El mapa que ya no se dibuja con boca en boca
En los barrios argentinos, durante décadas, el mapa de lo confiable se dibujó con boca en boca. El almacén que fiaba sin preguntar, el mecánico que no te robaba con el presupuesto, la maestra particular que hacía milagros con los chicos. Esa cartografía no estaba en ningún plano. Se transmitía en la vereda, en la cola del banco, en el comentario al pasar. Hoy, ese mapa se consulta en la pantalla. Y aunque la información sea más abundante, algo del orden de la confianza se desplazó.
Imaginemos una situación hipotética: alguien necesita un plomero un domingo. Antes llamaba a un vecino, preguntaba a dos o tres personas y elegía. Ahora abre una app, mira puntuaciones, lee reseñas, compara precios. La decisión es más rápida y quizás más informada. Pero también más solitaria. La recomendación ya no viene de alguien que conoce el contexto, que sabe si ese plomero vive a diez cuadras o si tiene hijos en la misma escuela. Viene de un algoritmo que promedia estrellas sin distinguir un trabajo urgente de una instalación planificada.
No se trata de añorar un pasado ideal. El boca en boca también tenía sus trampas: el amiguismo, el favor, la recomendación que ocultaba una deuda o un mal servicio. La pantalla prometía neutralidad. Pero esa neutralidad es un espejismo. Detrás de cada reseña hay intereses, filtros, moderaciones, incentivos. Y detrás de cada algoritmo hay una lógica comercial que no siempre coincide con lo que uno necesita.
La confianza como servicio tercerizado
Lo que está en juego no es solo la eficiencia. Es la delegación de un juicio. Cuando la confianza se terceriza, se pierde la posibilidad de equivocarse y aprender. El error propio, ese que dolía pero enseñaba, se reemplaza por la calificación de un desconocido. La experiencia se vuelve dato. Y el dato, aunque útil, no tiene memoria ni contexto.
En la Argentina de la crisis y la inflación, esa delegación tiene un costo extra. Los precios cambian, los servicios se precarizan, la calidad se vuelve errática. Una reseña de hace seis meses puede ser tan vieja como un billete de otra época. El mapa digital se desactualiza más rápido que el boca en boca, que al menos tenía la textura del presente: el vecino te contaba lo que le había pasado ayer, no el año pasado.
También hay una dimensión de clase. No todos acceden a las mismas plataformas ni saben leerlas con distancia crítica. La clase media urbana con conectividad y tiempo para investigar navega mejor ese mar de reseñas. Otros quedan afuera de esa conversación y siguen dependiendo del contacto directo, que cada vez escasea más. La brecha no es solo tecnológica: es de criterio.
El algoritmo no toma mate
Las plataformas de recomendación y las redes sociales prometen comunidad, pero muchas veces ofrecen aislamiento personalizado. El algoritmo no toma mate, no pregunta por la familia, no sabe si el vecino está pasando un mal momento. Solo optimiza. Y en esa optimización, la confianza se vuelve una métrica más. Se mide en estrellas, en likes, en tiempo de respuesta.
La pregunta no es si volver al boca en boca, porque eso ya no es posible ni deseable. La pregunta es cómo recuperar espacios donde la confianza se construya con tiempo y con cuerpo. Esos espacios existen: el club, la cooperadora, la biblioteca popular, el taller de oficios. No compiten con la eficiencia de la app, pero ofrecen algo que la app no puede dar: la posibilidad de mirar a los ojos y decir “me equivoqué”, o “gracias”.
Mientras tanto, el mapa se sigue dibujando. En la pantalla, con estrellas. En la vereda, con menos frecuencia. Y en esa tensión se juega una parte de lo que somos como sociedad: si la confianza es un servicio que se contrata o un vínculo que se cultiva. La respuesta no está en el algoritmo. Está en lo que hacemos con él.