Artículo y ensayo

La soledad de los que aún creen en el mérito

Entre la inflación y el griterío de las redes, la clase media argentina descubre que el mérito ya no es un camino, sino un lujo que pocos pueden pagar.

La soledad de los que aún creen en el mérito

La soledad de los que aún creen en el mérito

En la fila del supermercado, una mujer revisa el ticket con los ojos entrecerrados. El precio del aceite subió otra vez. El del pan, también. A su lado, el marido mira el teléfono y mueve la cabeza. No es enojo. Es cansancio. Esa clase de cansancio que se instala en los huesos cuando uno hace todo bien y, sin embargo, algo no cierra.

Hace veinte años, esa misma pareja creía en el esfuerzo. En la Argentina del 2000, el mérito era una promesa: estudiabas, laburabas, ahorrabas y, si tenías suerte, comprabas un departamento. La vida se ordenaba en una línea recta. Hoy esa línea se rompió en mil pedazos. El mérito ya no alcanza. Y lo peor no es la inflación, sino la certeza de que el esfuerzo individual no garantiza nada.

El espejo roto de la clase media

La clase media argentina siempre se definió por lo que tenía: la casa propia, el auto, el viaje a la costa. Pero también por lo que creía: que el trabajo dignifica, que la educación salva, que la familia es un refugio. Esas certezas se fueron desmoronando con cada devaluación, con cada ajuste, con cada promesa incumplida. Hoy, la clase media ya no sabe quién es. Su identidad se negocia en cuotas, entre un consumo que no puede sostener y una moral que se adapta al saldo disponible.

En las redes sociales, la polarización lo inunda todo. Pero la polarización no es política, es existencial. Cada uno elige su relato, su verdad, su enemigo. La verdad se ha vuelto un producto más. Se compra, se descarta, se reinventa. Y en ese mercado de certezas baratas, la clase media busca respuestas que no llegan. La política, ese viejo arte de lo posible, se ha convertido en un ring de boxeo. El poder se exhibe, no se ejerce. Y el Estado, ese ente abstracto que debería proteger, aparece como un acreedor implacable o como un ausente crónico.

La educación como apuesta fallida

La educación fue durante décadas el ascensor social de la Argentina. Los padres se sacrificaban para que los hijos fueran a la universidad. Hoy, muchos de esos hijos son profesionales que laburan en lo que sea. La inteligencia artificial amenaza con dejar sin trabajo a los que recién empiezan. La juventud ya no sueña con un futuro brillante, sino con un presente que no se derrumbe. La memoria, ese depósito de promesas incumplidas, pesa más que la esperanza.

En las cenas familiares, el tema de la inseguridad aparece siempre. No es solo miedo a que te roben el celular. Es la sensación de que nada está asegurado, de que el esfuerzo de toda una vida puede esfumarse en un segundo. La familia, que antes era el último refugio, ahora es también un espacio de tensión. Los padres no saben cómo explicarles a los hijos que el mérito ya no sirve. Que la dignidad se negocia todos los días. Que la crisis no es un ciclo, sino un estado permanente.

El consumo como identidad

La clase media se aferra al consumo como a un salvavidas. Las cuotas, los descuentos, las promociones. Comprar ya no es un acto de necesidad, sino de afirmación. Cada objeto nuevo es una prueba de que uno todavía existe, de que todavía puede. Pero el consumo es una identidad frágil. Se rompe con el primer aumento. Y entonces vuelve la pregunta que nadie quiere hacerse: ¿qué queda cuando no se puede comprar nada?

La moral también se resiente. En un país donde la inflación licúa los sueldos, donde el Estado no garantiza nada, donde las redes sociales premian el escándalo y castigan la reflexión, la ética se vuelve un lujo. La manipulación es moneda corriente. Los relatos se construyen para vender, no para contar la verdad. Y la verdad, esa palabra que alguna vez tuvo peso, se ha vuelto un comodín que cada uno usa como quiere.

Sin embargo, en medio de todo, hay algo que persiste. No sé si llamarlo dignidad o resistencia. Es esa actitud de la mujer que revisa el ticket, que sabe que el esfuerzo no alcanza pero igual lo intenta. Es el padre que le explica al hijo que el mérito no es una garantía, pero que sin esfuerzo, mucho menos. Es la familia que se sienta a cenar, discute, se enoja, se reconcilia y vuelve a empezar. Porque al final, lo único que queda es eso: la capacidad de seguir adelante, aunque el camino no lleve a ningún lado.

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