Artículo y ensayo

La verdad que se negocia en la feria

Entre la inflación y las promesas vacías, la clase media argentina descubre que la verdad ya no está en los medios ni en las pantallas, sino en el precio del kilo de tomate y en el silencio que se cuela en la mesa familiar.

La verdad que se negocia en la feria

La verdad que se negocia en la feria

En la feria de mi barrio, los miércoles y los sábados, la verdad se negocia moneda por moneda. El puestero dice que el tomate está caro porque llovió en el norte, pero la señora que revisa los precios con los dedos arrugados sabe que es mentira: el tomate está caro porque el dólar se fue a dormir con otra cotización. Nadie discute, nadie se enoja. Pagan, guardan el vuelto en el bolsillo del delantal y siguen. La verdad, en la Argentina de estos años, no se declama: se pesa.

La clase media aprendió a desconfiar de las palabras. Durante décadas escuchamos promesas, relatos, eslóganes que prometían un país que nunca llegaba. Los políticos hablan de mérito, pero el mérito no alcanza para llenar el changuito. La educación prometía movilidad social, pero hoy los pibes salen de la escuela sin saber si van a poder pagar el colectivo para ir al trabajo que no consiguen. La inteligencia artificial, esa novedad que nos venden como salvación, no entiende de colas en el banco ni de precios que cambian de la mañana a la tarde.

Lo que sí entiende la clase media es la soledad de hacer números en un cuaderno, con la inflación corriendo más rápido que el sueldo. Esa soledad no se resuelve con un algoritmo. Se resuelve, si acaso, con el silencio de dos personas que comparten un mate y no hablan de política porque ya no hay tema que no termine en discusión.

La polarización no es un invento de las redes sociales. Es un síntoma de una deuda que no se ve en los balances: la de la confianza rota. Cuando el Estado dejó de ser un refugio, cuando los medios se convirtieron en trincheras, cuando la verdad se fragmentó en mil tuits, la gente se replegó a lo que conoce: su familia, su trabajo, su rutina. Pero adentro de la casa tampoco hay paz. La mesa del comedor se volvió un campo de batalla donde cada uno defiende su relato con uñas y dientes.

La memoria que no se archiva

Hay cosas que no se borran. La memoria, en la clase media argentina, es un archivo desordenado donde conviven el recuerdo de la escuela pública, el primer sueldo en blanco, la casa propia que costó veinte años de crédito. Todo eso se fue desdibujando con la inflación, con las deudas que se heredan, con el mérito que ya no alcanza. Los jóvenes crecen escuchando que antes era mejor, pero ellos no lo vivieron. Para ellos, la crisis es el paisaje natural. No piden permiso para sobrevivir. Construyen identidades con lo que tienen: un celu, un emprendimiento, un sueño que no depende del Estado ni de las promesas de nadie.

Pero hay algo que no cambia: la necesidad de encontrar un poco de verdad en medio de tanto ruido. En la feria, la verdad es el precio. En la televisión, la verdad es el rating. En las redes, la verdad es la que más likes junta. La manipulación se volvió un deporte nacional, y todos jugamos, aunque no queramos. Consumimos noticias como consumimos ofertas: con la esperanza de que esta vez sea distinto, de que el producto no esté vencido.

La cultura argentina tiene una larga tradición de ironía y resistencia. Nos reímos de nosotros mismos, hacemos chistes sobre la inflación, sobre los políticos, sobre la propia desgracia. Pero la risa, a veces, es solo un modo de no llorar. La dignidad se defiende en silencio, en los gestos pequeños: pagar la cuota del colegio aunque duela, llevar a los viejos al médico aunque la obra social no cubra, bancar al hijo que se recibió de algo que no da plata. Eso no se mide en PBI ni en encuestas.

El trabajo que ya no es lo que era

El trabajo, ese concepto que antes daba identidad, se volvió líquido. Ya no hay empleo para toda la vida, ni gremio que te sostenga, ni jubilación que te espere. La clase media labura en changas, en cuentapropismo, en aplicaciones que te pagan por tarea. El mérito se convirtió en una excusa para justificar la precariedad. Te dicen que si te esforzás, llegás. Pero llegás a fin de mes, apenas. La moral del esfuerzo choca contra la realidad de un país donde el trabajo ya no es un derecho, sino un privilegio que se disputa en cada entrevista, en cada bache.

La inseguridad, esa palabra que aparece todos los días en los noticieros, no es solo la que se sufre en la calle. Es la inseguridad de no saber cuánto va a valer la leche mañana, de no poder planificar un viaje, de no tener un horizonte. La clase media argentina vive en estado de alerta permanente. No es paranoia: es experiencia.

Y sin embargo, la gente sigue. Va a la feria, paga el tomate, vuelve a su casa, cocina, se sienta a la mesa con los suyos. La verdad de ese gesto no necesita relato. Es la verdad de los que resisten, no desde la épica, sino desde la rutina. La deuda se paga, la crisis se aguanta, el poder se discute. Pero al final del día, lo que queda es el ruido de los platos, el olor del guiso y la certeza de que mañana, otra vez, habrá que ir a la feria. Y ahí, en el precio del tomate, estará la única verdad que importa.

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