentina tiene una relación particular con los sistemas que fallan. No es una novedad. La luz se corta, el agua falta, el transporte se interrumpe, el trámite se traba. Y en cada uno de esos huecos aparece una red de arreglos informales que sostiene lo que el sistema no sostiene. El vecino que presta el grupo electrógeno. El que sabe a quién llamar. El que tiene el número del plomero. El que avisa por el grupo de WhatsApp que la calle está cortada.

Esa capacidad de arreglarse sin sistema tiene algo de virtud y algo de trampa. La virtud es evidente: la vida sigue. La trampa es más difícil de ver. Cuando el sistema falla y la gente se arregla, el sistema no recibe la señal de que falló. No hay reclamo formal, no hay registro, no hay consecuencia. El semáforo roto sigue roto porque el cruce funciona igual. El cruce funciona igual porque la gente se arregla. Y así se acumulan los aparatos que ya no funcionan pero que nadie arregla, porque total, algo se va a hacer.

Esa acumulación tiene un costo que no aparece en ninguna planilla. Es el costo de la atención permanente. Cruza la calle y mirá dos veces. Llegá al trabajo y fijate si hay luz. Mandá el mensaje y esperá a ver si contesta. La vida en un sistema que falla exige una vigilia constante que desgasta. No es solo el tiempo perdido. Es la cabeza ocupada en cosas que deberían estar resueltas.

La confianza como infraestructura

Hay una idea que suele circular en las conversaciones sobre la Argentina: que la sociedad es solidaria, que la gente se ayuda, que en la crisis se ve lo mejor de cada uno. Es cierto a medias. La solidaridad existe, pero no es gratuita. Se apoya en una confianza que se construye a fuerza de conocerse, de repetir, de saber que el otro va a estar. En un barrio donde todos se conocen, el cruce sin semáforo funciona. En una avenida donde nadie se conoce, el mismo cruce se vuelve una lotería.

La confianza es una infraestructura invisible. No se ve en los presupuestos, no se mide en las encuestas, no se inaugura con una cinta. Pero está ahí, sosteniendo lo que los sistemas no sostienen. Y cuando esa confianza se rompe, cuando el otro deja de ser alguien con quien se puede negociar y pasa a ser una amenaza, el cruce se vuelve otra cosa. Ahí aparece el miedo. Y el miedo no negocia: acelera, toca bocina, pasa primero.

La inseguridad, que es uno de los temas que más aparece en la conversación pública, tiene que ver con esto. No solo con el delito. Con la sensación de que el otro ya no es un igual con quien se puede acordar un paso, sino un riesgo que hay que evitar. Esa sensación se alimenta de hechos reales y también de relatos. Y el relato, cuando se repite lo suficiente, se vuelve una forma de mirar. La ciudad se vuelve un mapa de zonas peligrosas. El vecino se vuelve un desconocido. El cruce se vuelve una prueba.

Lo que se aprende cuando el semáforo no está

La escena del semáforo apagado tiene algo de lección, aunque no sea una lección moral. No se trata de que la gente sea buena o mala. Se trata de que los sistemas y las personas se necesitan. Un sistema que funciona libera atención. Una sociedad que confía puede sostener sistemas que fallan por un rato. Pero cuando las dos cosas fallan al mismo tiempo, el cruce se vuelve un problema.

La Argentina tiene una larga experiencia en arreglarse sin sistema. Esa experiencia es una herramienta y también una trampa. La herramienta es la capacidad de inventar soluciones donde no las hay. La trampa es creer que esa capacidad alcanza. No alcanza. El semáforo roto sigue siendo un semáforo roto, aunque el cruce funcione. Y el día que el cruce no funcione, el problema va a ser más grande que un semáforo.

Imaginemos, otra vez, la escena. El semáforo sigue apagado. Un auto frena. Una moto pasa. Un chico espera. Un hombre levanta la mano y dice "pasá". La escena se repite cien veces por día. Nadie la registra. Nadie la arregla. Funciona. Hasta que un día no funciona. Y ahí, en ese cruce, se va a ver si la confianza alcanza o si el sistema, al final, era lo único que sostenía el paso.

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