El celular que no contesta cuando lo llamás para pedir plata
Imaginemos una situación hipotética. Una mujer de unos sesenta años, en una casa de Lanús, marca el número de su hijo. Suena dos veces y salta un mensaje de texto: «No puedo atender ahora. Dejá tu mensaje». Ella no sabe que del otro lado hay un asistente de inteligencia artificial que filtra llamadas. No es que su hijo la haya bloqueado. Es que el teléfono decidió por él. La mujer corta, mira la pantalla un rato y después guarda el celular en el bolsillo del delantal. No vuelve a intentar. En la Argentina de la inflación, pedir plata por teléfono se volvió un trámite tan común como cargar la SUBE. Pero ahora, en algunos casos, del otro lado contesta una máquina que no conoce la urgencia.
La inteligencia artificial ya no solo recomienda videos o escribe currículums. También empezó a meterse en el momento más delicado de la vida cotidiana: la comunicación entre familiares que se necesitan. Hay aplicaciones que transcriben llamadas, que responden por vos, que deciden qué mensaje es importante y cuál puede esperar. La promesa es atractiva: menos interrupciones, más concentración, una barrera contra el ruido. En un país donde el trabajo informal y la changa se organizan por WhatsApp, esa barrera puede ser un alivio. Pero también puede ser un muro. La clase media argentina, esa que hace malabares con la deuda y el consumo, ahora tiene que aprender a distinguir entre un filtro y un portazo.
El problema no es la tecnología en sí. Es lo que revela sobre nosotros. En una familia donde la plata no alcanza, la llamada para pedir un préstamo o avisar que no se puede pagar la cuota del colegio tiene un peso específico. No es una charla cualquiera. Es una negociación emocional, un pedido de auxilio, a veces una confesión. Cuando del otro lado contesta un algoritmo, ese peso se disuelve. La máquina no entiende de vergüenza ni de dignidad. Solo aplica una regla: si el número no está en la lista de contactos frecuentes, si el horario no es el adecuado, si el mensaje no contiene ciertas palabras clave, se ignora. La urgencia no entra en esa lógica.
La eficiencia que no distingue entre un spam y un hermano
Los sistemas de filtrado se entrenan con datos. Aprenden de nuestros hábitos: a quién llamamos, a qué hora, con qué frecuencia. Si un hermano llama solo cuando necesita plata, el algoritmo puede etiquetarlo como una molestia. No es maldad. Es estadística. Pero la estadística no sabe que esa llamada, para el que la hace, es el último recurso. En un país donde el Estado y los bancos no siempre están, la familia sigue siendo la red de seguridad. Y esa red se teje con llamadas, mensajes, audios de WhatsApp. Si la inteligencia artificial se interpone, la red se debilita.
Hay algo más profundo. La crisis argentina ya nos enseñó a desconfiar de las palabras. La inflación, los medios, la política, todo contribuye a que el relato se vuelva sospechoso. Ahora, además, tenemos que desconfiar del silencio. Si alguien no contesta, ya no sabemos si es porque no quiere, porque no puede o porque una máquina decidió que no era el momento. La verdad se vuelve un ejercicio de interpretación. Y en ese juego, los que tienen menos recursos son los que pierden. La juventud se adapta rápido a estas herramientas. Los mayores, no tanto. La brecha digital se convierte en una brecha afectiva.
No se trata de demonizar la inteligencia artificial. Sería necio. La tecnología puede ser una aliada para organizar el trabajo, para cuidar la atención, para proteger la intimidad. Pero conviene preguntarse quién define qué es importante. En una sociedad atravesada por la desigualdad, la respuesta no es neutral. Si el algoritmo prioriza a los contactos frecuentes, a los que tienen más historial, a los que escriben sin errores, está reproduciendo jerarquías. La manipulación no siempre es evidente. A veces se esconde en una función que promete eficiencia.
En la mesa de un bar, alguien podría decir que esto es una exageración. Que basta con desactivar la función. Es cierto. Pero también es cierto que muchas personas no saben cómo hacerlo, o no se animan a tocar la configuración. La educación digital no llegó a todos. Y mientras tanto, la vida sigue. La madre de Lanús quizá vuelva a llamar más tarde. O quizá no. Su hijo, del otro lado, tal vez esté trabajando, o estudiando, o simplemente cansado. La máquina hizo su trabajo. El silencio, también.
La memoria del teléfono que no guarda lo que importa
Hay una escena que se repite en muchas casas argentinas: el celular suena, vibra, se ilumina. Alguien mira la pantalla, decide no atender y sigue con lo que estaba haciendo. No es una novedad. La novedad es que ahora esa decisión puede estar delegada. El teléfono decide por nosotros. Y en ese gesto mínimo, se juega algo más que la comodidad. Se juega la posibilidad de estar disponible para el otro. En un país donde la soledad avanza y la polarización separa, la disponibilidad es un bien escaso. La inteligencia artificial puede ayudarnos a ordenar el caos, pero también puede aislarnos un poco más.
La pregunta no es si la tecnología es buena o mala. La pregunta es qué hacemos con ella. Si la usamos para escondernos o para encontrarnos. Si le enseñamos a distinguir entre un spam y un hermano. Si nos tomamos el trabajo de configurar los filtros con criterio, o dejamos que otros lo hagan por nosotros. En la Argentina de hoy, donde todo se discute y nada se resuelve, quizá sea hora de mirar el teléfono y preguntarse: ¿quién contesta cuando llamamos?